https://youtu.be/V0EwjXEMvP0
Este es el enlace donde se puede ver en YouTube el video sobre el libro
Con motivo del 500 aniversario del fallecimiento de Juan Sebastián Elcano he escrito este libro.
Prólogo
El interés por la historia marítima de
los vascos, interés que ambos compartimos, ha forjado la amistad entre el autor
de la obra que prologamos, José Andrés Alvaro Ocáriz, y el que suscribe. La “Presencia
vasca en la Armada española”, libro que tuve el honor de presentar en
Madrid hace pocos años, su estudio sobre el “Elogio histórico de
Churruca” y el no menos importante sobre el segundo comandante del San
Juan Nepomuceno del mando del anterior y con igual cota de heroísmo que D.
Cosme Damián, D. Francisco Moyua y Mazarredo, terminaron de anudar los lazos de
nuestra amistad.
Ahora, con motivo del inminente V
Centenario del fallecimiento en aguas de la Mar del Sur (por culpa de
Magallanes, conocido como Pacífico como nos cuenta Pigaffetta) del que por
primera vez circundó el mundo, el guetariano inmortal Juan Sebastián Elcano, ha
buceado en la Historia para sacarlo a la superficie y así pueda ser apreciado
por todos.
La ley dictada por los Reyes Católicos
prohibía la exportación de naves construidas en los astilleros de sus unidos
reinos de Castilla y Aragón, ley hecha para guardar el secreto de la excelente
construcción naval española, que condujo al desarrollo de esa misma
construcción en Inglaterra y Holanda, dado que España no les vendía buques.
Como Juan Sebastián vio embargada su
embarcación de comercio por unos exigentes banqueros saboyanos, la Justicia
consideró tal embargo como una venta a extranjeros y esos “antecedentes
penales” van a pesar muy duramente en su honrada y heroica vida y tengo para mí
que eso fue lo que le impidió tomar el hábito de alguna de las Ordenes
Militares (a Magallanes le concedieron el de Santiago) y seguramente provocó la
negativa del rey a concederle un título nobiliario, incluso creemos que no tomó
el mando de la expedición que pusieron en manos del inexperto Loaisa por lo
mismo, y además por la nobleza del de tierra adentro (Ciudad Real).
En el libro verán bien la tragedia
final, cuando por fin Elcano accede a la capitanía general de la Armada,
solamente la disfrutará, si es que le quedaba algo de consciencia, cuatro días,
la ciguatera o el escorbuto dio con sus huesos en la mar que, con tantísimo
esfuerzo, había dominado.
Para mi tengo también que la derrota de
Timor a Cabo Verde, que él utilizó por primera vez y que nada tiene que ver con
la utilizada por los portugueses, comiendo arroz cocido en agua de mar y
aguantando así más de tres meses, arrojando un cadáver al mar casi todos los
días, constituye uno de los actos más heroicos de la historia de la navegación
mundial y nos resulta imposible comprender que, tras las penalidades que pasó,
incluso después hasta Sevilla utilizando la vuelta de Mina, volviese a embarcar
de segundo de Loaisa.
Muy oportuna me parece la inclusión del
texto completo de su testamento, del cual la Armada Española cumplió una de las
mandas, la relativa a la Santa Verónica que se venera en el monasterio de la
Santa Faz de Alicante, en los años cuareta
del pasado siglo, pero eso ya lo hemos contado en otras ocasiones.
Felicitamos muy de verás a nuestro
amigo José Andrés que, a su biografía sobre Elcano, añade aspectos iconográficos
poco conocidos y, con agradable escritura, deja constancia de esa increíble
vida del guetariano (por cierto, en cartografía antigua del País Vasco, puede
apreciarse un lugar muy cercano a Guetaria, llamado El Cano).
Introducción
Cinco siglos no bastan para
medir la hondura de una estela. El mar, que todo lo borra, ha conservado sin
embargo el nombre de Juan Sebastián Elcano como conserva ciertos secretos: no
en la superficie brillante de la Historia, sino en su fondo más verdadero. En
2026 se cumplen quinientos años de su muerte, y este libro nace bajo el signo
de esa efeméride, no como un ejercicio de memoria ritual, sino como una
invitación a volver a pensar al hombre que cerró, por primera vez, el círculo
del mundo.
Cuando las naves partieron de
Sevilla en 1519, Elcano era uno más entre muchos. No encabezaba banderas ni
discursos, no soñaba con hazañas universales. Era marino, y eso bastaba. El
destino, esa fuerza sin rostro que gobierna las derrotas y las grandezas, lo
condujo a asumir el mando de la Victoria tras la muerte de Magallanes.
No lo hizo por ambición, sino por necesidad. Y así, sin buscarlo, completó la
empresa más decisiva de la historia de la navegación: la primera vuelta al
mundo.
Pero la vida de Elcano no
concluyó con el regreso triunfal de 1522. La Historia, más exigente que la
gloria, no le concedió reposo. Apenas cuatro años después, volvió a embarcarse
en otra empresa extrema: la expedición de García Jofre de Loaisa, destinada a
afianzar la presencia española en las Islas de las Especias. Era una navegación
aún más incierta, más dura, más condenada desde su origen. Elcano, ya célebre,
ya experimentado, eligió de nuevo el mar cuando podría haberse quedado en
tierra. Eligió, una vez más, el camino más arduo.
Aquella expedición fue un
calvario oceánico. Tempestades, hambre, enfermedades y muertes fueron
deshaciendo la flota antes incluso de alcanzar el Pacífico. En agosto de 1526,
en mitad del océano inmenso que él había ayudado a comprender, Juan Sebastián
Elcano sucumbió al escorbuto. No hubo regreso, ni honores, ni sepultura
conocida. El hombre que había cerrado el mundo quedó, para siempre, en su
interior.
Este libro se escribe desde esa
doble perspectiva: la del héroe involuntario que culmina una hazaña sin
precedentes y la del marino fiel que muere en servicio, lejos de todo, sin más
testigo que el horizonte. No pretende erigir una estatua retórica, sino
recuperar una figura compleja, humana, profundamente moderna en su relación con
el riesgo, la obediencia y el deber.
A quinientos años de su muerte,
Elcano sigue interpelándonos. No por lo que conquistó, sino por lo que
resistió. No por la gloria que recibió, sino por la que no reclamó. Su vida
entera, desde Guetaria hasta los confines del Pacífico, fue una lección
silenciosa sobre la perseverancia humana frente a lo desconocido.
Leer estas páginas es volver a
embarcarse con él: aceptar la incertidumbre, escuchar el crujido de la nave,
medir el mundo con el cuerpo y con el hambre, y comprender que la Historia no
siempre la hacen quienes la imaginan, sino quienes no abandonan el timón cuando
todo parece perdido.
Porque hay hombres que descubren
mundos. Y hay otros, más raros aún, que los recorren hasta el final y mueren en
ellos.
A quinientos años de su
desaparición, estas páginas restituyen a Elcano su dimensión más profunda: la
del hombre que no abandonó el mar cuando ya había cumplido la hazaña, la del
navegante que eligió servir antes que descansar, la del protagonista silencioso
de una epopeya que no se explica sin resistencia, lealtad y riesgo.
