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Hoy ha fallecido Brigitte Bardot, una importante actriz francesa. En su memoria, he aquí lo que dice Manuel Román en Libertad Digital::
Se esperaba hace unos meses este final de Brigitte
Bardot, a los noventa y un años cumplidos el pasado septiembre. Había
permanecido tres semanas en octubre en un hospital de Tolón, sureste de Francia, debido
a una intervención quirúrgica vinculada
con una grave enfermedad, que no fue especificada en los partes médicos.
Todavía a su avanzada edad, cuando hacía casi cincuenta años que estaba alejada del cine y
vivía en soledad en "La
Madrague", su casa de siempre en Saint-Tropez, la Costa Azul, era el gran mito de antaño y cualquier
chisme o noticia relacionada con ella, generalmente relacionada con su defensa
de los animales, el racismo o la extrema derecha del país galo, era recogida
por los medios informativos. De ahí que ahora, en su adiós definitivo, muchos
hayamos coincidido en considerarla la leyenda eterna.
Fue el 28 de septiembre de 1934 cuando Brigitte Bardot nació en París en el seno de una familia acomodada. El padre era industrial y la madre interesada por montar una tienda de modas. Ambiente en el que, muy jovencita, ya demostraba sus gustos artísticos realizando diseños. Se adentró con pocos años en el mundo de la danza: ser bailarina acaparaba sus sueños. Probó como modelo en su propia casa, luciendo vestidos que su madre vendía a sus amigas. Y también comenzó a ser objeto de reportajes gráficos, lo que la condujo a su debut en el cine en 1952 cuando rodó "Le Trou Normand", de Jean Boyer, junto a un cómico muy afamado, Bourvil, exhibiéndose con un bikini blanco. Por entonces apareció en la portada de "Elle". Llamó la atención de un joven director cinematográfico y guionista, Roger Vadim. Arrancó las páginas de la publicación donde ella venía retratada y se la mostró a otro colega y productor, Marc Allégret, citándola para una audición. De la que salió contratada. Su padre no estaba muy conforme con que una de sus dos hijas, Brigitte (la otra era Mijanou, con la que en los últimos años no se hablaba) se dedicara al cine.
El caso es que con quince años ella y Vadim, veintiuno se aventuraron a
rodar Y Dios creó la mujer, no sin enfrentarse a problemas de
financiación, hasta que con muy poco dinero optaron por empezar la película, en
la que Brigitte era Juliette, una
adolescente con aspecto juvenil, que venía a representar los primeros tiempos
de la emancipación femenina. El veterano Curd Jürgens y
el galán Jean-Louis Trintignant compartían
con ella el reparto. El escándalo cuando se estrenó superó los resultados de la
crítica, poco favorables. Además, la censura metió la tijera. Razones tenía en
aquel 1952 porque una de las secuencias prohibidas fue la de la escena de un "cunnilingus".
En cambio en los Estados Unidos el filme hizo furor. Y en la historia del cine,
sobre todo el francés, quedó como un símbolo de la libertad sexual en la
pantalla. Ni qué decir que los cines españoles tardaron en exhibirla mucho
tiempo. En el recuerdo de los buenos cinéfilos queda la famosa escena del
sensual mambo que bailaba encima de una mesa. Erotismo puro.
Lo de Brigitte Bardot en el cine fue como reza uno de nuestros añejos refranes: Llegar y besar el santo. Porque aquella película de Vadim la convirtió en una estrella, a la que impuso la abreviatura de su nombre en las carteleras: B.B. Que hizo fortuna. Él se convirtió en su marido aquel mismo año. Ella se paseó triunfadora por la alfombra roja de La Croisette, en el Festival de Cannes. Y París match lo celebró como la aparición en las pantallas francesas de "La nueva Leslie Caron", que había sido, por cierto, compañera suya cuando estudiaban danza en una academia.
Transcurría 1957 cuando su marido, Roger Vadim,
"se olió la tostada", digamos que olor "a cuerno quemado".
Resulta que durante los años que duró su unión matrimonial, su mujer la había
estado engañando, no con uno sino con dos hombres. Uno, precisamente su compañero
en "Y Dios creó la mujer", Jean-Louis Trintignant, que estuvo acostándose con ella unas cuantas temporadas, no
obstante estando casado con una muy interesante actriz, Stéphane
Audran. Es posible que haciendo recuento de sus amantes,
Trintignant fue el hombre al que más amó. Pero es que también B.B. traicionó a
Vadim: con Gilbert Bécaud, el creador de "Et maintenant". O sea que,
en el amor, la Bardot iba por libre.
