sábado, 18 de julio de 2026

1936-2026, 90 años del comienzo de la guerra civil

 




La Guerra Civil no comenzó el 18 de julio, sino la tarde anterior en la Comisión Geográfica de Melilla

 

La historia oficial suele fechar el inicio del «Alzamiento Nacional» y de la Guerra Civil Española el 18 de julio de 1936. Sin embargo, los hechos documentados demuestran que la sublevación militar comenzó de manera anticipada, precipitada y arrastrada por la improvisación en el protectorado de Marruecos, muy lejos de la meticulosa planificación que a menudo se le atribuye.

Guerra y conflicto

El mito del plan original y el factor Franco

Existe la creencia popular de que la sublevación debía comenzar de manera sincronizada en todo el protectorado el 17 de julio a las 17:00 horas. Sin embargo, investigaciones como la de Miguel Platón en Así comenzó la  Guerra Civil desmienten esta teoría. No había una hora «H» ni un día «D» fijados rígidamente para Melilla. El plan original establecido por Francisco Franco era muy distinto y mucho más prudente.

El plan de Franco consistía en poner a salvo a su familia a bordo de un barco en el Puerto de la Luz (Las Palmas de Gran Canaria) con destino a Francia el domingo 19 de julio por la tarde. Una vez asegurados los suyos, volaría al Marruecos español para declarar el estado de  guerra en Ceuta (y no en Melilla) en el momento y bajo las circunstancias que él considerase más oportunos.

La delación que lo precipitó todo el 17 de julio

La teoría y la planificación saltaron por los aires debido a un soplón. Álvaro González de la Cruz, un infiltrado en la Falange local de Melilla, descubrió que esa misma tarde se iban a repartir armas a los falangistas en el edificio de la Sección de Límites de África de la Comisión  Geográfica. El confidente alertó a las autoridades republicanas alrededor de las 14:30 del 17 de julio.

Fiestas y eventos de temporada

Al recibir el soplo, el delegado del Gobierno en Melilla, Jaime Fernández Gil de Terradillos, se puso en contacto con el general de brigada Manuel Romerales Quintero, comandante jefe de la circunscripción oriental. Ambos ordenaron al teniente del Cuerpo de Seguridad y Asalto, Juan Zazo Fraguas, que se dirigiera al edificio con un contingente de policías y guardias de asalto para realizar un registro.

El choque en la Comisión Geográfica

Mientras tanto, ajenos a la delación, varios oficiales golpistas como el coronel Darío Gazapo Valdés y el teniente coronel en la reserva Juan Seguí se encontraban en la sala de cartografía del edificio distribuyendo el armamento clandestino. Al enterarse de que el teniente Zazo y sus hombres se aproximaban para registrarlos, el coronel Gazapo reaccionó con rapidez y ordenó la intervención inmediata de una unidad de la Legión acantonada cerca.

Al llegar al lugar, los legionarios superaron ampliamente en número y potencia de fuego a los guardias de asalto del teniente Zazo. Ante la imposibilidad de resistir, Zazo y sus hombres no tuvieron más remedio que deponer las armas y rendirse. Aunque su capitulación pacífica les salvó la vida en ese instante, el destino de la mayoría de los miembros de las fuerzas del orden republicanas que se rindieron sería trágico en las semanas posteriores. Este sería la primera acción armada de la Guerra Civil Española.

La toma de Melilla y el telegrama a Las Palmas

Con la iniciativa de su lado, el teniente coronel Seguí acudió al despacho del general Romerales y, bajo amenaza de fuerza, lo obligó a rendirse. Los sublevados se desplegaron rápidamente por la ciudad, ocupando los principales edificios públicos. El coronel Luis Solans Labedán, jefe de la agrupación de Cazadores acuartelada en Melilla, asumió el mando provisional de la plaza y proclamó el estado de guerra publicando un bando firmado en su propio nombre como máxima autoridad militar de la plaza.

Esa misma noche, Solans nombró al teniente coronel Juan Seguí como su jefe de Estado Mayor. Con el apoyo coordinado por vía telegráfica y telefónica de otros conspiradores clave en el Protectorado, como Eduardo Sáenz de Buruaga (en Tetuán) y Juan Yagüe (en Ceuta), el control rebelde sobre el norte de África comenzó a consolidarse a gran velocidad.

En la madrugada del 18 de julio, el coronel Solans envió un telegrama decisivo a Franco, quien aguardaba acontecimientos en Las Palmas de Gran Canaria:

Historia

«Este Ejército, levantado en armas, se ha apoderado en la tarde de hoy de todos los resortes del Mando en este territorio. La tranquilidad es absoluta. ¡Viva España!»

Las primeras consecuencias de la represión

La victoria de los sublevados en Melilla marcó el trágico patrón de lo que ocurriría en el resto del territorio español controlado por los rebeldes. Para asegurar el control absoluto de la plaza y evitar cualquier atisbo de contragolpe, se desató una inmediata campaña de detenciones contra civiles de izquierdas, sindicalistas, policías y militares leales a la República. Muchos de ellos, incluido el propio general Manuel Romerales por negarse a secundar el golpe, acabaron frente a los pelotones de fusilamiento en los días subsiguientes. La  Guerra Civil Española había comenzado de facto en las calles de Melilla.