Un libro para comprender no sólo
una gesta irrepetible, sino a un hombre que navegó hasta el final del mundo y
de su propia vida.
Contraportada
Cinco siglos después de su muerte, la figura de
Juan Sebastián Elcano sigue emergiendo entre la bruma del océano como símbolo
de audacia, resistencia y destino.
No fue sólo el hombre
que culminó la primera circunnavegación de la Tierra tras la muerte de Fernando de Magallanes; fue también el marino
que, al mando de la nao Victoria, condujo
a dieciocho hombres exhaustos de regreso a Sevilla en 1522, cerrando por vez
primera el círculo del mundo y transformando para siempre la conciencia
geográfica de la humanidad.
Pero esta obra no se
detiene en la gloria. Acompaña a Elcano más allá del triunfo, cuando el reconocimiento
real y el escudo concedido por Carlos I de España
no bastaron para apartarlo del mar. Fiel a su vocación y a su tiempo, volvió a
embarcarse hacia las islas de las Especias en la expedición de García Jofre de Loaísa. Allí, en la inmensidad
del Pacífico que él mismo había atravesado por primera vez para Europa, halló
no la fama, sino el desgaste, la enfermedad y la muerte en 1526, lejos de su
Getaria natal y sin la pompa reservada a los héroes.
Entre la epopeya y
el silencio final, este libro reconstruye la vida completa de Elcano: el
comerciante vasco, el navegante audaz, el hombre enfrentado al hambre, al motín
y a la incertidumbre de mares desconocidos; pero también el marino que pagó con
su propia vida la fidelidad a una empresa imperial que apenas comenzaba.
En el quinto centenario de su muerte, esta obra invita a
mirar más allá del mito para descubrir al hombre entero: el que abrió rutas
imposibles, el que sostuvo la esperanza en la adversidad y el que, tras haber
dado la vuelta al mundo, terminó fundiéndose con el océano que le hizo eterno.
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Prólogo del libro
Hubo un tiempo en que los
hombres cruzaban el mar persiguiendo una línea de fuego en el horizonte. Creían
en los presagios, en la salvación y en la fortuna; empuñaban la cruz y la
espada como si ambas fueran una sola. En ese tiempo, la Historia se escribía a
golpes de audacia y sangre, y los nombres de sus protagonistas —Colón, Cortés,
Pizarro— quedaron grabados en la memoria del mundo con el mismo hierro con que
forjaron su destino.
Francisco Pizarro nació en
Trujillo, en una tierra donde la pobreza templaba el carácter y el horizonte
empujaba al exilio. No aprendió letras ni heredó fortuna, pero sí conoció la
aspereza de la vida y la obstinación del que sobrevive. En su infancia, los
caminos eran polvo, las palabras eran órdenes, y el futuro —si existía— se
medía en jornadas. De ese silencio y esa rudeza nació el hombre que un día
marcharía hacia lo desconocido, guiado por un sueño de grandeza.
Cuando Pizarro zarpó hacia el
Nuevo Mundo, en su espíritu ardía la certidumbre de que el mar podía ofrecer lo
que la tierra le negó. En Panamá, entre selvas y fracasos, aprendió a esperar;
y fue allí donde oyó hablar de un imperio poderoso, de templos cubiertos de oro
y de una civilización ordenada como un misterio. Aquel nombre —Perú— se convirtió
en promesa, en destino, en condena.
La conquista que siguió fue
tan deslumbrante como terrible. La llegada a Cajamarca, el encuentro con
Atahualpa, la caída de Cuzco: episodios donde la Historia se confunde con la
leyenda y donde cada gesto tiene la densidad del símbolo. Fue el choque de dos
mundos que se desconocían, dos visiones del cosmos que no podían entenderse sin
destruirse. Y en medio de ese torbellino, Pizarro se alzó como un hombre de
frontera: entre la fe y la ambición, entre la valentía y la crueldad, entre la
gloria y la ruina.
Pero más allá de los hechos,
el nombre de Francisco Pizarro ha sobrevivido como un enigma. En él convergen
las luces y las sombras de una época. Pizarro pertenece tanto a la épica como a
la tragedia: es el símbolo de la grandeza humana y de su caída.
Este libro intenta acercarse a
ese enigma sin prejuicio ni absolución. No se trata de rendir homenaje ni de
dictar sentencia, sino de comprender el sentido profundo de su aventura: la
expansión del mundo, el encuentro de civilizaciones, el precio de la conquista.
Entre la espada y el mito se abre un espacio donde el hombre aparece, desnudo
de gloria, frente a su destino. Allí, donde la Historia se convierte en espejo,
aún resuena el eco de sus pasos sobre las piedras de Cuzco, el silencio de la
sierra que lo vio nacer y la sombra que aún proyecta sobre la memoria de
América.
Porque hablar de Pizarro es
hablar de nosotros: de la herencia que nos une, de esa sed de inmortalidad que
siempre acompaña al ser humano cuando cree estar haciendo Historia.
Contraportada
Francisco Pizarro fue uno de esos hombres que
cambiaron el curso de la historia sin sospechar del todo lo que hacían. Nació
en Trujillo, en una Extremadura pobre y áspera, sin fortuna ni educación, y sin
embargo su nombre quedó inscrito entre los grandes conquistadores del Nuevo
Mundo. Su vida fue una sucesión de riesgos, fracasos y victorias imposibles,
guiada por una mezcla de ambición, fe y fatalidad.
En el vasto escenario del siglo XVI, cuando el
mundo se ensanchaba bajo las velas de los imperios, Pizarro emprendió la
empresa más temeraria de todas: la conquista del Perú. A su paso se cruzaron el
esplendor del imperio inca y el sueño imperial de Castilla; se encontraron dos
civilizaciones distintas, dos maneras de entender la vida, la muerte y lo
sagrado. De ese choque surgió una historia que aún hoy resuena con fuerza: la
de un encuentro que fue también una herida.
Este libro no busca la simple exaltación ni la
condena. Su propósito es comprender al hombre detrás del mito: al extremeño
endurecido por la pobreza, al capitán que desafiaba el mar y la montaña, al
fundador que levantó ciudades y destruyó imperios. En Pizarro conviven la
audacia y la crueldad, la fe y la codicia, la gloria y la ruina.
Francisco Pizarro, entre la espada y el mito
invita al lector a recorrer los claroscuros de una época donde el heroísmo y la
violencia marchaban de la mano. Es una mirada hacia los orígenes de la
conquista, pero también hacia los dilemas eternos del poder, la ambición y el
destino. Porque, al final, Pizarro no pertenece solo al pasado: pertenece a la
memoria viva de aquello que fuimos —y de lo que aún somos.
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Ha fallecido Fernando Esteso. He aquí el artículo de Manuel Román que publica Libertad Digital:
Fernando Esteso, el cómico que pasó del éxito a
malograr su vida
Su
familia tenía compañía propia, modesta,
e iban de pueblo en pueblo cantando jotas y representando además de zarzuelas,
sainetes cómicos.
