jueves, 26 de febrero de 2026

Reseña en la revista Sansueña

 


En el número 7 de la revista Sansueña (2025), pp. 188- ss  aparece esta reseña del libro:

 

ALVARO OCÁRIZ, José Andrés

La literatura española en el exilio: Agustín Argūelles Manso, un niño de la guerra asturiano en la URSS

Desiréediciones, 2024, 208 pp.

Carla Fernández Alarcón

GEXEL, Universitat Autònoma de Barcelona

 

 

Tal y como se ha venido haciendo en el último tiempo, la recuperación de la memoria histórica en España ha pro movido la inclusión en el espacio público de numerosas memorias de guerra que han contribuido, no sólo a la posibilidad de obtener de este pasado un relato mucho menos fragmentario, sino también a la dignificación de todas las que han sido víctimas por partida doble: de la Guerra Civil y de las posteriores políticas de olvido implementadas durante el periodo de Transición.

El libro del escritor y filólogo José Andrés Alvaro Ocáriz La literatura española en el exilio: Agustín Argüelles Manso, un niño de la guerra asturiano en la URSS, publicado en Desiréediciones, apunta en este sentido, pues reivindica la relevancia de las memorias de Argüelles -quien marchó a la URSS como «niño de la guerra»- y las erige como verdadero documento histórico y archivo testimonial. Argüelles nació en Oviedo en 1927 y desde 1939 residió en la URSS en calidad de exiliado. No fue hasta 1990 que regresó a España, donde fallecería cuatro años más tarde. José Andrés Alvaro Ocáriz, durante la realización de un libro sobre el poeta ucraniano Tarás Shevchenko, emplea diversas traducciones del español realizadas por Agustín Argüelles, eligiendo estas sobre otras por su calidad y transparencia. Así es cómo entra en contacto con la familia del traductor y conoce de la colaboración de éste con diversos escritores de gran. relevancia, como Juan y José Agustín Goytisolo, Ángela Figuera Аymerich, Blas de Otero y José Manuel Ullán. Las memorias de Argüelles comprenden desde 1934, años antes de iniciar su primer desplazamiento, hasta 1975. Adicionalmente, en el volumen se recoge una antología de poemas traducidos por el autor, así como una selección de su poesía personal.

Si bien Argüelles y su familia no se vieron obligados a abandonar su ciudad hasta 1937, la relación de los hechos inicia años atrás, en 1934, momento en que el autor refleja cómo el primer recuerdo infantil -el colegio del que su madre era profesora, los amigos, los juegos- se han conservado en la memoria impregnados de la atmósfera de tensión presente durante la Revolución de octubre de 1934. En estos primeros desplazamientos, que realizaron en función de las directrices del Ministerio de Instrucción Pública, la familia recorrió diversas ciudades, partiendo de Oviedo hasta Gijón, para posteriormente descender desde Nava hasta Castellet del Vallés y, finalmente, como tantos otros refugiados, cruzar la frontera francesa por Figueres.

Dicha estampa, lugar común en la literatura del exilio, es narrada en estas memorias desde el ruido de los bombardeos dejados atrás en Barcelona, el desorden, la confusión y el miedo. En el paso de la frontera se destaca la intervención con las autoridades francesas de la escritora y política Margarita Nelken. La llegada a Francia –a un pueblecito del Mediterráneo francés– (23) se ve marcada por el régimen autoritario impuesto a todos los refugiados, violencia paliada en la narración por una mirada infantil que dulcifica y prescinde de los hechos más crueles.

Tras su estancia en el campo de internamiento, Argüelles es finalmente desplazado con su familia a París rumbo al puerto de El Havre, lugar desde el que partió el buque María Uliánova en la última de las evacuaciones efectuadas, el día 24 de noviembre de 1938. El buque, en el que se refugiaron más de 300 niños, llegó a Leningrado el 6 de diciembre del mismo año.