Así comenzó la Guerra Civil Española.

(Tomado del blog de Darío Madrid)

 

El 19 de julio de 1936 se podían leer los siguientes titulares en los periódicos de Madrid:

 - "Algunas guarniciones se alzaron ayer en armas contra el régimen" (Ahora).

- "Se sublevan núcleos del Ejército en Marruecos y Sevilla, con los cuales luchan fuerzas leales" (El Sol).

- "En Marruecos se inicia un foco de rebelión contra la República" (El Liberal).

 

El Gobierno del Frente Popular, a las ocho y media de la mañana del 18 de julio, había emitido la siguiente nota a través de la radio: "Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la República. El Gobierno no ha querido dirigirse al país hasta tener el conocimiento exacto de lo sucedido y poner las medidas para combatirlo. Una parte del Ejército que representa a España en Marruecos se ha sublevado en armas contra la República, volviéndose contra su propia patria, realizando actos vergonzosos contra el Poder nacional. El Gobierno declara que el movimiento está circunscrito a determinadas ciudades del Protectorado, y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a tan absurdo intento. Por el contrario, los españoles han reaccionado unánimemente y con la más profunda indignación contra esa tentativa, frustrada en su nacimiento".

 

Nada más lejos de la realidad. En la misma página del diario Ahora en la que se publicaba el comunicado del Gobierno aparecía una nota del Ministerio de la Gobernación que ya reconocía lo contrario: "El general Queipo de Llano ha declarado facciosamente el estado de guerra en Sevilla. En Sevilla las autoridades legítimas tienen a raya a los sediciosos. La población civil presta fervoroso y entusiasta auxilio al gobernador y fuerzas a sus órdenes, que se mantienen con magnífico espíritu, realizando una admirable defensa de la República, con la confianza de que solo con sus propios medios pueden dominar muy pronto la situación. De lugares cercanos salen fuerzas de auxilio para Sevilla".

 

El 19 de julio la sublevación había triunfado, o estaba en vías de hacerlo, en un territorio de unos 240.000 kilómetros cuadrados que se extendía desde Galicia hasta la línea formada por las tres capitales aragonesas, abarcando la práctica totalidad de León y Castilla la Vieja, parte de Cáceres, y las provincias de Álava y Navarra. En Andalucía el alzamiento se hizo con Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada, capitales cuyo control facilitó el traslado de las tropas africanas a la Península.

 

Había comenzado la Guerra Civil.

Argeles Sorazu, Zumaiako idazle mistikoa


 


Bizitza batzuk isiltasunean garatzen dira, baina denbora gainditzen duen intentsitate batekin oihartzuna egiten dute. Ez dute atzean oihartzun edo ekintza ikusgarririk uzten, baizik eta arrasto ahul eta iraunkorra, inoiz itzaltzen ez den argi baten antzera. Sor Angeles Sorazuren bizitza leinu arraro eta ia ahaztu horretakoa da: barnetik bizi izan zirenena eta, hain zuzen ere, horregatik, gaur egun ere oihartzuna duen sakontasuna lortu zutenena.

 

Liburu hau ahots hori entzuteko nahitik sortzen da. Ez hainbeste bidaia biografiko bat berreraikitzea —nahiz eta egiten duen—, baizik eta ikusgaiaren ertzean kokatutako esperientzia gizatiar eta espiritual batean murgiltzea. Abiadura bizian mugitzen den mundu batean, barnekotasunak, diziplinak eta absolutuaren bilaketak markatutako existentzia bat aztertzeko gelditzea kontrakulturako keinu bat dirudi. Eta hala ere, agian gaur egun inoiz baino beharrezkoagoa da.

 

Sor Angeles Sorazu (1873–1921) aldaketa, tentsio eta gizarte-eraldaketa sakoneko garaian bizi izan zen. Baina bere benetako etapa ez zen gertaera historikoena, kontzientziarena baizik. Han borrokatu zen, bere zalantzei aurre egin zien, eta intentsitate handiko erlijio-esperientzia bat moldatu zuen, zeinaren idatzizko adierazpenak balio kultural paregabea gehitzen dion.

 

Beraz, hurrengo orrialdeek ikuspegi anitzekoa eskaintzea dute helburu: biografikoa, bai, baina baita espirituala, literarioa eta gizatiarra ere. Helburua ez da figura idealizatu bat sortzea, prozesu bati laguntzea baizik: emakume espezifiko batena, bere mugekin eta handitasunarekin, isiltasunean zentzua bilatu eta bertan betetze modu bat aurkitu zuena.

 

Agian irakurleak ez ditu haren sinesmenak partekatzen. Agian urrun daudela ere dirudite. Baina bizitza batzuen benetakotasunean badago zerbait edozein doktrina-esparru gainditzen duena. Liburu honek apaltasunez hori nabarmendu nahi du: bizitza batzuen bihotzean, ez bakarrik haien garaikoa den egia bat dago, baita gure garaikoa ere.



Liburu hau ixten denean, beti geratzen da errealitate zabalago, sakonago bat ukitu izanaren sentsazioa, agian ulertezina ere bai. Sor Angeles Sorazuren bizitza ezin da hitzez guztiz jaso, ezta kronologia edo interpretazio zehatz batera murriztu ere.