Faltaban
quince días para que cumpliera ochenta y un años. Toda una vida, desde que era
un niño, dedicado al escenario y, ya adulto, al cine y la televisión, donde en
los 70 y 80 se convirtió en un popularísimo cómico. Fama y dinero ganó a espuertas. Y buena parte de su
patrimonio lo echó a perder por sus adicciones. Como también su matrimonio se
fue a pique y su mujer acabó muriéndose de tanto sufrimiento. Padre de dos
hijos en los que pudo apoyarse en los años en los que iba dejando de ser aquel gracioso actor, cantante, imitador y taquillero humorista por sus
películas, muchas de ellas junto a Andrés Pajares.
Tardaría en ir recuperando parte de su vis cómica, para subsistir, cuando ya
hacía tiempo que había dejado de ser el triunfador que fue y malogró su carrera
y su vida.
Viajó
a Madrid con su madre, donde el maestro Legaza, descubridor
de Antonio Molina, le hizo unas pruebas para entrar en la
compañía de Los Chavalillos de España. No había emisora de radio que no
frecuentara, como "Conozca usted a sus vecinos", de Radio Madrid.
Ganó quinientas pesetas como premio, las necesitaba él y sus padres para ir
comiendo…, y como en esos días sucedió el desbordamiento
del río Turia y Valencia vivió una tragedia, Fernando donó ese dinero en favor
de los damnificados, que había percibido por la canción "El escapulario",
en aquel programa-concurso.
Vida azarosa de Fernando Esteso, que
pasó unos años viviendo en Barcelona, donde con catorce años actuaba en
sesiones de cine, en los descansos del Selecto, junto a Escamillo. Y en el cine
Versalles, lo mismo, con Manolo Escobar y sus hermanos. Cantaba coplas y
contaba chistes. Y así fueron transcurriendo temporadas en espectáculos de
variedades encabezados por Estrellita de Palma, Antonio Amaya y El Titi. Me
decía:
Yo era el cómico
cantante, un caricato que interpretaba canción española, canción ligera y
números cómicos. Me contrataron en el Teatro Chino de Manolita Chen a razón de
veinte duros diarios. Actuando seis o siete veces al día en ferias por todos
los pueblos de España.
Y así, año tras año hasta la mayoría de
edad continuó en otras agrupaciones de variedades, que encabezaban,
respectivamente, Estrellita Castro, Rafael Farina, La Paquera de Jerez y el
gran bailaor Faíco, Gracia Montes… Y en 1967, Rocío Jurado lo contrató,
recomendado por Andrés Pajares, para aparecer en "Pasodoble", un
espectáculo que había sido estrenado en el madrileño teatro de la Zarzuela.
Allí fue cuando conocí a Fernando Esteso y lo traté en muchas ocasiones.
Estrenó allí un "sketch", "Coñac la Parra", que repetiría
miles de veces entre las risas del respetable.
Su
golpe de fortuna fue cuando lo contrataron para
cuatro programas de "Tarde para todos", en Televisión Española. Su
trampolín para darse a conocer en toda España, donde popularizó sus monólogos
de "El Agustinico", "El Bellotero" y el flamenco que
repetía aquello de "Azuquiqui". Época en la que el inefable Lauren
Postigo le proporcionó la letra de unas "Sevillanas tartamudas" y
"Mariquita la yeyé", con música de Felipe Campuzano.
Durante
mucho tiempo Fernando Esteso no se desentendió de su parcela musical y
hasta participó en el Festival de Benidorm con una
canción, toda en serio, que le compuso Augusto Algueró. Quedó en un honroso
séptimo puesto. Y a sus espectáculos de variedades y revisteriles, añadimos su
estreno madrileño de una comedia de Neil Simon, junto a Andrés Pajares,
"La extraña pareja", en 1987, durante una larga temporada. Era la
misma que habían llevado al cine Jack Lemmon y Walter Matthau.
Citado
su colega y gran amigo, como hermanos, Andrés Pajares, es el referente más
destacado de su filmografía. Les proporcionó a los dos grandes beneficios,
artísticos y económicos. Unas películas al alimón y otras por separado. Entre
ellas, muchas de las que siguen programándose en programas televisivos:
"Los bingueros", "El soplagaitas", "Yo hice a Roque III", "Los
liantes", "Los chulos", "La Lola nos lleva al huerto",
"El cura ya tiene hijo"… Nueve fueron las que protagonizaron juntos,
la última en 1983. Escritas y dirigidas por Mariano Ozores. Y unas catorce él
solo.
Fernando
Esteso no supo asimilar su gran éxito llegado a lo más alto de su carrera,
cuando fue echando a perder su patrimonio: aparte de sus saneadas cuentas
bancarias se había comprado un lujoso chalé, propio de millonarios. Y él lo
era. Le gustaba jugar al póker a menudo. Y por ese conducto se le iba yendo a
diario buena parte de su dinero. Coincidiendo con sus adicciones a sustancias que fueron diezmando su salud y sus
elevados ahorros. Su representante artístico me confió, como amigo,
que dejaba de firmarle contratos, puesto que o no los cumplía o salía al
escenario en penosa presencia.
Y
así, poco a poco, finalizando la década de los 80 y los 90, la caída a los
infiernos de la droga llevó a Fernando Esteso a una situación gravísima. Hubo
de malvender su casoplón. Se separó de María José, su esposa durante más de
veinte años, en 1992, con quien tuvo dos hijos, Arancha y Fernando.
Ella falleció víctima de un cáncer, deprimida desde su ruptura matrimonial, en
2003. Ya entonces, Fernando Esteso iba recobrando poco a poco su sentido común,
recuperándose del efecto nocivo que le causaron sus adicciones.
La
existencia de Fernando desde entonces, después de su caída y de nuevo dispuesto
a continuar su vida de cómico, no le fue fácil. Y montó un bar en una localidad
levantina, experiencia de la que salió por piernas del local. Y entre Barcelona
y Valencia fue transcurriendo el tiempo para él, actuando en pueblos, en sitios
de dudosa categoría para quien había disfrutado de tantas audiencias en
televisión e incontables escenarios de primera. Santiago
Segura lo tuvo en cameos de alguna de sus secuelas de "Torrente".
Y así, lentamente, conseguía pequeños papeles en otras películas, series o
programas de televisión. Viviendo un poco de las rentas de su pasado. La última
aparición en la pantalla fue en 2023, en "Loli Tormenta", un filme de
Agustí Villaronga, con Susi Sánchez de protagonista.
Hacía entonces dos años que fue diagnosticado de
insuficiencia respiratoria debido a una bronquitis. No hace muchas semanas que
decía: "Por las mañanas me tomo diez pastillas y estoy
como nuevo". Ingresado en un centro médico en Valencia, donde
ya llevaba años radicado, con la ayuda de su hija Arancha, falleció este
domingo, 1 de febrero. Su muerte ha conmocionado al mundo artístico y a quienes
lo recordaban como un gran cómico.
PRÓLOGO DE LA SEÑORA ALCALDESA DE
DON BENITO
Natural de Don Benito, Florinda Chico es Hija Predilecta de nuestra ciudad y una
de las figuras más reconocidas del panorama artístico español. Su trayectoria
profesional, que abarcó cine, teatro y televisión, la convirtió en un referente
de la interpretación popular gracias a su talento.