Entre tanto en Madrid
la productora de Benito Perojo buscaba una actriz francesa para protagonizar un
guion escrito por Luis García Berlanga, que iba a dirigirlo: "Novio a la
vista". En esa gestión surgió el nombre de Brigitte Bardot. Pero estaba
comprometida con otro rodaje. Y en su lugar desde París llegó Josette Arno,
actriz ascendente, que cumplió su papel. Perojo y Berlanga se "tiraban de
los pelos" después.
Año 1959, cuando fue protagonista de Babette se va a la guerra: ya
era una estrella internacional. Su director fue Christian-Jaque.
El argumento giraba ambientado en la II Guerra Mundial. El galán de B.B era
Jacques Charrier, entonces de moda. Simpatizaron en seguida, al punto de que
sin haber terminado el rodaje quedó embarazada. El 11 de enero de 1960 dio a
luz a Nicolás. No le hizo maldito caso conforme el bebé fue creciendo, quedando
al cuidado de sus abuelos paternos. Charrier tuvo que ocuparse de su
manutención y educación.
Brigitte declaró en
una entrevista algo verdaderamente cruel: "Hubiera preferido parir a un
perrito en vez de a un hijo". Y nunca más se quedaría embarazada. "No
nací para ser madre", sentenció. Y añadió una barbaridad: "Aquello
fue para mí como tener un tumor canceroso".
Entre el divorcio con el que fue sin duda alguna su Pigmalión, Roger Vadim y su maternidad, Brigitte atravesó por un proceso depresivo que la llevó a querer suicidarse. No sería la primera vez en su poco a poco alocada vida. El cine la salvó, porque en la década de los 60 y parte de los primeros 70 protagonizó la mayor parte de su filmografía. Jean-Luc Godard, que era uno de los creadores de la llamada "nouvelle vague", la nueva ola que cambió muchos esquemas del cine europeo, la dirigió en Le méprise (El desprecio), adaptando una novela de Alberto Moravia, emparejándola con Michel Piccoli, un sólido actor. Se rodó en Roma. De 1965 era "¡Viva María!".
La filmografía de B.B, no es muy extensa, que comparamos su fama con las
películas que hizo: sólo cuarenta, aunque escuchábamos en Radio Nacional que le
calculaban cincuenta. Me guío por la prensa francesa. La década de los 70
comenzó para ella intensa, con Las petroleras, de
1971, el año asimismo de El bulevar del ron
En 1973 se reencontró con Roger Vadim. La había perdonado. Dirigiéndola ese año en
"Si don Juan fuese mujer", también conocida por su título original
"Don Juan 73". Que fue una de las últimas películas de la estrella,
junto a un galán muy interesante llamado Maurice Ronet, bien conocido de los
españoles por haber sido pareja en el cine y en la vida real de Sara Montiel.
Tenía entonces B.B. treinta y ocho años y una intensa vida sentimental.
En esos momentos de su carrera Brigitte ya había conocido muchos hombres que la amaron. A sus dos matrimonios ya reseñados, con Vadim y Charrier, añadamos que en 1966 conoció a un playboy de nacionalidad alemana, fotógrafo y también empresario de éxito. No era un chulo como se le atribuyó en muchos reportajes de prensa. Un seductor, sí, con un raro atractivo, de rostro llamativo con unos dientes que sobresalían de sus labios y una figura como de portero de discoteca. Un cuerpo de armario, que se dice. La protegía. Pareja asidua en esos años. Invitados en cualquier fiesta de gala que sucediera en París, donde residían. Tres años les duró esa vida de lujo y de lujuria.
Pero, hasta entonces, la lista de amantes
superaba la cifra de tres o cuatro docenas, de nombres que no nos dirían nada
en estas calendas. Algunos, sí como el más seductor de los divos
norteamericanos, Warren Beatty. Se dijo que con Alain Delon también hubo roces,
pero ambos negaron haberse acostado. Serge Gainsbourg, el compositor maldito,
se compenetró mucho con ella con sus ideas ácratas o
izquierdista. Se reunían a menudo en aquel histórico 1968 revolucionario en
París en la Maison des Arts, a orillas del Sena. Despotricaban sobre lo divino
y lo humano. Se amaron. Y él hasta le compuso una de sus más escandalosas melodías,
porque Brigitte también añadió a su vida artística la faceta de cantante,
aunque con relativo éxito. Nos referimos a "Je t'aime moi non plus".
Que grabó pero luego desistió de darla a conocer. Serge se la proporcionaría
luego a su siguiente pareja, Jane Birkin y con ella armaron un buen lío en
todos los programas de radio, prohibida en España largo tiempo.
Una canción
popularizada por Edith Piaf retrata bastante la personalidad de Brigitte
Bardot: "Non, no regrette rien". Porque B.B, decía esto de sí misma:
"Nunca fingí, no me arrepiento de nada". Ni de sus desmanes, vida
atrabiliaria, escandalosa, ni de otras obsesiones como la defensa de los
animales contra viento y marea, hasta presidir una fundación por ella creada.