Errespetatu beharreko misterio bat dago berari buruz.

Orrialde hauetan zehar, bere egunak, idatziak eta isiluneak zeharkatu ditugu. Gure ikuspuntutik ulertzen saiatu gara, betetasunerako bide gisa erretiratzea aukeratu zuen existentzia baten logika. Eta hala ere, azkenean, galdera ireki bat geratzen da: zerk irauten du benetan bizitza horretan?

Irauten duena, agian, munduan egoteko modu bat da. Errealitatetik ihes egin gabe barrura begiratzeko modu bat, bere premiari amore eman gabe denbora bizitzeko modu bat, berehalakoaz haragoko esanahia bilatzeko modu bat. Zarata eta distrakzioz markatutako garai batean, Sor Angelesen figura gonbidapen isila baina sendoa da: funtsezkora itzultzeko.

Ezinezkoa litzateke haren bizitza imitatzea, baina bertan testigantza bat antzeman daiteke. Barnetasuna ez dela ihesbide bat, baizik eta presentzia erradikal bat dela dioen testigantza. Isiltasuna emankorra izan daitekeela. Ikusezinak diren bideak badaudela, baina eraldatzen gaituztenak.

Agian, azken finean, horixe da liburu honek uzten duena: ez ondorio bat, baizik eta oihartzun bat.

Eta oihartzun hori, irakurleak bereganatzen badu, jarraitasun modu bat da dagoeneko.


Liburua Amazonen eros daiteke


miércoles, 15 de julio de 2026

José Legrá, in memoriam


 Hoy ha fallecido el gran boxeador José Legrá.

Este es el artículo que Manuel Román ha escrito en Libertad digital:


José Legrá, el juguete roto y campeón mundial que dilapidó 400 millones y acabó en una residencia de ancianos

Un recorrido por la vertiginosa caída de una de las grandes figuras de nuestro deporte, atrapado por la ludopatía y las malas compañías.

De la miseria a la gloria deportiva para, una vez alcanzada, terminar arruinado por su mala cabeza, sus vicios, el derroche con muchas mujeres y el olvido ya al final de su vida en una residencia de ancianos. Ha muerto a los ochenta y tres años un campeón que no supo ser hormiga.

 

José Legrá Utria me contó su vida como a tantos otros periodistas que publicaron sus triunfos. Y su miseria. Había nacido en Baracoa, Cuba, en un hogar muy pobre. Salía a la calle para ganarse el pan limpiando zapatos o vendiendo periódicos. A los guiris los encaminaba a casas de prostitución a cambio de unas monedas. Algunos de aquellos turistas se divertían arrojando al mar unos pesos para que José se lanzara al agua a ver si podía hacerse con algunas de aquellas monedas.

 

El boxeo lo practicó como aficionado, pero cuando quiso hacerse profesional no pudo: Fidel Castro lo prohibió. Y entonces, José reunió poco a poco lo que le costó un pasaje a España, en barco, y llegó a La Coruña en 1963. Tenía veintiún años. A partir de entonces fue buscándose la vida, ya en Madrid, donde un compatriota, antiguo campeón, Kid Tunero, lo fue preparando para conseguir el campeonato de España de los pesos pluma, luego el europeo y finalmente el mundial, en 1968.

 

La circunstancia de que el doctor Vicente Gil, médico de Franco, presidiera la Federación Española de Boxeo, favoreció a José Legrá, quien se había hecho acreedor como idolatrado púgil tras sus memorables triunfos. Consiguió en su carrera deportiva ciento treinta y tres victorias, sólo once derrotas y cuatro combates nulos. El Jefe del Estado lo recibió, encantado, en audiencia privada. "Me regaló un chalé", me reveló José. En realidad, un piso modesto en la barriada obrera de San Blas, en Madrid.

Lo cierto es que en esos años, la segunda mitad de los 60, José Legrá se hizo millonario, estimándose que con sus combates llegó a ganar cuatrocientos millones de pesetas, una cantidad de dinero suficiente para haber ahorrado, montar algún negocio y vivir sin problemas. Que es lo que no hizo.

 

Gozaba de la admiración popular. Era simpático, muy hablador, repetía aquello de "¡soy el mejor, soy el mejor!", cantinela que había aprendido del ídolo mundial Cassius Clay. Un buen escritor, cronista de boxeo, el gran articulista malagueño Manuel Alcántara, lo motejó como el Puma de Baracoa, apodo que hizo fortuna entre los periodistas.

 

La época gloriosa de Legrá fue la de la expansión del boxeo a través de TVE. Ahí se presumía la influencia del doctor Vicente Gil. Pedro Carrasco, Miguel Velázquez o José Manuel Urtain eran los ídolos junto a José Legrá.