Desde muy joven mostró una gran vocación artística que la llevó a abrirse camino en un medio entonces difícil para las mujeres. Debutó en el teatro y pronto se consolidó como actriz cómica, destacando por su habilidad para conectar con el público y dotar de autenticidad y calidez a cada uno de sus personajes. Su trabajo en el cine español de los años sesenta y setenta, así como sus innumerables intervenciones en programas y series de televisión, forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
Como alcaldesa de Don Benito, es para mí un honor subrayar el orgullo que sentimos al contar entre nuestros hijos ilustres con una artista de su talla. Florinda Chico llevó siempre con ella el nombre de nuestra tierra, y supo transmitir con humor, sencillez y humanidad la esencia de la cultura popular que forma parte de nuestra identidad.
La figura de Florinda Chico nos recuerda la riqueza cultural de Don Benito, una ciudad que ha sabido cultivar el talento y que continúa apostando con firmeza por el arte y la creatividad. Nuestra localidad ha sido tradicionalmente un crisol de expresiones culturales, desde el teatro aficionado y profesional hasta la música, la danza y las artes plásticas. Ese dinamismo cultural forma parte de nuestra ciudad.
En este contexto celebramos la publicación del libro “Florinda Chico, la actriz de la alegría”, obra del escritor y filólogo José Andrés Alvaro Ocáriz, a quien agradecemos su dedicación y su sensibilidad al retratar la vida y el arte de una mujer excepcional.
De manera aún más destacada, esta obra adquiere un valor especial al destinar sus beneficios a un proyecto solidario; un gesto que habla de la generosidad del autor y que convierte este homenaje en un acto doblemente significativo.
Invito a toda la ciudadanía a disfrutar de este merecido reconocimiento, a redescubrir a la Florinda más cercana y auténtica, y a celebrar juntos el legado de una dombenitense que supo emocionar, divertir y unir a un país entero a través de la risa.
Elisabeth Medina
Alcaldesa de Don Benito
A un altar de
Santa Teresa
La que ves en piedad, en llama, en vuelo,
ara en el suelo, al sol pira, al viento ave,
Argos de estrellas, imitada nave,
nubes vence, aire rompe y toca al cielo.
Esta pues que la cumbre del Carmelo
mira fiel, mansa ocupa y surca grave,
con muda admiración muestra süave
casto amor, justa fe, piadoso celo.
¡Oh militante iglesia, más segura
pisa tierra, aire enciende, mar navega,
y a más pilotos tu gobierno fía!
Triunfa eterna, está firme, vive pura;
que ya en el golfo que te ves se anega
culpa infiel, torpe error, ciega herejía.
A Lope de
Vega Carpio
Aunque la persecución
de la envidia tema el sabio,
no reciba della agravio,
que es de serlo aprobación.
Los que más presumen son,
Lope, a los que envidia das,
y en su presunción verás
lo que tus glorias merecen;
pues los que más te engrandecen
son los que te envidian más.
(De "La
Vida es Sueño")
Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?;
y cuando el rostro volvió
halló la respuesta, viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.
Quejoso de mi fortuna
yo en este mundo vivía,
y cuando entre mí decía:
¿habrá otra persona alguna
de suerte más importuna?
Piadoso me has respondido.
Pues, volviendo a mi sentido,
hallo que las penas mías,
para hacerlas tú alegrías,
las hubieras recogido.
Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.
Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?
Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
y teniendo yo más alma
¿tengo menos libertad?
Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
-gracias al docto pincel-,
cuando atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto:
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?
Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?
Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le da la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?
En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazón:
¿qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan suave,
exención tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
De El alcalde
de Zalamea
Al rey la hacienda y la vida
se ha de dar, pero el honor
es patrimonio del alma,
y el alma sólo es de Dios.
Entrevista de Oriana Fallaci a Jomeini: "Las
mujeres jóvenes y respetables llevan el chador. ¿La ley de las cuatro esposas?
Es progresista; nacen más mujeres que hombres".
Por Oriana Fallaci
Durante la entrevista exclusiva con el corresponsal
del Corriere, publicada el 26 de septiembre de 1979, Fallaci se quitó el velo,
calificándolo de "harapo medieval" y habló de
"segregación". "¿El chador? Quienes hicieron la revolución
llevan ese vestido", dijo Jomeini. "No son personas elegantes y
maquilladas como ella, que caminan descalzas con una multitud de hombres
detrás".
SEIS AÑOS ANTES
La decisión de Jomeini de reunirse con Oriana Fallaci,
la primera reportera occidental tras la revolución, se relacionó con la
conversación de Fallaci con el sha Mohammad Reza Pahlavi (obligado al exilio a
principios de 1979). Fallaci había hablado largamente con el monarca en 1973.
La entrevista fue publicada después en L'Europeo, que le dedicó la portada del
1 de noviembre.
El retrato del Sha, a través de sus propias palabras en respuesta a las preguntas de la enviada, resultaba muy crítico en la ostentación de un poder autoritario, pese a las leyes liberales promulgadas en aquel período.
La entrevista a Jomeini que se reproduce a continuación, publicada en Corriere
della Sera el 26 de septiembre de 1979, iba precedida de una larga
introducción en forma de relato, que puede leerse aquí.
LA
ENTREVISTA
ORIANA FALLACI: Imán
Jomeini, todo el país está en sus manos: cada una de sus decisiones es una
orden. Por eso son muchos los que ya dicen: en Irán no hay libertad, la
revolución no ha traído la libertad.
RUHOLLAH JOMEINI:
«Irán no está en mis manos, Irán está en manos del pueblo, porque ha sido el
pueblo quien ha entregado el país a quien es su servidor y quiere su bien.
Usted ha podido ver claramente que, tras la muerte del ayatolá Talegani, la
gente se volcó en las calles por millones sin la amenaza de las bayonetas. Esto
significa que hay libertad. Significa también que el pueblo sigue únicamente a
los hombres de Dios. Y eso es libertad».
Permítame insistir, imán Jomeini, para explicarme
mejor. Quiero decir que hoy en Persia muchos lo definen como un dictador. Es
más, el nuevo dictador, el nuevo amo. ¿Qué responde usted: que eso le duele o
que le resulta indiferente?
No,
eso no me consta, Imán. Sin embargo, usted asusta a la gente. Y también asusta
esta multitud que lo invoca. Pero ¿qué siente al oírlos gritar así, día y
noche, sabiendo que permanecen allí de pie durante horas, dejándose golpear,
sufriendo, solo para verlo un instante y aclamarlo?
«Lo
disfruto. Yo disfruto cuando los escucho y los veo. Porque son los mismos que
se alzaron para expulsar a los enemigos internos y externos, porque su aplauso
es la continuación del grito con el que expulsaron al usurpador, porque es
bueno que sigan hirviendo así. Los enemigos no han desaparecido. Mientras el
país no se estabilice, es necesario que permanezcan en guardia, encendidos,
listos para marchar y atacar de nuevo. Y además lo suyo es amor, amor
inteligente. Es imposible no disfrutarlo».
¿Amor o fanatismo, imán? A mí me
parece fanatismo, y del más peligroso, es decir, el fascista. De hecho, no son
pocos quienes hoy ven en Irán una amenaza fascista o incluso sostienen que ya
se está consolidando un fascismo en Irán.