¿Cabe más rareza la de dar la murga continuamente para que nadie atentara
contra la vida de las focas recién nacidas?
No era una actriz excelsa, por supuesto: la obligaron a desempeñar papeles
descabellados. Ahora se ha dicho de ella en Francia que fue como una mezcla de
calendario erótico y diosa antigua. Pero cautivó a millones de corazones desde
la pantalla, con sus jóvenes curvas, una gracia
voluptuosa cuando miraba a la cámara, un mohín seductor con sus
labios, mujer magnética que electrizaba tanto a hombres como a mujeres.
Jean Cocteau la
retrató así: "Vive como todos los demás, sin ser como nadie". Charles
De Gaulle quiso conocerla y a la cita en el Elíseo ella acudió con pantalones y
chaqueta militar, sus cabellos sueltos, al aire. Un pequeño secreto: era rubia
de bote; sus cabellos naturales, de color castaño.
También Pablo Picasso
sintió deseos de pintarla, cuando B.B. iniciaba su escalada al éxito. Y quedó
para la eternidad desde un cuadro del genio que la plasmó con sus cabellos
recogidos en moño cubista.
Estaba ya muy cansada
del cine cuando rodando en 1973 la que iba a ser su última película, nunca
estrenada en España, "L'histoire très bonne et trés joyeuse de Colinot
Trousse-Chemise", le dijo a su agente artística: "Pero ¿qué hago yo
aquí en estos estudios, con un turbante en la cabeza que me hace ridícula? ¡No
actuaré más!".
Y cumplió su palabra
cuando aún no había cumplido cuarenta años.
Brigitte Bardot pasó por etapas en las que también estaba harta de la vida. Y no sólo quiso suicidarse, como dijimos, en 1960. Repitió una escena parecida el 28 de septiembre de 1983 coincidiendo con su cuarenta y nueve cumpleaños. Se tomó un tubo entero de somníferos. Tuvieron que aplicarle una bomba estomacal. Salvó su vida de milagro. También cuando padeció cáncer de mama. Lo curioso es que siempre decía que no necesitaba a los médicos.
Publicó cinco libros. Y una sola vez protagonizó la obra teatral, "L'Invitation au château", de
Jean Anouilh.
Defensora a ultranza
del feminismo, a su modo y manera. En eso fue una adelantada. Lo que no le
impedía en su momento admirar a Marilyn Monroe, con quien coincidió en una
recepción en el palacio de Buckingham con Isabel II.
Viajó bastante. En España rodó varias películas. La primera de ellas en
Ronda y Almería, año 1957, Los joyeros del claro de luna, encabezando
un reparto internacional con Alida Valli, Stephen Boyd y nuestro Fernando Rey.
El guion era de Roger Vadim, todavía casado con B.B., a la que impuso al
productor como protagonista. Hubo escenas de peligro, con un coche a toda
velocidad. A Brigitte la dobló la
especialista de siempre.
B.B. volvió a rodar en nuestro país en 1968: Shalako, filme
de acción junto a Sean Connery, delante de ella en el reparto. El director fue
Edward Dmytryk. Presupuesto, cinco millones de dólares. Iba a hacerse en
México, pero la Bardot impuso España, en este caso, Almería. En el mejor hotel
de Aguadulce ocupó una planta entera solo para ella y Günther Sachs, su marido. Llevaba
este séquito: secretaria, chófer negro particular, mánager personal, fotógrafo
particular y un empresario suyo. Los exteriores fueron en Gérgal, Tabernas, las
playas de Mónsul, Roquetas de Mar y Aguadulce.
En 1971 volvimos a tenerla entre nosotros, para filmar Las petroleras, cuyo realizador fue Christian-Jaque. Un western.
Brigitte Bardot mano a mano con otra gran estrella, Claudia Cardinale. La
rivalidad entre ambas llegó, según el argumento, a peleas físicas. Los
exteriores se fijaron en Almería, Burgos y Daganzo (Madrid). Sesenta millones
de pesetas se recaudaron en las taquillas españolas. La coproducción contó
entre otros actores conocidos con José Luis López Vázquez, hombre educado,
exquisito siempre, quien comentó no haber cruzado ni un breve saludo con la
antipática B.B.
Quien tampoco le tuvo simpatía alguna fue José
Luis de Vilallonga. Publicó que la había conocido en Venecia, yendo ella
de la mano de un novio fugaz, el cantante Sacha Distel. Se hicieron amigos,
contaba él, y la definía como una pequeña burguesa, no muy inteligente
"pero dotada de un tremendo sentido común rayano en el cinismo". Al
preguntarle sobre los hombres que había tenido, respondió: "Me he movido
siempre en el mundo del cine y la verdad es que en él no he encontrado hombres
de calidad extraordinaria. Se acercan otros no a una mujer cualquiera, sino a
una superstar que soy yo".