 

El dinero se le iba escapando entre sus manos al cubano nacionalizado español en 1966. Juergas compartidas con amiguetes de ocasión, chupópteros que se arrimaban al campeón para, a costa de José, comer, beber y cerrar cabarés muchas madrugadas. Y con mujeres. Las tuvo a montones. Corría el champán mientras él festejaba diarias francachelas cuando no tenía urgencia para entrenar. Nunca se le conoció ninguna novia formal, ni deseos de casarse. Solamente pensaba en acostarse con cuantas se acercaban a él, con quienes solía encerrarse en la habitación de su apartamento, en camas redondas, con las que reía a placer. "El boxeo me proporcionó grandes satisfacciones... sexuales", me comentó un día. Creía vivir en Jauja y que aquello le duraría siempre.

Y eso acabó como era previsible. Aún tenía cuentas en los bancos con el dinero para emprender un negocio de calzado deportivo con un socio que lo estafó. Recuerdo un viaje a Marruecos con Legrá, que también estuvo relacionado con una empresa de importación-exportación. Lo que tampoco le fue bien.

 

En resumidas cuentas, en 1973 su estrella declinó. Y sus ahorros se evaporaron. La soledad pasó a ser su compañera. Una tal Nines fue una de las pocas mujeres que estuvieron a su lado en esa época, en la que casi nadie lo reconocía ya por la calle. Lo comprobé la mañana en la que tomé un autobús y me senté a su lado. No observé miradas de nadie hacia nosotros.

Amigos de verdad tuvo pocos, quizás ninguno. Exceptuamos la ayuda constante que le proporcionó José María García, el periodista que mejor lo conoció y trató, autor de un libro biográfico sobre el púgil cubano. Gracias a él fue atendido en una residencia.

 

Ya en época cercana, en abril de 2020 fue hospitalizado a causa del covid-19, del que se recuperó. Siguió viviendo en una residencia de ancianos. No sabemos si aún la memoria la tenía de veraneo, como tituló uno de sus libros César González-Ruano. ¿Conservaba recuerdos de sus años triunfales? Por ejemplo, cuando protagonizó la película Cuadrilátero, de Eloy de la Iglesia, en 1970. O ya retirado, como atracción de dos programas de variedades en TelecincoTutti Frutti y Vip Noche.

 

Millones de españoles estaban electrizados por el triunfo de España en la semifinal frente a Francia en los Mundiales. A la misma hora que el deporte también se vestía de luto por la desaparición de un gran campeón, José Legrá, faltando unos pocos minutos para que acabara ese 14 de julio de gloria y de muerte.




Este es el libro que he escrito sobre otro de nuestros grandes púgiles. En librerías, lo distribuye Elkar. También se puede adquirir en Amazon.


domingo, 21 de junio de 2026

En el Diario de Navarra


 El libro se puede adquirir en Amazon. También en librerías, lo distribuye Elkar

Diario de Navarra, 21 de junio de 2026

 


Diario de Navarra, 21/06/26

 

Alvaro Ocariz relata la vida de Florinda Chico, la actriz de la que nadie habló mal.

 El escritor de Puente la Reina presentó la biografía en Don Benito, localidad natal de la artista, el día en que hubiera cumplido un siglo de vida.

 

ION STEIGMEIER

Pamplona

 

Después de escribir decenas de libros sobre personajes como Blas de Otero, Navarro Villoslada o Carlos, el príncipe de Viana, el prolífico escritor afincado desde hace décadas en Puente la Reina, José Andrés Alvaro Ocáriz (San Sebastián, 1962) ha sorprendido con su última biografía Florinda Chico, la actriz de la alegría, dedicada a una figura que pertenece más al imaginario popular que a los libros de Historia. Alvaro Ocariz se dio cuenta de que se iba a cumplir el centenario del nacimiento de Florinda Chico y que no contaba con un trabajo así, de modo que se puso manos a la obra en Don Benito, Badajoz, donde nació la actriz en 1926. “Fui a buscar documentación, hablé con el viudo y así salió la cosa”, expone. La publicación (Desiréediciones) fue presentada en el Museo Etnográfico de Don Benito, donde se inauguró una sala dedicada a Clori, como se la conocía en el pueblo, con sus vestidos, trofeos, premios y publicaciones en las que fue apareciendo.

Como tantos cómicos del siglo XX, la vida de Florinda Chico Martín-Mora no fue fácil. Siempre quiso ser artista, pero en aquel entorno era imposible. En el bautizo de un sobrino conoció al maestro Jacinto Guerrero, quien al verla dijo: “Qué chica tan mona. ¿Es de teatro?” “Ojalá”, contestó ella. Guerrero le dijo que se presentara en el Teatro de La Latina a las cuatro de la tarde del día siguiente y a las siete de la tarde debutó en La manca doble. “Vivió la posguerra y comenzó siendo una chica de revista”, explica el autor del libro. “Era de los cómicos que iban con su baúl de gira por España, era ese mundo de compañías ambulantes que iban de un pueblo a otro”, apunta.

Pasó también por la etapa del destape, y acabó haciendo un centenar de películas, además de televisión y teatro. Fueron muchas comedias de Mariano Ozores, pero también La casa de Bernarda Alba de Mario Camus, o Cría Cuervos, de Carlos Saura.

Alvaro Ocáriz destaca el aprecio que le tenían todos sus compañeros. “Era muy compañera de sus compañeros, nadie habla mal de ella”, asegura. El libro cuenta con citas de José Luis Garci, Concha Velasco o José Sacristán, y con fotos de su vida.