«No,
el fascismo no tiene nada que ver, el fanatismo no tiene nada que ver. Repito
que gritan así porque me aman. Y me aman porque sienten que quiero su bien, que
actúo por su bien, es decir, para aplicar los mandamientos del Islam. El Islam
es justicia; en el Islam la dictadura es el mayor de los pecados: fascismo e
islamismo son dos contradicciones inconciliables. El fascismo se da en
Occidente, no entre los pueblos de cultura islámica».
Tal
vez no nos entendemos sobre el significado de la palabra fascismo, imán. Yo
hablo del fascismo como fenómeno popular, es decir, como lo tuvimos en Italia
cuando las multitudes aclamaban a Mussolini del mismo modo que aquí lo aclaman
a usted. Y le obedecían como aquí le obedecen a usted.
«No.
Porque nuestra masa es una masa musulmana, educada por el clero, es decir, por
hombres que predican la espiritualidad y la bondad. El fascismo aquí solo sería
posible si regresara el Sha, cosa descartada, o si llegara el comunismo. Sí, lo
que usted dice podría darse únicamente si llegara el comunismo. Gritar por mí
significa amar la libertad y la democracia».
Entonces hablemos de libertad y
de democracia, imán. Y hagámoslo de este modo. En uno de sus primeros discursos
en Qom usted dijo que el nuevo gobierno islámico garantizaría la libertad de
pensamiento y de expresión a todos, incluidos los comunistas y las minorías
étnicas. Pero esa promesa no se ha cumplido y ahora usted define a los
comunistas como «Hijos de Satán» y a los dirigentes de las minorías étnicas
sublevadas como «Mal sobre la Tierra».
«Usted
primero afirma y luego pretende que yo explique sus afirmaciones. Incluso
pretendería que yo permitiera las conspiraciones de quienes quieren llevar al
país a la anarquía y a la corrupción, como si la libertad de pensar y de
expresarse fuera libertad de conspirar y de corromper. Por tanto, respondo:
durante más de cinco meses he tolerado, hemos tolerado, a quienes no pensaban
como nosotros. Y ellos han sido libres, absolutamente libres, de hacer todo lo
que querían, de gozar plenamente de las libertades que les concedíamos. A
través del señor Bani Sadr, aquí presente, incluso invité a los comunistas a
dialogar con nosotros. Pero en respuesta quemaron las cosechas de trigo,
incendiaron las urnas de las oficinas electorales y, con armas y fusiles,
respondieron a nuestra oferta de diálogo. De hecho, fueron ellos quienes
reavivaron el problema de los kurdos. Así comprendimos que aprovechaban nuestra
tolerancia para sabotearnos, que no querían la libertad sino la licencia de
subvertir, y decidimos impedírselo. Y cuando descubrimos que, inspirados por el
antiguo régimen y por fuerzas extranjeras, apuntaban a nuestra destrucción
mediante otras conspiraciones y otros medios, los hicimos callar para prevenir
males mayores».
Cerrando los periódicos de la
oposición, por ejemplo. En aquel discurso de Qom usted también había dicho que
ser moderno significa formar hombres que tengan derecho a elegir y a criticar.
Sin embargo, el periódico Ajadegan, de
orientación liberal, ha sido clausurado. Y lo mismo ha ocurrido con todos los
periódicos de izquierda.
«El
periódico Ajadegan formaba parte de la
conspiración de la que hablaba. Mantenía relaciones con los sionistas, de
quienes recibía sugerencias para golpear a la patria y al país. Lo mismo ocurre
con todos los periódicos que el Fiscal General de la Revolución ha considerado
subversivos y ha cerrado. Periódicos que, a través de una falsa oposición,
pretendían restaurar el antiguo régimen y servir al extranjero. Los hemos
silenciado para que se supiera quiénes eran y a qué aspiraban. Y esto no va
contra la libertad. Se hace en todas partes».
No,
imán. Y, en cualquier caso, ¿cómo puede definir como «nostálgicos del Sha» a
quienes lucharon contra el Sha, fueron perseguidos por él, arrestados y
torturados? ¿Cómo puede llamarlos enemigos, cómo puede negar espacio y derecho
de existencia a una izquierda que tanto ha combatido y sufrido?
«Ninguno
de ellos ha combatido ni sufrido. Más bien han explotado para sus propios fines
el dolor del pueblo que sí combatía y sufría. Usted no está bien informada:
buena parte de la izquierda a la que alude estaba en el extranjero durante el
régimen imperial, y regresó únicamente después de que el pueblo expulsara al
Sha. Otro grupo estaba aquí, es cierto, oculto en sus guaridas clandestinas y
en sus casas, y solo después de que el pueblo derramara su sangre salieron para
servirse de esa sangre. Pero hasta ahora no ha ocurrido nada que limite su
libertad».
Perdone, imán: quiero estar
segura de haber entendido bien. Usted afirma que la izquierda no tuvo nada que
ver con la caída del Sha. Ni siquiera la izquierda que tuvo tantos arrestados,
tantos torturados, tantos asesinados. Ni los vivos ni los muertos de la
izquierda cuentan para nada.
«No
contribuyeron en nada. No sirvieron a la revolución en ningún sentido. Algunos
lucharon, sí, pero únicamente por sus ideas, por sus fines, por sus intereses.
No pesaron en absoluto en la victoria, no aportaron nada. No tuvieron ninguna
relación con nuestro movimiento ni ejercieron ninguna influencia sobre él. No,
las izquierdas nunca colaboraron con nosotros: solo nos pusieron palos en las
ruedas. Durante el régimen del Sha estaban contra nosotros tanto y del mismo
modo que lo están ahora, y hasta el punto de que su hostilidad hacia nosotros
superaba la del propio Sha: era mucho más profunda. Nuestro movimiento siempre
ha sido islámico, y las izquierdas siempre han estado contra él. No es
casualidad que la conspiración actual proceda de ellas. Y mi punto de vista es
que ni siquiera se trata de una izquierda verdadera, sino de una izquierda
artificial, creada por los estadounidenses».
¿Una
izquierda made in USA, imán?
«Sí,
engendrada y sostenida por los estadounidenses para lanzar calumnias contra
nosotros, sabotearnos y destruirnos».
De
modo que cuando usted habla del pueblo, imán, se refiere a un pueblo vinculado
exclusivamente al movimiento islámico. Pero según usted, esta gente que se ha
dejado matar por miles, por decenas de miles, ¿ha muerto por la libertad o por
el Islam?
«Por
el Islam. El pueblo ha luchado por el Islam. Y el Islam lo significa todo:
incluso aquello que en su mundo se define como libertad y democracia. Sí, el
Islam lo contiene todo. El Islam lo engloba todo. El Islam es todo».
Llegados a este punto, imán,
debo preguntarle qué entiende usted por libertad.
«La
libertad… No es fácil definir este concepto. Digamos que la libertad existe
cuando se puede elegir las propias ideas y pensarlas cuanto se quiera, sin
verse obligado a pensar otras, y vivir donde se quiera, y ejercer el oficio que
se quiera».