Le
gustaba mucho el dinero. Avariciosa, siempre siguiendo la opinión de
Villalonga. Observó en Saint-Tropez que se servía de amigos y vecinos para no
gastar un franco en los pedidos al mercado. Era, por cierto, vegetariana. Le
pidió José Luis opinión sobre B.B. a una parapsicóloga.
Su estudio decía que acabaría la vida de la estrella en la más completa
soledad, prematuramente envejecida, rodeada de toda clase de animales, amargada
y abandonada por todos aquellos que vivieron a costa de su fama.
Más o menos, acertó en algunas cosas. En
soledad, no del todo porque contrajo su cuarto matrimonio con Bernard d'Ormale, ex senador de Jean Marie Le Pen, líder del
Frente Nacional, el 16 de agosto de 1992. Con él ha vivido hasta la fecha y
compartiendo las ideas políticas del marido pasó hace tiempo a ser votante del
partido ahora en manos de la hija de aquel, de extrema derecha. Tiempo hacía
que B.B. se había radicalizado y fue multada por algunas de sus declaraciones
racistas.
Entre elogios y críticas,
Brigitte Bardot quedará para la historia del espectáculo como una mujer que
revolucionó el cinema de los años 50 y 60, siempre independiente e
inconformista.
La asociación que dirijo, Asociación Cultural Literatura y Sociedad, ha
presentado a la comisión de mecenazgo del Gobierno de Navarra el proyecto PEDRO
DE URSÚA, 500 AÑOS, con motivo del V centenario del nacimiento de este conquistador
navarro.
Se nos ha declarado de interés social por lo que, quien lo desee puede
colaborar en este proyecto cultural y recibir, a cambio, importantes
desgravaciones fiscales.
En la web https://www.culturanavarra.es/es/quiero-ser-mecenas se indica lo
siguiente:
SI ERES UN PARTICULAR, tendrás derecho a una deducción de la cuota del IRPF
del 80% en los primeros 250 euros donados en cada periodo
impositivo y del 40% en el resto de las aportaciones.
Si donas 250 euros, tendrás derecho a deducir en tu declaración del IRPF 200
euros (80% de 250 euros).
Si donas 1.000 euros, tendrás derecho a deducir en tu declaración del IRPF: 200
en relación con los 250 primeros euros donados y otros 300 tras aplicar una
deducción en cuota del 40% a los 750 euros restantes.
SI ERES EMPRESA tendrás una deducción de los importes de las
donaciones en la base imponible del Impuesto de Sociedades (IS) –con carácter
general las donaciones no son gasto deducible– y una deducción del 30%
de la cuota líquida en los primeros 300 euros aportados en cada
periodo impositivo, y del 20% en los importes siguientes.
Si perteneces a una empresa con un tipo
efectivo de gravamen del 20%, para una donación de 3.000 euros, tendrás derecho
a deducir en tu declaración del Impuesto sobre Sociedades 1.230 euros:
Si
alguien colabora económicamente, se le hará el correspondiente certificado para
que lo pueda presentar cuando realice la declaración de la renta.
En
nuestro caso, si alguien colabora con cincuenta euros, recibirá vía IRPF
cuarenta euros; es decir, el 80 % de esa cantidad y le entregaremos dos
ejemplares del libro que vamos a publicar sobre Pedro de Ursúa.
En
la web citada aparecerá pronto cómo colaborar con este proyecto en concreto.
Pero si alguien desea más información, que no dude en ponerse en contacto
conmigo.
Muchas
gracias y saludos cordiales
JOSE
ANDRES ALVARO OCARIZ
Asociación
Cultural Literatura y Sociedad
El trece de enero hablé sobre Antonio Machado y Corpus Barga en el Civivox Condestable. El 28 de enero, sobre Antonio Machado en San Sebastián. En febrero di tres charlas en Pamplona acerca de Machado. En marzo, una en Pamplona sobre el mismo tema.
En mayo realicé la exposición sobre el Holodomor en Tudela. Presenté mi libro sobre Dionisio Ridruejo en El Burgo de Osma y no lo pude presentar en Soria capital porque ni el ayuntamiento de Soria ni la Caja Rural de Soria quisieron colaborar para sufragar los gastos que se producían.
En junio estuve en Santander hablando de la presencia vasca en la Armada española, de Trafalgar y de Churruca. Y viajé a Orozko para hablar de Blas de Otero.
En agosto me trasladé a Palma de Mallorca para hablar sobre Tarás Shevchenko y Lesya Ukrainka.
En octubre presenté en Madrid el libro sobre Agustín Argüelles.