El periodo transcurrido en la URSS es el que ocupa la gran parte de las memorias, ya que Argüelles permaneció allí desde su llegada a Leningrado en diciembre de 1938 hasta que fue repatriado a España en 1990. Los primeros años narrados insisten en la gran acogida que recibieron los niños españoles por parte de los soviéticos y las actividades allí organizadas, como bailes, cine y teatro. Asimismo, Argüelles no duda en integrar entre sus páginas una extensa nómina de compañeros y profesores: «Guardo un grato recuerdo de muchos maestros. María Luisa González, alumna de Unamuno en RESEÑAS Salamanca [...] Leonardo García Cámara, aragonés y comisario en la Batalla del Ebro. Se casó con una asturiana, Quintina Calvo. Carmen Roure, maestra de botánica y zoología, catalana (35).

Corría el mes de junio de 1941. El domingo día 22 anuncian por el altavoz que está colgado de un poste que los alemanes atacaron a la Unión Soviética» (46).

Los cuatro años que siguieron al inicio de la Gran Guerra Patria son descritos en estas páginas como un gran cambio para los niños de la guerra, pues la primera tranquilidad allí encontrada se tornaría ahora en preocupación colectiva: «Los estragos de la hambruna se mezclan con los de un invierno atroz en el que dormíamos en el suelo, vestidos. Íbamos a clase y no nos quitábamos ni el gorro de orejeras» (61).

El fin de la Gran Guerra Patria y la victoria sobre el fascismo vertieron sobre los españoles en Rusia la esperanzadora posibilidad del retorno, ilusión que se desvaneció ante la falta de relaciones diplomáticas entre España y Rusia y que se materializa en el texto con la ensoñación del colectivo español de una nueva patria a la que regresar: «Cosas así, o algo parecidas, hablábamos entre nosotros. Los camaradas mayores se creían que llegarían a sus pueblos o ciudades y que, por eso de estar políticamente bien preparados, ocuparían los sillones de gobernadores, alcaldes o, por lo menos, concejales» (73).

Tras la muerte de Stalin se iniciaron las primeras repatriaciones, no sin antes enfrentar numerosas dificultades que, en muchas ocasiones, tal y como constata el autor, no permitían completar el retorno. Los años vividos y la paulatina integración en la sociedad rusa aumentó la sensación de desasosiego tras la marcha de los que habían sido compañeros desde la infancia: «Se fue el tren y, en él, amigos invade de los mejores años. Un poso de soledad el alma. Tienen que pasar varios días para recuperarte» (129).

Como tantos otros niños de la guerra, Argüelles culminó sus estudios ejerció de en letras y ese momento en adelante como traductor. En su texto figuran numerosas estampas de cómo la literatura española permaneció viva a la luz de seminarios profesores y como César M. Arconada. Como muestra el autor, la revolución cubana resultó una gran oportunidad de desarrollo profesional para muchos de los españoles formados en Rusia, en especial, en el empleo de la traducción.

Fue así como Argüelles conoció autores como Blas de Otero -con quien conversó largamente en una de sus estancias en Rusia- y Juan Goytisolo -а quien conoció en un viaje a París-, traduciendo posteriormente su obra. En 1961, el autor publicó su poemario en la editorial Sovietski Pisatel, bajo el título de Palomitas de papel.

Las memorias finalizan tras la muerte de Franco, parte a la que sigue la compilación de algunos de los poemas que tradujo de autores como Mijail Lermontov, Tarás Shevchenko, Esenin. Iván Frankó y Esenin. En último lugar, se recoge la poesía de Argüelles, muy marcada por la búsqueda e interrogación de la identidad propia y la rememoración de las víctimas tras la Guerra Civil y el exilio. Así lo manifiesta en el poema “Porque el peso de mis muertos” (238):

Porque el peso de mis muertos

es mayor que el de mis vivos.

No nos dejan vivir tranquilos.

Una gota de petróleo,

un pedazo de hierro,

valen más que una vida,

valen más que los sueños:

Que el juguete del niño

y que el beso primero...

(¡cuántos se fueron

sin dar el primer beso!)

Una gota de petróleo,

un pedazo de hierro...