Entiendo…
Pensar, pues, pero no expresar ni materializar lo que se piensa. ¿Y por
democracia qué entiende usted, imán? Planteo esta pregunta con especial
curiosidad porque en el referéndum entre república o monarquía usted prohibió
la expresión República Democrática Islámica.
Eliminó la palabra “democrática” y dijo: «Ni una palabra de más, ni una palabra
de menos». El resultado es que las masas que creen en usted pronuncian la
palabra democracia como si fuera una palabrota. ¿Qué es lo que falla en este
vocablo que a nosotros, los occidentales, nos parece tan hermoso?
«Para
empezar, la palabra Islam no necesita adjetivos como el adjetivo democrático.
Precisamente porque el Islam es todo, lo significa todo. Para nosotros es
triste colocar otra palabra junto a la palabra Islam, que es perfecta. Si
queremos el Islam, ¿qué necesidad hay de especificar que queremos la
democracia? Sería como decir que queremos el Islam y que es necesario creer en
Dios. Además, esa democracia que a usted tanto le importa y que considera tan
valiosa no tiene un significado preciso. La democracia de Aristóteles es una
cosa, la de los soviéticos es otra, la de los capitalistas es otra distinta.
Por lo tanto, no podemos permitirnos introducir en nuestra Constitución un
concepto tan equívoco. Y, por último, he aquí lo que yo entiendo por democracia:
le daré un ejemplo histórico. Cuando Alí se convirtió en sucesor del Profeta y
jefe del Estado Islámico, y su reino se extendía desde Arabia Saudí hasta
Egipto, e incluía gran parte de Asia e incluso de Europa, y esta confederación
concentraba todo el poder, ocurrió que tuvo una divergencia con un judío. Y el
judío lo hizo llamar ante el juez. Y Alí aceptó la citación del juez. Y acudió.
Y al verlo entrar el juez se levantó de su asiento, pero Alí le dijo airado:
“¿Por qué te levantas cuando entro yo y no cuando entra el judío? ¡Ante el juez
los dos contendientes deben ser tratados exactamente del mismo modo!”. Luego se
sometió a la sentencia, que le fue desfavorable. Le pregunto a usted, que ha
viajado y conoce todo tipo de gobiernos y la historia: ¿puede darme un ejemplo
de democracia mejor que este?».
Imán, la democracia significa
mucho más que eso. Y así lo dicen también los persas que, como nosotros los
extranjeros, no entienden adónde quiere ir a parar su República Islámica.
«Si
ustedes, los extranjeros, no entienden, peor para ustedes. En cualquier caso,
el asunto no les concierne: no tienen nada que ver con nuestras decisiones. Y
si no lo entienden ciertos iraníes, peor para ellos. Significa que no han
comprendido el Islam».
Pero
sí han comprendido el despotismo que hoy ejerce el clero, imán. En la redacción
de la nueva Constitución, la Asamblea de Expertos ha aprobado un artículo, el
Quinto Principio, según el cual el jefe del país deberá ser la suprema
autoridad religiosa, es decir, usted, y las decisiones definitivas deberán ser
tomadas únicamente por quienes conocen bien el Corán, es decir, por el clero.
¿No significa esto que, por Constitución, la política seguirá siendo ejercida
exclusivamente por los clérigos?
«Esta
ley que el pueblo ratificará no está en absoluto en contradicción con la
democracia. Puesto que el pueblo ama al clero, confía en el clero, desea ser
guiado por el clero, es justo que la máxima autoridad religiosa supervise la
actuación del primer ministro o del presidente de la República para impedir que
se equivoquen y que vayan contra la ley, es decir, contra el Corán. O bien la
máxima autoridad religiosa, o un grupo representativo del clero. Por ejemplo,
cinco Sabios del Islam, capaces de administrar la justicia según el Islam».
Entonces
ocupémonos de la justicia administrada por el clero. Hablemos de las quinientas
ejecuciones por fusilamiento que, tras la victoria, se han llevado a cabo en
Irán. ¿Aprueba usted el modo sumario en que se celebran estos procesos, sin
abogado defensor y sin posibilidad de apelación?
«Evidentemente
ustedes, los occidentales, ignoran quiénes eran aquellos que fueron fusilados,
o fingen ignorarlo. Se trataba de personas que habían participado en masacres
en calles y plazas, o de personas que habían ordenado masacres, o de personas
que habían quemado casas, torturado, serrado piernas y brazos durante los interrogatorios.
Sí, gente que serraba vivos a nuestros jóvenes, o que los freía sobre parrillas
de hierro. ¿Qué debíamos hacer con ellos: perdonarlos, dejarlos ir? El permiso
para defenderse, para responder a las acusaciones, se lo dimos: podían replicar
lo que quisieran. Pero una vez constatada su culpabilidad, ¿qué necesidad había
o hay de apelación? Escriba lo contrario, si quiere, la pluma la tiene usted en
la mano. Pero mi pueblo no se hace esas preguntas. Y añado: si no hubiéramos
intervenido con los fusilamientos, la venganza popular se habría desatado sin
control: cualquier funcionario del régimen habría sido ejecutado. Entonces,
nada de quinientos: los muertos habrían sido miles».
De
acuerdo, pero yo no me refería necesariamente a los torturadores y asesinos de
la SAVAK. Me refería a los fusilados que no tenían nada que ver con los
crímenes del régimen, a las personas que aún hoy son ejecutadas por adulterio,
prostitución u homosexualidad. ¿Es justicia, según usted, fusilar a una pobre
prostituta, o a una mujer que engaña a su marido, o a un hombre que ama a otro
hombre?
«Si
un dedo entra en gangrena, ¿qué hay que hacer? ¿Dejar que la gangrena se
extienda a toda la mano y luego a todo el cuerpo, o cortar el dedo? Las cosas
que llevan la corrupción a un pueblo entero deben ser arrancadas de raíz, como
malas hierbas que infestan un campo de trigo. Lo sé, hay sociedades que
permiten a las mujeres entregarse al disfrute de hombres que no son sus
maridos, y a los hombres entregarse al disfrute de otros hombres; pero la
sociedad que nosotros queremos construir no lo permite. En el Islam queremos
llevar a cabo una política que purifique la sociedad, y para que eso ocurra es
necesario castigar a quienes llevan el mal corrompiendo a nuestra juventud. Les
guste o no les guste, no podemos tolerar que los malvados difundan su maldad.
Por lo demás, ¿no hacen ustedes lo mismo? Cuando un ladrón es ladrón, ¿no lo
meten en la cárcel? En muchos países, ¿no ejecutan acaso a los asesinos? ¿No
usan ese sistema porque, si permanecen libres y vivos, infectan a los demás y
ensanchan la mancha de la maldad? Sí, los malvados deben ser eliminados,
extirpados como malas hierbas. Solo extirpándolos el país se purificará».
Imán,
¿pero cómo es posible poner al mismo nivel a una bestia de la SAVAK y a un
ciudadano que ejerce su libertad sexual? Tome el caso del muchacho que ayer fue
fusilado por sodomía…
«Corrupción, corrupción. Hay que
eliminar la corrupción».
Tome
el caso de la joven de dieciocho años embarazada que hace pocas semanas fue
fusilada en Beshar por adulterio.
«¿Embarazada?