En noviembre hablé en Pamplona sobre Jon Mirande y sobre la Presencia vasca en la Armada española.
En diciembre he hablado sobre Antonio Machado en el Ateneo Navarro.
Este año, además del libro sobre Dionisio Ridruejo, he publicado los siguientes:
Hay rostros que pertenecen al paisaje emocional de un
país. Florinda Chico es uno de ellos. Su mirada viva, su gesto generoso y su
voz de acento inconfundible forman parte de una memoria compartida, la de una
España que aprendió a reírse de sí misma tras décadas de solemnidad y silencio.
Su nombre se asocia al humor popular, pero también a una forma de verdad
interpretativa: detrás del estallido de carcajadas se adivinaba siempre una
ternura esencial, la del pueblo que sobrevive gracias a su ingenio.
En las décadas centrales del siglo XX, cuando el
teatro y el cine español buscaban un equilibrio entre la censura, el
entretenimiento y la crítica velada, Florinda Chico encarnó la vitalidad
femenina en su expresión más cotidiana. Fue la mujer de barrio, la vecina, la
criada, la madre sufrida o la amiga parlanchina: tipos reconocibles y
entrañables, pero siempre dotados de alma. Su arte residía en elevar esos
personajes —a menudo secundarios en el guion— a la categoría de protagonistas
morales. Con ella, lo doméstico adquiría relieve, y lo popular se convertía en
espejo de una sociedad que cambiaba a la fuerza y a la risa.
La comicidad de Florinda Chico no era sólo un
instrumento del espectáculo, sino también una forma de resistencia. En sus
gestos hay un pulso de verdad, una mezcla de instinto y oficio que venía de la
tradición del teatro de provincias, del sainete y la revista, de ese mundo
itinerante donde los actores llevaban el arte en las manos y la vida en los
baúles. De ahí venía ella: de la España que conocía el polvo de las carreteras
y la humildad de los camerinos improvisados.
Cuando la televisión la hizo definitivamente famosa en
los años setenta, el público ya la reconocía como “una de las suyas”. No era
una actriz distante ni un ídolo inaccesible: era Florinda, la del desparpajo y
la bondad, la que hablaba claro y hacía reír sin malicia. Su popularidad fue
profunda, transversal y duradera. Y lo fue porque representaba con verdad a la
gente común, a esa España que trabajaba, que se quejaba y que reía para no
llorar.
Hoy, revisar su trayectoria es también revisar una
parte de la historia cultural de nuestro país: los escenarios de posguerra, el
auge de la comedia cinematográfica, la eclosión televisiva y el tránsito hacia
una sociedad más abierta. La vida de Florinda Chico, en suma, es una biografía
del humor español, pero también una lección sobre la dignidad del oficio y la
fuerza de lo cotidiano.
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Florinda Chico fue mucho más que una actriz popular:
fue el rostro de la alegría de un país.
Desde los escenarios de provincias hasta las cámaras del cine y la televisión,
encarnó con ternura y verdad a las mujeres de la vida real —madres, vecinas,
amigas, confidentes—, esas que, con su humor y su fortaleza, sostienen el mundo
sin reclamar protagonismo. Este libro recorre su vida y su obra con mirada
amplia y afectuosa: desde sus primeros pasos en Don Benito hasta su
consagración como una de las grandes intérpretes del costumbrismo español. A
través de su filmografía, de los testimonios de quienes la conocieron y de un
análisis de su arte natural y luminoso, se dibuja el retrato de una mujer que
hizo del humor una forma de sabiduría. Florinda
Chico pertenece a una generación de actores que, entre la censura y la
esperanza, devolvieron al público la risa como consuelo y como espejo. Su
legado, humilde y poderoso, sigue vivo en la memoria colectiva: cada vez que su
voz suena en una reposición, cada vez que una carcajada limpia atraviesa el
tiempo. Este libro —a medio camino entre la biografía, el ensayo y el homenaje—
celebra la verdad sencilla de una actriz irrepetible, que supo hacer de la vida
cotidiana un acto de arte.
El 18 de diciembre daré una charla sobre Antonio Machado con motivo del 150 aniversario de su nacimiento.
Llevaré también ejemplares de mi libro sobre Machado.
https://youtu.be/T7tbh1z2Lu8
Este es el enlace de YuoTube donde se puede ver el video sobre el libro.
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https://almagronoticias.com/diego-de-almagro-renace-550-anos-despues/
“Una nueva luz sobre Diego de Almagro: el 550 aniversario
de su nacimiento inspira un libro que rescata la figura más trágica y olvidada
de la conquista del Perú” José Andrés Álvaro Ocáriz publica “Diego de Almagro,
el destino trágico de un conquistador”, la obra que reivindica la figura del
insigne almagreño en el 550 aniversario de su nacimiento
15 de noviembre de 2025
Con motivo del 550 aniversario
del nacimiento de Diego de Almagro, una de las figuras esenciales —y,
paradójicamente, más oscurecidas— de la conquista del Perú, el escritor José
Andrés Álvaro Ocáriz presenta su nueva obra: “Diego de
Almagro, el destino trágico de un conquistador”. El libro, ya
disponible, reivindica la memoria del conquistador manchego y Adelantado de
Chile, cuya vida estuvo marcada por una combinación de grandeza, lealtad y
tragedia.