 

El texto de Argüelles representa un documento histórico de gran valor testimonial. Su narración en primera persona, que alterna entre el presente y el pretérito, dibuja con precisión los hechos vividos durante su exilio en la URSS y el desarrollo de su empleo como traductor. Su detallada relación, alejada de la búsqueda de literariedad, obra sugiere que la se inscribe con mayor propiedad en la categoría de egodocumento que en el género memorialístico. Con todo, la recuperación de este texto, como testimonio de un pasado silenciado, supone un aporte relevante para la compleción reconstrucción y de la memoria histórica.


Ya saben que el libro se puede adquirir en Amazon. En librerías, lo distribuye Elkar.

La Concos y la Noser contra Miguel Hernández






Nieves Concostrina, a quien le encanta hablar de lo que no sabe, ha atacado a la Fundación Miguel Hernández.

Este es un artículo de Info Vega baja:


Aitor Larrabide denuncia insultos y acusaciones de censura en el programa “La Ventana”

El director de la Fundación Miguel Hernández, Aitor Larrabide, acusa a Nieves Concostrina y a Carles Francino de “injuriar sin contrastar la información” en un programa de la Ser, y defiende su decisión de retirar un texto por contener descalificaciones personales

Info VegabajaPor Info Vegabaja 5 horas.

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El director de la Fundación Cultural Miguel Hernández, Aitor Larrabide, ha hecho público un comunicado en el que denuncia haber sido objeto de “insultos directos” y acusaciones de censura en el programa “La Ventana”, de la Cadena SER, presentado por Carles Francino y con la participación de la periodista Nieves Concostrina.

Según expone Larrabide, durante la emisión del pasado 18 de febrero, en la sección “Acontece que no es poco”, Concostrina se refirió a él con expresiones como “hipócrita” y “personajes que viven a costa de Miguel Hernández”, además de calificarlo como “Aitor el censor”. Por su parte, Francino habló de la “torpeza del director de la Fundación”.

El origen de la polémica

El detonante de las críticas fue la no inclusión de un texto titulado “Rebelión”, firmado por Concostrina, en el catálogo Indómito, vinculado a una exposición del artista cordobés Fernando Somé. El catálogo iba a contar con el sello editorial de la Fundación, condición que, según Larrabide, aceptó con el requisito de revisar previamente los textos.

En su comunicado, el director explica que solicitó a la autora la retirada de determinadas expresiones que consideraba insultantes. Entre ellas, la referencia al obispo Luis Almarcha como “canalla” y la acusación de haber “participado activamente” en la muerte del poeta oriolano mirando “para otro lado”, así como la mención al alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida, al que se aludía en términos críticos.

Ante la negativa de la periodista a modificar el contenido, Larrabide decidió retirar el texto del catálogo en el ejercicio de su “responsabilidad como director”. En el comunicado, sostiene que “si no se es capaz de criticar sin llegar al insulto o descalificación personal, pobre periodista se puede calificar”.

Acusaciones de falta de contraste

Larrabide reprocha tanto a Concostrina como a Francino no haberse puesto en contacto con él para contrastar la información antes de realizar las afirmaciones en antena. Asimismo, niega que su decisión respondiera a presiones políticas o a la intención de “dejar contento” a responsables municipales.

En este sentido, menciona al alcalde de Orihuela, Pepe Vegara, y al exconcejal de Cultura Gonzalo Montoya, aludiendo a que fue incluido por Concostrina en lo que denominó el “trío del postureo”. También señala que el Premio Internacional de Poesía al que se hizo referencia está promovido por la propia Fundación y recuerda que la entidad se manifestó en contra de la decisión del equipo de gobierno local de rechazar la moción sobre la nulidad de la condena a Miguel Hernández.

El director subraya además su trayectoria en la investigación y promoción del legado del poeta, así como su vinculación con el Ateneo Socio-Cultural Viento del Pueblo y la Coordinadora de Asociaciones de Memoria Histórica de la Provincia de Alicante (COAMHI). También recuerda que fue cesado como consejero independiente de la empresa municipal Orihuela Cultural en mayo de 2024.

“Sin derecho a réplica”

En la parte final del comunicado, Larrabide lamenta no haber tenido oportunidad de ejercer su derecho de réplica y critica que quienes denuncian el “seudoperiodismo de ultraderecha” incurran, a su juicio, en prácticas similares “injuriando sin contrastar la información”.