Mentiras. Mentiras como las de los pechos cortados a las mujeres. En el Islam
esas cosas no ocurren. No se fusila a mujeres embarazadas».
No
son mentiras, imán. Todos los periódicos persas hablaron del caso y en la
televisión hubo incluso un debate, porque a su amante solo le impusieron cien
latigazos.
«Si
es así, significa que merecía la pena. Yo qué sé. La mujer habrá hecho alguna
otra cosa grave; pregúntele al tribunal que la condenó. Y ahora basta de hablar
de estas cosas. Me cansa. No son asuntos importantes».
Entonces
hablemos de los kurdos que son fusilados porque quieren la autonomía.
«Esos
kurdos que son fusilados no son el pueblo kurdo. Son subversivos que actúan
contra el pueblo y contra la revolución, como el que fue fusilado ayer y que
había matado a trece personas. Yo preferiría que no se fusilara a nadie, pero
cuando capturan a un tipo como ese y lo fusilan, pues bien: me produce un gran
placer».
¿Y
cuando son detenidos, como los cinco de esta mañana, por distribuir panfletos
comunistas?
«Si
los han detenido, significa que lo merecían, que eran comunistas al servicio
del extranjero, como los falsos comunistas que actúan para América y para el
Sha. Basta. He dicho que basta de hablar de estas cosas».
De acuerdo, hablemos del Sha.
¿Fue usted, imán, quien ordenó que el Sha fuera ejecutado en el extranjero y
quien dijo que cualquiera que lo hiciera sería considerado un héroe y que, si
moría durante la acción, iría al Paraíso?
«¡No!
Yo no. Porque yo quiero que sea llevado a Irán y juzgado públicamente por
cincuenta años de delitos contra el pueblo persa, incluido el delito de
traición y el de robo de capitales. Si es asesinado en el extranjero, ese
dinero se pierde; si lo juzgamos aquí, en cambio, ese dinero lo recuperamos.
No, no, yo no quiero que sea asesinado en el extranjero. Yo lo quiero aquí,
aquí. Y para que eso ocurra rezo por su salud, como el ayatolá Modarrés rezaba
por la salud de Reza Pahlevi, el padre de este Pahlevi, que también había huido
llevándose consigo un montón de dinero. Y está claro que era menos del que se
llevó su hijo».
Pero
si el Sha devolviera el dinero, ¿dejarían de perseguirlo?
«Por
el dinero, si de verdad lo devolviera, sí: en ese sentido la cuenta quedaría
saldada. Pero por la traición a su país y al Islam, no. ¿Cómo se le puede
perdonar la masacre del 15 de Jordad, la masacre de hace dieciséis años, y la
masacre del Viernes Negro, hace un año? ¿Cómo se le puede perdonar a todos los
muertos que ha dejado tras de sí? Solo si los muertos resucitaran podría
perdonarlo, conformándome con recuperar el dinero robado al pueblo por él y por
su familia».
Y
la orden de traerlo de vuelta a Irán, mediante la acción de un comando similar
al que capturó a Eichmann en Argentina, supongo, ¿vale solo para el Sha o
también para su familia?
«Culpable es quien ha cometido
el delito. Si la familia no ha participado en ningún delito, no veo por qué
debería ser condenada. Pertenecer a la familia del Sha no es en absoluto un
crimen. Su hijo Reza, por ejemplo, no me consta que se haya manchado de
crímenes. Por lo tanto, no tengo nada contra él: puede regresar a Persia cuando
quiera y vivir allí como un ciudadano normal. Que venga».
Yo
digo que no vendrá. ¿Y Farah Diba?
«Por
ella decidirá el tribunal».
¿Y
Ashraf?
«Ashraf
es la gemela malvada del Sha, una traidora como él. Y por los crímenes que ha
cometido debe ser procesada, condenada como él».
¿Y
el ex primer ministro Baktiar? Baktiar dice que regresará a su puesto, que ya
tiene preparado un gobierno con el que sustituir a este gobierno.
«Si
Baktiar debe ser fusilado o no, todavía no puedo decirlo. Pero sé que debe ser
juzgado. Que vuelva, que vuelva: quizá junto con su nuevo gobierno. Que vuelva,
que vuelva: quizá del brazo de su Sha. Así acabarán juntos en el tribunal. Sí,
debo admitir que me gustaría mucho ver cómo traen de vuelta a Baktiar junto al
Sha, mano a mano. Lo espero».
¿A muerte también Baktiar,
entonces? Imán Jomeini, ¿ha perdonado usted alguna vez a alguien? ¿Ha sentido
alguna vez piedad, comprensión por alguien? Y, ya que estamos, ¿ha llorado
alguna vez?
«Yo
lloro, río, sufro: ¿cree usted que no soy un ser humano? En cuanto a perdonar,
he perdonado a la mayoría de los que nos hicieron daño: he concedido la
amnistía a policías, a gendarmes, a mucha gente. Siempre que, claro está, no
hubieran torturado ni cometido infamias demasiado graves. Ahora he concedido
incluso la amnistía a los kurdos rebeldes, y con ello creo haber demostrado
piedad. Pero para aquellos de los que hemos hablado no hay perdón, no hay
piedad. Ahora basta. Estoy cansado, basta».
Le
ruego, imán: debo hacerle aún muchas preguntas. Por ejemplo, sobre este chador que me han puesto encima para venir a
verlo y que usted impone a las mujeres. Dígame: ¿por qué las obliga a
esconderse como fardos bajo una prenda incómoda y absurda con la que no se
puede trabajar ni moverse? Y, sin embargo, también aquí las mujeres han
demostrado ser iguales a los hombres. Como los hombres lucharon, fueron
encarceladas, torturadas; como los hombres hicieron la revolución…
«Las
mujeres que hicieron la revolución eran y son mujeres con vestimenta islámica,
no mujeres elegantes y maquilladas como usted, que van por ahí todas
descubiertas arrastrando tras de sí un séquito de hombres. Las coquetas que se
maquillan y salen a la calle mostrando el cuello, el cabello, las formas, no
combatieron al Sha. Nunca han hecho nada bueno. Nunca saben hacerse útiles: ni
socialmente, ni políticamente, ni profesionalmente. Y esto porque, al
descubrirse, distraen a los hombres y los perturban. Luego distraen y perturban
también a las otras mujeres».
No
es verdad, imán. Y, en cualquier caso, no me refiero solo a una prenda, sino a
lo que esta representa: es decir, la segregación a la que las mujeres han sido
devueltas después de la revolución. El propio hecho de que no puedan estudiar
en la universidad con los hombres, por ejemplo, ni trabajar con los hombres, ni
bañarse en el mar o en la piscina con los hombres. Deben bañarse aparte, con el
chador. A propósito, ¿cómo se hace para
nadar con el chador?
«Todo esto no le concierne.
Nuestras costumbres no les conciernen. Si la vestimenta islámica no le gusta,
no está obligada a llevarla. Porque la vestimenta islámica es para las mujeres
jóvenes y decentes».
Muy
amable. Y, ya que me dice eso, me quito inmediatamente este estúpido trapo
medieval. Aquí está, hecho. Pero dígame: ¿una mujer que, como yo, ha vivido
siempre entre hombres mostrando el cuello, el cabello y las orejas, que ha
estado en la guerra y ha dormido en el frente con los soldados, es para usted
una mujer inmoral, una vieja indecente?