Una obra para comprender la otra cara de
la conquista
A lo largo de sus páginas, Álvaro Ocáriz
reconstruye con rigor y sensibilidad la trayectoria vital de Diego de Almagro,
nacido hacia 1475 en la localidad manchega que lleva su nombre. Hijo de una
familia humilde, el futuro conquistador encarnó a la perfección el espíritu de
los hombres que, sin títulos ni privilegios, vieron en las Indias la
posibilidad de forjar un destino distinto.
La obra subraya el papel fundamental que
Almagro desempeñó en la empresa conquistadora junto a Francisco Pizarro y
Hernando de Luque. Aunque la posteridad haya otorgado a Pizarro un protagonismo
indiscutido, el autor recuerda que sin los recursos, el empeño y el compromiso
de Almagro, la conquista del Perú podría haber tenido un desenlace muy
distinto.
El libro rememora su participación
decisiva en los momentos clave de aquella epopeya, su nombramiento como
gobernador de Nueva Toledo y su arriesgada —y legendaria— expedición hacia
Chile, una de las travesías más duras y desoladoras de la historia de la
exploración en América.
La lectura conduce al lector hacia el
conflicto inevitable con los Pizarro, las guerras civiles del Perú y la
dramática ejecución de Almagro en Cuzco en 1538, un final que lo transformó en
símbolo de resistencia y bandera de sus fieles, los llamados “almagristas”.
Lejos de construir un héroe sin fisuras,
Álvaro Ocáriz propone una mirada compleja y profundamente humana: la del socio
traicionado, la del explorador empujado por la ambición, la del guerrero
vencido que, sin embargo, nunca renunció a su dignidad.
Un autor con una sólida trayectoria
intelectual
José Andrés Álvaro Ocáriz, natural de
San Sebastián, cuenta con una amplia formación académica en el ámbito de la
Filología y una larga carrera docente en Aragón, Cataluña, Navarra y País
Vasco. Además de haber desempeñado diversas responsabilidades en el Departamento
de Educación y Cultura del Gobierno de Navarra, ha publicado numerosas obras
históricas y literarias, participado como jurado en premios de prestigio y
ofrecido más de trescientas cincuenta conferencias y recitales poéticos tanto
en España como en el extranjero.
Su prolífica producción incluye títulos
dedicados a figuras esenciales de la historia, la literatura y la cultura
españolas, como El Gran Capitán (2015), Vasco Núñez de
Balboa (2019), Pío Baroja, el hombre que vino del mar (2021), Miguel
Hernández, la voz truncada (2022), Sandor Petőfi, el poeta que
murió por la libertad (2022), Presencia vasca en la Armada
española (2023), El exilio navarro en América (2023)
o Dionisio Ridruejo, un soriano en el corazón del Estado (2025),
entre otros.
Su nuevo libro se integra en esa línea
de recuperación histórica rigurosa y divulgativa.
Una obra con vocación solidaria
El proyecto tiene, además, un propósito
profundamente humano: los beneficios derivados de la venta del libro se
destinarán íntegramente al tratamiento de una niña de cuatro años que padece
duplicidad del cromosoma 22, una enfermedad rara asociada a importantes
dificultades en el desarrollo y la adquisición del lenguaje. El autor convierte
así la memoria de un hombre marcado por la adversidad en un gesto de esperanza
y apoyo hacia quienes hoy enfrentan sus propias batallas.
Disponibilidad
El libro “Diego de Almagro,
el destino trágico de un conquistador” ya está disponible para su
adquisición a través de Amazon
La
Historia, en su vasto tejido de memorias y silencios, suele privilegiar a unos
pocos nombres que se convierten en símbolos de épocas enteras. Así ha ocurrido
con la conquista del Perú, donde la figura de Francisco Pizarro ha alcanzado la
condición de arquetipo, dejando en penumbra a quienes compartieron con él las
fatigas y los triunfos de la empresa. Entre esos hombres, ninguno resulta tan
significativo, y al mismo tiempo tan olvidado, como Diego de Almagro, “el
Viejo”, cuyo destino estuvo marcado por la grandeza y la desgracia en igual
medida.