Chico hizo amistad con otras compañeras. “Rafaela Aparicio y ella eran como hermanas y también con Gracita Morales”, asegura el biógrafo. Su viudo (sus dos hijas provenían de un matrimonio anterior) también se dedicaba al espectáculo. Era electricista y se encargaba de las luces de la obra. Así se conocieron. Se llevaban 25 años. “Le decían, ´ ¿quién es, su hijo? ´ Y ella contestaba: ´No, mi amante´, con ese humor que tenía”, apunta. Murió en 2011.

“Florinda Chico fue la mujer de barrio, la vecina, la criada, la madre sufrida o la amiga parlanchina: tipos reconocibles y entrañables, pero siempre dotados de alma”, dice el autor del libro



El libro se puede adquirir en Amazon. En librerías lo distribuye Elkar. 

viernes, 12 de junio de 2026

artículo de EL DIARIO VASCO


 

Florinda Chico en El DIARIO VASCO 120626

Este es el artículo que aparece hoy en EL DIARIO VASCO:




https://www.diariovasco.com/culturas/cine/florinda-chico-actriz-personaje-donostia-san-sebastian-20260612184515-nt.html

El donostiarra que ha escrito un libro sobre Florinda Chico: «Era una gran actriz y, además, un personaje familiar muy agradable»

El donostiarra José Andrés Alvaro Ocáriz presentó en Don Benito la única biografía que se ha publicado de la célebre actriz por su centenario


Iker Elduayen

San Sebastián

12/06/2026 a las 00:15h.

En el cine español hay rostros que no necesitan presentación, aunque el tiempo los vaya empujando poco a poco hacia el recuerdo. Florinda Chico es uno de ellos. Su nombre forma parte de esa memoria compartida de las tardes de televisión, del cine popular que acompañó a varias generaciones, de las funciones que aún perduran. El pasado 24 de abril se cumplieron cien años de su nacimiento, efeméride que el donostiarra José Andrés Alvaro Ocáriz aprovechó para publicar 'Florinda Chico, la actriz de la alegría' (Desiréediciones, 2026), una biografía que nació casi por sorpresa, porque «vi que era su centenario y que no había nada publicado».

 

El libro se presentó en Don Benito, la localidad natal de la actriz, de la que siempre presumió. «Es precioso. De los pocos sitios que empiezan por 'don'. También está la preciosa Donostia», contó en 'Con las manos en la masa' junto a Elena Santonja en Televisión Española. Al acto acudieron familiares, entre ellos una de sus hijas y su viudo, Santos Pumar. También gente del pueblo y, sobre todo, muchos jóvenes. «Me sorprendió», destaca el escritor. Y eso que Florinda Chico pertenece a otra generación.

El presente proyecto busca llenar un vacío: «Florinda merece un reconocimiento a la altura», insiste el autor que, desde su jubilación, ha convertido la escritura en una forma de rescatar biografías culturales. En este caso, el trabajo ha sido sobre todo de archivo: recopilación de artículos de prensa, entrevistas antiguas, apariciones televisivas y, de lo recogido, las voces de quienes compartieron vida. José Sacristán, Concha Velasco o José Luis Garci son muchos de los testimonios que se incluyen en el libro. Todos ellos coinciden en que «era una actriz querida de verdad por la profesión. No he encontrado ni una cita que hable mal de ella». Además, opina Ocáriz que «ella tenía algo, no era indiferente para nadie». De ahí que aún compañeros de profesión sigan estimándola

Presencia fuerte

La carrera de Florinda Chico es inseparable del cine popular español de los años sesenta y setenta. Más de cien películas y un ritmo de rodaje que hoy suena casi imposible avalan sus sesenta años de carrera. Fue una de las habituales de las comedias de Mariano Ozores y compañera constante de Paco Martínez Soria. «Las películas eran para evadirte, para reírte un rato, nada más», dice el biógrafo sobre títulos como 'Abuelo Made In Spain' (1969), 'El padre de la criatura' (1972) o 'Dos chicas de revista' (1972), que la fijaron en el imaginario popular como una actriz cercana, reconocible, casi doméstica.

Pero reducirla a la comedia sería quedarse corto. «Era una actriz totalmente versátil», recalca Ocáriz. Llegaron después trabajos con directores 'serios' como Mario Camus en 'La casa de Bernarda Alba' (1987) o Carlos Saura en 'Cría cuervos' (1976) donde, además de una solidez dramática que desmontaba cualquier etiqueta, mostró los pechos en el más sutíl y político 'destape' de la historia. Y en el teatro encontró otro territorio decisivo. Ella, que ya venía de la Revista y de haber despuntado gracias a Celia Gámez, consolidó su relación con las tablas especialmente gracias a su relación con el dramaturgo donostiarra Rafael Mendizábal, autor de 'Mala hierba' y 'Mi tía y sus cosas', dos de sus grandes éxitos. Con dichas obras, recorrió el país con largas giras, de esas que hoy ya casi no existen. Y, por supuesto, visitó la capital guipuzcoana en numerosas ocasiones.