«Eso
lo sabe su conciencia. Yo no juzgo los casos personales, no puedo saber si su
vida es moral o inmoral, si se comportó bien o no con los soldados en la
guerra. Pero sé que a lo largo de mi vida siempre he tenido confirmación de lo
que he dicho. Si no existiera esta prenda, las mujeres no podrían trabajar de
manera útil y sana. Y tampoco los hombres. Nuestras leyes son leyes válidas».
¿Incluida
la ley que permite a un hombre tomar cuatro esposas, imán?
«La
ley de las cuatro esposas es una ley muy progresista y fue escrita para el bien
de las mujeres, puesto que las mujeres son más numerosas que los hombres: nacen
más mujeres que hombres, las guerras matan a más hombres que mujeres. Una mujer
necesita un hombre, ¿y qué debemos hacer, dado que en el mundo hay más mujeres
que hombres? ¿Prefiere que las mujeres sobrantes se conviertan en prostitutas o
que se casen con un hombre con varias esposas? No me parece justo que las
mujeres solas se conviertan en prostitutas porque faltan hombres. Y digo:
incluso con las duras condiciones que el Islam impone a un hombre con dos o
tres o cuatro esposas —igual trato, igual afecto e igual tiempo— esta ley es
mejor que la monogamia».
¡Pero se trata de leyes o
costumbres que datan de mil cuatrocientos años, imán Jomeini! ¿No le parece que
el mundo, mientras tanto, ha avanzado? En observancia de esas leyes, usted
incluso ha resucitado la prohibición de la música y del alcohol. Explíqueme:
¿por qué beber un vaso de vino o de cerveza cuando se tiene sed o se come es
pecado? ¿Y por qué escuchar música es pecado? Nuestros sacerdotes beben y
cantan. Incluso el Papa. ¿Significa eso que el Papa es un pecador?
«Las
reglas de sus sacerdotes no me interesan. El Islam prohíbe las bebidas
alcohólicas y punto. Las prohíbe de manera absoluta porque hacen perder la
cabeza e impiden pensar de manera sana. También la música nubla la mente,
porque lleva consigo placeres y éxtasis similares a los de las drogas. Su
música, quiero decir. Por lo general, no eleva el espíritu: lo adormece. Y
distrae a nuestros jóvenes, que resultan envenenados y dejan de preocuparse por
su país».
¿Incluso
la música de Bach, Beethoven, Verdi?
«No
sé quiénes son esos nombres. Si no nublan la mente, no estarán prohibidos.
Algunas de sus músicas no están prohibidas: por ejemplo, las marchas y los
himnos para marchar. Queremos músicas que nos exalten como las marchas, que
hagan moverse a los jóvenes en lugar de paralizarlos, que los induzcan a
preocuparse por su país. Sí, sus marchas están permitidas».
Imán
Jomeini, usted siempre se expresa en términos muy duros hacia Occidente. De
cada juicio suyo sobre nosotros se concluye que nos ve como campeones de toda
fealdad, de toda perversión. Y, sin embargo, Occidente lo acogió en el exilio y
muchos de sus colaboradores estudiaron en Occidente.
¿No
le parece que también hay algo bueno en nosotros?
«Algo
hay, sí, algo hay. Pero cuando hemos sido mordidos por la serpiente, tememos
incluso a un hilo que se parezca desde lejos a una serpiente. Y ustedes nos han
mordido demasiado. Y durante demasiado tiempo. En nosotros siempre han visto
solo un mercado, y a nosotros siempre nos han exportado solo las cosas malas.
Las cosas buenas, como el progreso material, se las han quedado para ustedes.
Sí, hemos recibido tanto mal de Occidente, tanto sufrimiento, y ahora tenemos
todas las razones para temer a Occidente, para impedir que nuestros jóvenes se
acerquen a Occidente y sean aún más influenciados por Occidente. No, no me
gusta que nuestros jóvenes vayan a estudiar a Occidente, donde son corrompidos
por el alcohol, por la música que impide pensar, por las drogas y por las
mujeres descubiertas. Sin contar que ustedes no tratan a nuestros jóvenes como
tratan a los suyos en Occidente. Porque les dan inmediatamente un diploma,
aunque sean ignorantes».
Sí, imán, pero incluso el avión
en el que ha regresado a su país es un producto de Occidente. También el
teléfono con el que se comunica desde Qom, también la televisión con la que se
dirige al país con tanta frecuencia, incluso este aire acondicionado que le
permite mantenerse fresco en el calor del desierto. Si estamos tan corruptos y
somos tan corruptores, ¿por qué usa nuestros instrumentos del mal?
«Porque
estas son las cosas buenas de Occidente. Y no les tenemos miedo y las usamos.
No tememos a su ciencia ni a su tecnología; tememos a sus ideas y a sus
costumbres, lo que significa que los tememos políticamente, socialmente. Y
queremos que el país sea nuestro, queremos que no interfieran más en nuestra
política, en nuestra economía, en nuestras costumbres y en nuestros asuntos. Y
de ahora en adelante iremos contra quienquiera que lo intente, a derecha e
izquierda, por aquí o por allá. Y ahora basta. ¡Fuera, fuera!».
Una
última pregunta, imán. En estos días que he pasado en Irán he visto mucho
descontento, mucho desorden, mucho caos. La revolución no ha traído los buenos
frutos que había prometido. El país navega en aguas oscuras y hay quien ve un
futuro muy sombrío para Irán. Incluso hay quienes ven madurar, aunque en un
futuro no inmediato, los presagios de una guerra civil o de un golpe de Estado.
¿Qué me responde?
«Esto
le respondo: nosotros somos un niño de seis meses. Nuestra revolución tiene
apenas seis meses. Y es una revolución que ha ocurrido en un país devorado por
las desgracias, como un campo de trigo infestado de langostas: estamos al
comienzo de nuestro camino. ¿Y qué esperan de un niño de seis meses que nace en
un campo de trigo infestado de langostas, después de dos mil quinientos años de
malas cosechas y cincuenta años de cosechas venenosas? Ese pasado no se puede
borrar en pocos meses, ni siquiera en pocos años. Necesitamos tiempo. Pedimos
tiempo. Y lo pedimos sobre todo a aquellos que se llaman comunistas o
demócratas o lo que sea. Son ellos los que no nos dan tiempo. Son ellos los que
nos atacan y esparcen rumores sobre guerras civiles y golpes de Estado que no
ocurrirán porque el pueblo está unido. Son ellos los que aumentan el caos.
Ellos, repito, que se llaman comunistas o demócratas o lo que sea. Y con esto
le saludo. Adiós. InshAllah».
Nel testo originale,
Oriana Fallaci utilizza la grafia KOMEINI, da noi cambiata in KHOMEINI seguendo
quella oggi maggiormente in uso sulla stampa italiana e internazionale
© Corriere della Sera
Tratto da Oriana Fallaci, Intervista con il Potere, Rizzoli, Milano 2009
© 2018 Mondadori Libri S.p.A., Milano / BUR Rizzoli