Diego
de Almagro nació hacia 1475 en la localidad manchega del mismo nombre, en el
seno de una familia modesta. Esa circunstancia marcaría de algún modo su
existencia: la necesidad de abrirse camino sin más apoyo que su esfuerzo, su
coraje y su voluntad indomable. Como tantos otros hombres de su tiempo, vio en
las Indias una promesa de redención y fortuna. La aventura ultramarina ofrecía
a quienes no tenían títulos ni herencias la posibilidad de forjarse un nombre y
Almagro se aferró a esa esperanza.
Su
camino le condujo pronto a la isla La Española y más tarde a Panamá, donde
conoció a Francisco Pizarro y Hernando de Luque. Entre ellos formó la sociedad
que aspiraba a la conquista del Perú, un reino del que llegaban rumores de
riquezas incalculables. La alianza de estos tres hombres fue el germen de una
de las gestas más trascendentales de la expansión española en América. Sin
embargo, el pacto estaba destinado a tensiones irreconciliables: diferentes
temperamentos, distintas ambiciones y, sobre todo, desigual fortuna, acabarían
por resquebrajar la empresa común.
Diego
de Almagro aportó a la sociedad algo fundamental: recursos, empeño y un
compromiso sin reservas con la aventura. Pizarro era la voluntad inflexible;
Luque, el respaldo financiero y eclesiástico; pero Almagro fue el socio
necesario que sostuvo la empresa en sus momentos más precarios. El nombre de
Almagro figura en los momentos cruciales de aquella epopeya, aunque las
crónicas posteriores lo relegaran a un papel secundario.
Sin
embargo, su destino no se agotó en el Perú. A él correspondió la gobernación de
Nueva Toledo, cuya jurisdicción le empujó hacia el Sur en busca de nuevas
tierras. La expedición a Chile constituye uno de los episodios más dramáticos
de su vida: meses de penurias, hambre y desolación a través de los desiertos de
Atacama y las alturas andinas, para hallar un territorio agreste y esquivo, muy
distinto de las promesas de oro que le habían impulsado. La empresa fue un fracaso
material, pero un testimonio de resistencia que todavía hoy impresiona.
Cuando
regresó a Cuzco, cansado y desengañado, Almagro se encontró en el centro de un
conflicto inevitable: la disputa con los Pizarro por la posesión de la capital
incaica. Aquella rivalidad, que había germinado en los albores de la conquista,
se desató con violencia en las llamadas “Guerras Civiles del Perú”. De socio
leal, Almagro pasó a ser enemigo declarado; de conquistador triunfante, se
convirtió en prisionero. Y, finalmente, en 1538, tras la derrota en la batalla
de las Salinas, fue ejecutado en e Cuzco, en medio de súplicas por la vida que
no conmovieron a sus adversarios.
El
fin de Diego de Almagro fue trágico, pero no silencioso. Sus partidarios, los
“almagristas”, continuaron su causa bajo la figura de su hijo, Diego de Almagro
“el Mozo”, prolongando la lucha contra los Pizarro y dejando en la memoria de
la época una huella de fidelidad y de rebeldía. Así, su muerte no borró su
nombre: lo convirtió en bandera de resistencia, en símbolo de los que no se
resignaban a quedar bajo la hegemonía de una sola familia.
¿Por
qué recordar hoy a Diego de Almagro? Porque en él se refleja, con crudeza, la
otra cara de la conquista: la del hombre que, pese a haber compartido la gloria
de los grandes triunfos, acabó en la derrota y el olvido. Su figura nos obliga
a mirar la epopeya no sólo como relato de victorias, sino también como drama
humano, tejido de alianzas quebradas, pasiones desbordadas y ambiciones
desmedidas. Almagro encarna la condición del conquistador sin herencia, del
hombre que buscó en las Indias lo que el Viejo Mundo le había negado y que, al
final, halló en aquellas tierras no riqueza ni honor duradero, sino soledad y
muerte.
Este
libro no pretende levantar un monumento sin grietas, ni hacer de Almagro un
héroe sin tacha. Pretende, más bien, rescatar su memoria del rincón de las
sombras donde suele quedar relegada y ofrecer al lector la posibilidad de
contemplar la conquista desde una perspectiva distinta: la del socio traicionado,
la del explorador incansable, la del adversario vencido. Porque la historia de
América, en toda su complejidad, no puede comprenderse únicamente desde el
relato de los vencedores.
Invito
al lector a adentrarse en estas páginas con la conciencia de que la vida de
Diego de Almagro no es sólo la crónica de un conquistador, sino también la
parábola de una época. Una parábola donde el sueño de grandeza y la dureza del
destino se entrelazan y donde la búsqueda de gloria se confunde,
inevitablemente, con la tragedia.
La conferencia será en euskera.
El libro se puede adquirir en Amazon. También en librerías, donde lo distribuye Elkar.
Hacía dos años que no iba a Madrid. Qué caros se han puesto los hoteles.