El comunicado concluye con una reflexión sobre la responsabilidad mediática y la construcción del relato histórico en torno a la figura de Miguel Hernández y su legado cultural en Orihuela.



Os recuerdo que mi libro sobre Miguel Hernández lo podéis adquirir en Amazon. 


viernes, 13 de febrero de 2026

Elcano

 Con motivo del 500 aniversario del fallecimiento de Juan Sebastián Elcano he escrito este libro.




Prólogo

El interés por la historia marítima de los vascos, interés que ambos compartimos, ha forjado la amistad entre el autor de la obra que prologamos, José Andrés Alvaro Ocáriz, y el que suscribe. La “Presencia vasca en la Armada española”, libro que tuve el honor de presentar en Madrid hace pocos años, su estudio sobre el “Elogio histórico de Churruca” y el no menos importante sobre el segundo comandante del San Juan Nepomuceno del mando del anterior y con igual cota de heroísmo que D. Cosme Damián, D. Francisco Moyua y Mazarredo, terminaron de anudar los lazos de nuestra amistad.

Ahora, con motivo del inminente V Centenario del fallecimiento en aguas de la Mar del Sur (por culpa de Magallanes, conocido como Pacífico como nos cuenta Pigaffetta) del que por primera vez circundó el mundo, el guetariano inmortal Juan Sebastián Elcano, ha buceado en la Historia para sacarlo a la superficie y así pueda ser apreciado por todos.

La ley dictada por los Reyes Católicos prohibía la exportación de naves construidas en los astilleros de sus unidos reinos de Castilla y Aragón, ley hecha para guardar el secreto de la excelente construcción naval española, que condujo al desarrollo de esa misma construcción en Inglaterra y Holanda, dado que España no les vendía buques.

Como Juan Sebastián vio embargada su embarcación de comercio por unos exigentes banqueros saboyanos, la Justicia consideró tal embargo como una venta a extranjeros y esos “antecedentes penales” van a pesar muy duramente en su honrada y heroica vida y tengo para mí que eso fue lo que le impidió tomar el hábito de alguna de las Ordenes Militares (a Magallanes le concedieron el de Santiago) y seguramente provocó la negativa del rey a concederle un título nobiliario, incluso creemos que no tomó el mando de la expedición que pusieron en manos del inexperto Loaisa por lo mismo, y además por la nobleza del de tierra adentro (Ciudad Real).

En el libro verán bien la tragedia final, cuando por fin Elcano accede a la capitanía general de la Armada, solamente la disfrutará, si es que le quedaba algo de consciencia, cuatro días, la ciguatera o el escorbuto dio con sus huesos en la mar que, con tantísimo esfuerzo, había dominado.

Para mi tengo también que la derrota de Timor a Cabo Verde, que él utilizó por primera vez y que nada tiene que ver con la utilizada por los portugueses, comiendo arroz cocido en agua de mar y aguantando así más de tres meses, arrojando un cadáver al mar casi todos los días, constituye uno de los actos más heroicos de la historia de la navegación mundial y nos resulta imposible comprender que, tras las penalidades que pasó, incluso después hasta Sevilla utilizando la vuelta de Mina, volviese a embarcar de segundo de Loaisa.

Muy oportuna me parece la inclusión del texto completo de su testamento, del cual la Armada Española cumplió una de las mandas, la relativa a la Santa Verónica que se venera en el monasterio de la Santa Faz de Alicante, en los años cuareta del pasado siglo, pero eso ya lo hemos contado en otras ocasiones.

Felicitamos muy de verás a nuestro amigo José Andrés que, a su biografía sobre Elcano, añade aspectos iconográficos poco conocidos y, con agradable escritura, deja constancia de esa increíble vida del guetariano (por cierto, en cartografía antigua del País Vasco, puede apreciarse un lugar muy cercano a Guetaria, llamado El Cano).


Introducción

Cinco siglos no bastan para medir la hondura de una estela. El mar, que todo lo borra, ha conservado sin embargo el nombre de Juan Sebastián Elcano como conserva ciertos secretos: no en la superficie brillante de la Historia, sino en su fondo más verdadero. En 2026 se cumplen quinientos años de su muerte, y este libro nace bajo el signo de esa efeméride, no como un ejercicio de memoria ritual, sino como una invitación a volver a pensar al hombre que cerró, por primera vez, el círculo del mundo.