El libro también se detiene en fotografías, recuerdos iniciales y personales, y en esa evolución física y artística que forma parte de su historia. «Hay una Florinda anterior que mucha gente no conoce». Y en esas imágenes aparece otra mujer, distinta, pero ya con una presencia fuerte, sin artificios.”

Ocáriz, nacido en San Sebastián, ha pasado por la docencia y por la gestión cultural antes de dedicarse a la escritura. Ha publicado más de cincuenta libros y dado cientos de conferencias, pero aquí habla desde la sencillez y el más sincero deseo de querer rescatar una figura «injustamente difusa». El libro, ya disponible en Elkar y también a través de Amazon, busca reivindicar a una gran mujer que «era una gran actriz y, además, un personaje familiar muy agradable».


jueves, 4 de junio de 2026

fotos del acto en San Sebastian


 El tres de junio presentamos el libro sobre Elcano en el Club Cantábrico de San Sebastián.








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En librerías lo distribuye Elkar.

lunes, 1 de junio de 2026

Las mejores poesías de la literatura española.- Antonio Machado

 


Como hemos llegado a las 250.000 visitas, permitidme unos poemas de don Antonio Machado.


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.


Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.


Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.


Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.


Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.


¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso, como deja el capitán su espada:

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.


Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;

mi soliloquio es plática con ese buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.


Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo, con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.


Y cuando llegue el día del último viaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.


A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS


Como se fue el maestro,

la luz de esta mañana

me dijo: Van tres días

que mi hermano Francisco no trabaja.


¿Murió?... Sólo sabemos

que se nos fue por una senda clara,

diciéndonos: Hacedme

un duelo de labores y esperanzas.


Sed buenos y no más, sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

Vivid, la vida sigue,

los muertos mueren y las sombras pasan;

lleva quien deja y vive el que ha vivido.


¡Yunques, sonad; enmudeced, campanas!

Y hacia otra luz más pura

partió el hermano de la luz del alba,

del sol de los talleres,

el viejo alegre de la vida santa.


… ¡Oh, sí!, llevad, amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes

del ancho Guadarrama.


Allí hay barrancos hondos

de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose

bajo una encina casta,

en tierra de tomillos, donde juegan

mariposas doradas...


Allí el maestro un día

soñaba un nuevo florecer de España.



Mediaba el mes de julio. Era un hermoso día.

Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía,

buscando los recodos de sombra, lentamente.


A trechos me paraba para enjugar mi frente

y dar algún respiro al pecho jadeante;

o bien, ahincando el paso, el cuerpo hacia adelante

y hacia la mano diestra vencido y apoyado

en un bastón, a guisa de pastoril cayado,

trepaba por los cerros que habitan las rapaces

aves de altura, hollando las hierbas montaraces

de fuerte olor — romero, tomillo, salvia, espliego—.

Sobre los agrios campos caía un sol de fuego.

Un buitre de anchas alas con majestuoso vuelo

cruzaba solitario el puro azul del cielo.


Yo divisaba, lejos, un monte alto y agudo,

y una redonda loma cual recamado escudo,

y cárdenos alcores sobre la parda tierra

—harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra—,

las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero

para formar la corva ballesta de un arquero

en torno a Soria. — Soria es una barbacana,

hacia Aragón, que tiene la torre castellana—.


Veía el horizonte cerrado por colinas

oscuras, coronadas de robles y de encinas;

desnudos peñascales, algún humilde prado

donde el merino pace y el toro, arrodillado

sobre la hierba, rumia; las márgenes del río

lucir sus verdes álamos al claro sol de estío,

y, silenciosamente, lejanos pasajeros,

¡tan diminutos! — carros, jinetes y arrieros—,

cruzar el largo puente, y bajo las arcadas

de piedra ensombrecerse las aguas plateadas

del Duero.


El Duero cruza el corazón de roble

de Iberia y de Castilla.

¡Oh, tierra triste y noble,

la de los altos llanos y yermos y roquedas,

de campos sin arados, regatos ni arboledas;

decrépitas ciudades, caminos sin mesones,

y atónitos palurdos sin danzas ni canciones

que aún van, abandonando el mortecino hogar,

como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!


Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.

¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada

recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?

Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;

cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.

¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra

de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

La madre en otro tiempo fecunda en capitanes,

madrastra es hoy apenas de humildes ganapanes.

Castilla no es aquella tan generosa un día,

cuando Myo Cid Rodrigo el de Vivar volvía,

ufano de su nueva fortuna, y su opulencia,

a regalar a Alfonso los huertos de Valencia;

o que, tras la aventura que acreditó sus bríos,

pedía la conquista de los inmensos ríos

indianos a la corte, la madre de soldados,

guerreros y adalides que han de tornar, cargados

de plata y oro, a España, en regios galeones,

para la presa cuervos, para la lid leones.

Filósofos nutridos de sopa de convento

contemplan impasibles el amplio firmamento;

y si les llega en sueños, como un rumor distante,

clamor de mercaderes de muelles de Levante,

no acudirán siquiera a preguntar ¿qué pasa?

Y ya la guerra ha abierto las puertas de su casa.


Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora.

El sol va declinando. De la ciudad lejana

me llega un armonioso tañido de campana

—ya irán a su rosario las enlutadas viejas—.