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El
nombre de Juan Martín Díez, conocido en la historia como el Empecinado, resuena en la
memoria colectiva como uno de los símbolos más firmes de la resistencia popular
frente a la invasión napoleónica. Hijo de un humilde campesino de Castrillo de
Duero, soldado hecho a fuerza de necesidad y coraje, este hombre de origen
modesto se convirtió en leyenda por la obstinación con que combatió al invasor
y por la singular coherencia con que defendió sus convicciones, incluso cuando
ello lo llevó a la desgracia final. Su figura, áspera y magnética, ha atraído
la atención de historiadores, novelistas y ensayistas, que han visto en él no
solo al guerrillero indomable, sino al emblema de una España viva y rebelde.
Entre
quienes se ocuparon de su memoria, ocupa un lugar singular Pío Baroja. El
escritor vasco, miembro destacado de la Generación del 98, no se acercó al
Empecinado desde el punto de vista del historiador profesional, sino desde la
sensibilidad del narrador y del ensayista que busca, en las vidas pretéritas,
reflejos de su propia visión del país. La España que Baroja recorre en sus
libros —contradictoria, desgarrada, heroica y a la vez trágica— encuentra en la
figura del guerrillero castellano un espejo de sus tensiones y de sus
grandezas.
Baroja
fue un escritor fascinado por los hombres de acción, por las existencias
intensas que condensan en su biografía el pulso de una época. Entre sus páginas
aparecen guerrilleros, aventureros, conspiradores, forajidos y caudillos
populares, a quienes otorga una dimensión literaria que trasciende lo puramente
anecdótico. El Empecinado, con su obstinación y su destino, no podía faltar en
ese panteón barojiano. Pero lo interesante no es solo la atención que Baroja le
presta, sino la manera en que lo presenta: con una mezcla de admiración,
distancia crítica y ese tono sobrio, despojado de retórica, que caracteriza su
estilo.
El
presente libro, al reunir los textos en que Baroja habla del Empecinado, cumple
una doble función. Por un lado, rescata del conjunto de la vasta obra barojiana
aquellos fragmentos en que la memoria del guerrillero castellano aparece viva,
ya sea en novelas, ensayos o evocaciones históricas. Por otro, invita al lector
a contemplar cómo la mirada de un escritor del 98 —escéptico, desengañado, pero
sensible a la energía vital— dialoga con un héroe de la Guerra de la
Independencia, cargado de romanticismo y de dramatismo.
Esta
confluencia no es casual. Baroja, que tantas veces diagnosticó las flaquezas de
España, también supo reconocer sus momentos de grandeza, aquellos en que la
voluntad popular se alzó contra fuerzas aparentemente invencibles. En el
Empecinado vio algo más que a un guerrillero: percibió la encarnación de una
tenacidad colectiva, de una dignidad que no se resigna a la derrota. Pero, fiel
a su estilo, no lo mitificó ni lo convirtió en estatua marmórea; lo retrató en
su condición humana, con sus luces y sombras, como hombre rudo, testarudo y
leal, víctima al final de la ingratitud política y de la violencia fratricida.
El
lector hallará en estas páginas no un tratado exhaustivo ni una biografía
completa, sino un mosaico de voces barojianas que, al referirse al Empecinado,
nos revelan tanto del guerrillero como del propio Baroja. Es, en cierto modo,
un doble retrato: el del héroe castellano y el del novelista que lo evoca desde
su peculiar visión de la historia. Y es también una invitación a volver sobre
la figura del Empecinado, a reconocer en él no sólo a un personaje del pasado,
sino a un símbolo de la resistencia frente a la injusticia y la opresión, en
cualquier tiempo y lugar.
La
labor de rescatar y reunir estos textos tiene un valor especial. En una época
en que la memoria histórica se fragmenta y se dispersa, disponer de un corpus
que muestre la mirada de un gran escritor sobre un héroe nacional ofrece al
lector una herramienta de reflexión y de goce literario. Quien se acerque a
este volumen podrá no solo aprender algo más sobre el Empecinado, sino también
redescubrir la prosa ágil, incisiva y honesta de Baroja, que sigue hablándonos
con sorprendente actualidad.
Sea,
pues, este libro un puente entre dos nombres ilustres de nuestra historia y de
nuestra literatura. Que el ejemplo de Juan Martín Díez, convertido en emblema
por su constancia y sacrificio, y la pluma de Pío Baroja, que supo dotar de
sentido narrativo a la historia española, se encuentren aquí para el disfrute y
la reflexión del lector. Y que, en el diálogo entre ambos, hallemos también un
modo de pensar nuestro presente: con la memoria de los que lucharon, con la
mirada crítica de los que escribieron, y con la conciencia de que la historia,
como la literatura, es siempre una invitación a la libertad.