Cuando las naves partieron de Sevilla en 1519, Elcano era uno más entre muchos. No encabezaba banderas ni discursos, no soñaba con hazañas universales. Era marino, y eso bastaba. El destino, esa fuerza sin rostro que gobierna las derrotas y las grandezas, lo condujo a asumir el mando de la Victoria tras la muerte de Magallanes. No lo hizo por ambición, sino por necesidad. Y así, sin buscarlo, completó la empresa más decisiva de la historia de la navegación: la primera vuelta al mundo.

Pero la vida de Elcano no concluyó con el regreso triunfal de 1522. La Historia, más exigente que la gloria, no le concedió reposo. Apenas cuatro años después, volvió a embarcarse en otra empresa extrema: la expedición de García Jofre de Loaisa, destinada a afianzar la presencia española en las Islas de las Especias. Era una navegación aún más incierta, más dura, más condenada desde su origen. Elcano, ya célebre, ya experimentado, eligió de nuevo el mar cuando podría haberse quedado en tierra. Eligió, una vez más, el camino más arduo.

Aquella expedición fue un calvario oceánico. Tempestades, hambre, enfermedades y muertes fueron deshaciendo la flota antes incluso de alcanzar el Pacífico. En agosto de 1526, en mitad del océano inmenso que él había ayudado a comprender, Juan Sebastián Elcano sucumbió al escorbuto. No hubo regreso, ni honores, ni sepultura conocida. El hombre que había cerrado el mundo quedó, para siempre, en su interior.

Este libro se escribe desde esa doble perspectiva: la del héroe involuntario que culmina una hazaña sin precedentes y la del marino fiel que muere en servicio, lejos de todo, sin más testigo que el horizonte. No pretende erigir una estatua retórica, sino recuperar una figura compleja, humana, profundamente moderna en su relación con el riesgo, la obediencia y el deber.

A quinientos años de su muerte, Elcano sigue interpelándonos. No por lo que conquistó, sino por lo que resistió. No por la gloria que recibió, sino por la que no reclamó. Su vida entera, desde Guetaria hasta los confines del Pacífico, fue una lección silenciosa sobre la perseverancia humana frente a lo desconocido.

Leer estas páginas es volver a embarcarse con él: aceptar la incertidumbre, escuchar el crujido de la nave, medir el mundo con el cuerpo y con el hambre, y comprender que la Historia no siempre la hacen quienes la imaginan, sino quienes no abandonan el timón cuando todo parece perdido.

Porque hay hombres que descubren mundos. Y hay otros, más raros aún, que los recorren hasta el final y mueren en ellos.

A quinientos años de su desaparición, estas páginas restituyen a Elcano su dimensión más profunda: la del hombre que no abandonó el mar cuando ya había cumplido la hazaña, la del navegante que eligió servir antes que descansar, la del protagonista silencioso de una epopeya que no se explica sin resistencia, lealtad y riesgo.

Un libro para comprender no sólo una gesta irrepetible, sino a un hombre que navegó hasta el final del mundo y de su propia vida.


Contraportada

Cinco siglos después de su muerte, la figura de Juan Sebastián Elcano sigue emergiendo entre la bruma del océano como símbolo de audacia, resistencia y destino.

No fue sólo el hombre que culminó la primera circunnavegación de la Tierra tras la muerte de Fernando de Magallanes; fue también el marino que, al mando de la nao Victoria, condujo a dieciocho hombres exhaustos de regreso a Sevilla en 1522, cerrando por vez primera el círculo del mundo y transformando para siempre la conciencia geográfica de la humanidad.

Pero esta obra no se detiene en la gloria. Acompaña a Elcano más allá del triunfo, cuando el reconocimiento real y el escudo concedido por Carlos I de España no bastaron para apartarlo del mar. Fiel a su vocación y a su tiempo, volvió a embarcarse hacia las islas de las Especias en la expedición de García Jofre de Loaísa. Allí, en la inmensidad del Pacífico que él mismo había atravesado por primera vez para Europa, halló no la fama, sino el desgaste, la enfermedad y la muerte en 1526, lejos de su Getaria natal y sin la pompa reservada a los héroes.