De entre las peñas salen dos lindas comadrejas;

me miran y se alejan, huyendo, y aparecen

de nuevo, ¡tan curiosas!... Los campos se obscurecen.

Hacia el camino blanco está el mesón abierto

al campo ensombrecido y al pedregal desierto.


ORILLAS DEL DUERO


¡Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!


¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!


¡Aquellos diminutos pegujales

de tierra dura y fría,

donde apuntan centenos y trigales

que el pan moreno nos darán un día!


Y otra vez roca y roca, pedregales

desnudos y pelados serrijones,

la tierra de las águilas caudales,

malezas y jarales,

hierbas monteses, zarzas y cambrones.


¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla, tus decrépitas ciudades!

¡La agria melancolía

que puebla tus sombrías soledades!


¡Castilla varonil, adusta tierra,

Castilla del desdén contra la suerte,

Castilla del dolor y de la guerra,

tierra inmortal, Castilla de la muerte!


Era una tarde, cuando el campo huía

del sol, y en el asombro del planeta,

como un globo morado aparecía

la hermosa luna, amada del poeta.


En el cárdeno cielo violeta

alguna clara estrella fulguraba.

El aire ensombrecido

oreaba mis sienes, y acercaba

el murmullo del agua hasta mi oído.


Entre cerros de plomo y de ceniza

manchados de roídos encinares,

y entre calvas roquedas de caliza,

iba a embestir los ocho tajamares

del puente el padre río,

que surca de Castilla el yermo frío.


¡Oh Duero, tu agua corre

y correrá mientras las nieves blancas

de enero el sol de mayo

haga fluir por hoces y barrancas,

mientras tengan las sierras su turbante

de nieve y de tormenta.

y brille el olifante

del sol, tras de la nube cenicienta!...


¿Y el viejo romancero

fue el sueño de un juglar junto a tu orilla?

¿Acaso como tú y por siempre, Duero,

irá corriendo hacia la mar Castilla?


CAMPOS DE SORIA

I

Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.


II

Las tierras labrantías,

como retazos de estameñas pardas,

el huertecillo, el abejar, los trozos

de verde obscuro en que el merino pasta,

entre plomizos peñascales, siembran

el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,

parecen humear las yertas ramas

como un glauco vapor — las nuevas hojas—

y en las quiebras de valles y barrancas

blanquean los zarzales florecidos,

y brotan las violetas perfumadas.


III

Es el campo undulado, y los caminos

ya ocultan los viajeros que cabalgan

en pardos borriquillos,

ya al fondo de la tarde arrebolada

elevan las plebeyas figurillas,

que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo

desde los picos donde habita el águila,

son tornasoles de carmín y acero,

llanos plomizos, lomas plateadas,

circuidos por montes de violeta,

con las cumbres de nieve sonrosada.


IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran

en un alcor, cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas

bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente, las sombras se agigantan.


V

La nieve. En el mesón al campo abierto

se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,

alborotando en blancos torbellinos

la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,

cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose

cerca del fuego; su mechón de lana

la vieja hila, y una niña cose

verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero

que caminó sobre la blanca tierra,

36 José Andrés Álvaro Ocáriz

y una noche perdió ruta y sendero,

y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío

y en la frente del viejo, de hosco ceño,

como un tachón sombrío

—tal el golpe de un hacha sobre un leño—.

La vieja mira al campo, cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados

ha de correr con otras doncellitas

en los días azules y dorados,

cuando crecen las blancas margaritas.


VI

¡Soria fría, Soria pura,

cabeza de Extremadura,

con su castillo guerrero

arruinado, sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos,

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

por las sórdidas callejas,

y a la medianoche ululan,

cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana

¡tan bella! bajo la luna.


VII

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, oscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais! ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!...


VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria — barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua, cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!


IX

¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita,

me habéis llegado al alma,

¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino

que a Dios guardáis como cristianas viejas,

que el sol de España os llene

de alegría, de luz y de riqueza!


RECUERDO INFANTIL


Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.


Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel,

junto a una mancha carmín.


Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.


Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

“mil veces ciento, cien mil;

mil veces mil, un millón”.


Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.


Yo escucho los cantos

de viejas cadencias

que los niños cantan

cuando en corro juegan,

y vierten en coro

sus almas, que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra:

con monotonías

de risas eternas

que no son alegres,

con lágrimas viejas

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

En los labios niños,

las canciones llevan

confusa la historia

y clara la pena;

como clara el agua

lleva su conseja

de viejos amores

que nunca se cuentan.

Jugando, a la sombra

de una plaza vieja,

los niños cantaban...

La fuente de piedra

vertía su eterno

cristal de leyenda.

Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega:

la historia confusa

y clara la pena.

Seguía su cuento

la fuente serena;

borrada la historia,

contaba la pena.


A la vera de la fuente

quedó Alvargonzález muerto.

Tiene cuatro puñaladas

entre el costado y el pecho,

por donde la sangre brota,

más un hachazo en el cuello.

Cuenta la hazaña del campo

el agua clara corriendo,

mientras los dos asesinos

huyen hacia los hayedos.

Hasta la Laguna Negra,

bajo las fuentes del Duero,

llevan el muerto, dejando

detrás un rastro sangriento,

y en la laguna sin fondo,

que guarda bien los secretos,

con una piedra amarrada

a los pies, tumba le dieron.


AL MAESTRO RUBÉN DARÍO


Este noble poeta, que ha escuchado

los ecos de la tarde y los violines

del otoño en Verlaine, y que ha cortado

las rosas de Ronsard en los jardines

de Francia, hoy, peregrino

de un Ultramar de Sol, nos trae el oro

de su verbo divino.


¡Salterios del loor vibran en coro!

La nave bien guarnida,

con fuerte casco y acerada prora,

de viento y luz la blanca vela henchida

surca, pronta a arribar, la mar sonora.

Y yo le grito: ¡Salve! a la bandera

flamígera que tiene

esta hermosa galera,

que de una nueva España a España viene.


A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO


Si era toda en tu verso la armonía del mundo,

¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?

Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,

corazón asombrado de la música astral,

¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno

y con las nuevas rosas triunfantes volverás?

¿Te han herido buscando la soñada Florida,

la fuente de la eterna juventud, capitán?

Que en esta lengua madre la clara historia quede;

corazones de todas las Españas, llorad.

Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,

esta nueva nos vino atravesando el mar.

Pongamos, españoles, en un severo mármol,

su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:

Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,

nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.


Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.


¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.


No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.


Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.


Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;


antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;


antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.


Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.


Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!


De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares,

por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir, como un alfanje roto

y disperso, reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos...

¡Ay, ya, no puedo caminar con ella!


Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.


Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.


Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe

lo que se traga la tierra!


Yo contemplo mi equipaje,

mi viejo saco de cuero;

y recuerdo otro viaje

hacia las tierras del Duero.

Otro viaje de ayer

por la tierra castellana,

¡pinos del amanecer

entre Almazán y Quintana!

¡Y alegría

de un viajar en compañía!

¡Y la unión

que ha roto la muerte un día!


Adiós, campos de Soria

donde las rocas sueñan,

cerros del alto llano

y montes de ceniza y de violeta.

Adiós, ya con vosotros

quedó la flor más dulce de la tierra.

Ya no puedo cantaros,

no os canta ya mi corazón, os reza…


Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aún las acacias estarán desnudas

y nevados los montes de las sierras.

¡Oh mole del Moncayo blanca y rosa,

allá en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

Por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,

y labriegos que siembran los tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra...


Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales

cargados de perfume, y el campo enverdecido,

abiertos los jazmines, maduros los trigales,

azules las montañas y el olivar florido;

Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles;

y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,

y los enjambres de oro, para libar sus mieles

dispersos en los campos, huir de sus colmenas;

yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,

barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;

y en sierras agrias sueño — ¡Urbión, sobre pinares!

¡Moncayo blanco, al cielo aragonés, erguido!—

Y pienso: Primavera, como un escalofrío

irá a cruzar el alto solar del romancero,

ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,

y la roqueda parda más de un zarzal en flor;

ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,

hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas

que vais al joven Duero, rebaños de merinos,

con rumbo hacia las altas praderas numantinas,

por las cañadas hondas y al sol de los caminos

hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,

montañas, serrijones, lomazos, parameras,

en donde reina el águila, por donde busca el cuervo

su infecto expoliario; menudas sementeras

cual sayos cenicientos, casetas y majadas

entre desnuda roca, arroyos y hontanares

donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,

dispersos huertecillos, humildes abejares!...

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano

cercado de colinas y crestas militares,

alcores y roquedas del yermo castellano,

fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía

de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,

por los floridos valles, mi corazón te lleva.


“El paisaje de Soria, en su estilo, es uno de los más impresionantes del mundo. Esos ocres, esos amarillos, esos pardos, esos cielos azules infinitos no se pueden mejorar. Acongojan el alma, la engrandecen, la atan a un deseo de mística ascensión. Viendo los campos yermos de Castilla se explica uno a Quevedo, a Antonio Machado, tan distintos, pero tan grandes en comunidad espiritual, en anhelos de perfección”.

(Blas de Otero)


“Machado es la figura más importante del siglo XX español. Uno de los dos o tres más importantes de la literatura en castellano. Y no hablo sólo por mí. Toda la joven generación española dirá lo mismo. Porque en Machado está presente el pueblo y su patria. Porque Machado es un poeta de la realidad”.

(Blas de Otero)


"Machado es el mayor de entre los poetas españoles de nuestro siglo. De su arraigo en la indestructible sustancia popular, de su fidelidad al pueblo, a su sabiduría sedimentada, a su dolor y a su esperanza, procede sin duda esa extraordinaria robustez, esa fuerza de crecimiento y de expansión, esa hondura de humanidad total, que dura contra el tiempo en la poesía de Machado y que da tan sólidas raíces a su estatura de hombre singular y libre, de creador y de contemplador. 

Un homenaje a Machado resuena así, inevitablemente, como un homenaje al pueblo español, al pueblo simple y duradero, al trozo de humanidad con el que él mismo hubiera deseado fundirse para quedar como uno de aquellos poetas anónimos a los que continuamente apelaba como ejemplo de poesía verdadera."

(Ramón Menéndez Pidal)


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