Entre la epopeya y el silencio final, este libro reconstruye la vida completa de Elcano: el comerciante vasco, el navegante audaz, el hombre enfrentado al hambre, al motín y a la incertidumbre de mares desconocidos; pero también el marino que pagó con su propia vida la fidelidad a una empresa imperial que apenas comenzaba.

En el quinto centenario de su muerte, esta obra invita a mirar más allá del mito para descubrir al hombre entero: el que abrió rutas imposibles, el que sostuvo la esperanza en la adversidad y el que, tras haber dado la vuelta al mundo, terminó fundiéndose con el océano que le hizo eterno.


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sábado, 7 de febrero de 2026

Francisco Pizarro, entre la espada y el mito


 

Prólogo del libro

Hubo un tiempo en que los hombres cruzaban el mar persiguiendo una línea de fuego en el horizonte. Creían en los presagios, en la salvación y en la fortuna; empuñaban la cruz y la espada como si ambas fueran una sola. En ese tiempo, la Historia se escribía a golpes de audacia y sangre, y los nombres de sus protagonistas —Colón, Cortés, Pizarro— quedaron grabados en la memoria del mundo con el mismo hierro con que forjaron su destino.

Francisco Pizarro nació en Trujillo, en una tierra donde la pobreza templaba el carácter y el horizonte empujaba al exilio. No aprendió letras ni heredó fortuna, pero sí conoció la aspereza de la vida y la obstinación del que sobrevive. En su infancia, los caminos eran polvo, las palabras eran órdenes, y el futuro —si existía— se medía en jornadas. De ese silencio y esa rudeza nació el hombre que un día marcharía hacia lo desconocido, guiado por un sueño de grandeza.

Cuando Pizarro zarpó hacia el Nuevo Mundo, en su espíritu ardía la certidumbre de que el mar podía ofrecer lo que la tierra le negó. En Panamá, entre selvas y fracasos, aprendió a esperar; y fue allí donde oyó hablar de un imperio poderoso, de templos cubiertos de oro y de una civilización ordenada como un misterio. Aquel nombre —Perú— se convirtió en promesa, en destino, en condena.

La conquista que siguió fue tan deslumbrante como terrible. La llegada a Cajamarca, el encuentro con Atahualpa, la caída de Cuzco: episodios donde la Historia se confunde con la leyenda y donde cada gesto tiene la densidad del símbolo. Fue el choque de dos mundos que se desconocían, dos visiones del cosmos que no podían entenderse sin destruirse. Y en medio de ese torbellino, Pizarro se alzó como un hombre de frontera: entre la fe y la ambición, entre la valentía y la crueldad, entre la gloria y la ruina.

Pero más allá de los hechos, el nombre de Francisco Pizarro ha sobrevivido como un enigma. En él convergen las luces y las sombras de una época. Pizarro pertenece tanto a la épica como a la tragedia: es el símbolo de la grandeza humana y de su caída.

Este libro intenta acercarse a ese enigma sin prejuicio ni absolución. No se trata de rendir homenaje ni de dictar sentencia, sino de comprender el sentido profundo de su aventura: la expansión del mundo, el encuentro de civilizaciones, el precio de la conquista. Entre la espada y el mito se abre un espacio donde el hombre aparece, desnudo de gloria, frente a su destino. Allí, donde la Historia se convierte en espejo, aún resuena el eco de sus pasos sobre las piedras de Cuzco, el silencio de la sierra que lo vio nacer y la sombra que aún proyecta sobre la memoria de América.

Porque hablar de Pizarro es hablar de nosotros: de la herencia que nos une, de esa sed de inmortalidad que siempre acompaña al ser humano cuando cree estar haciendo Historia.


Contraportada

Francisco Pizarro fue uno de esos hombres que cambiaron el curso de la historia sin sospechar del todo lo que hacían. Nació en Trujillo, en una Extremadura pobre y áspera, sin fortuna ni educación, y sin embargo su nombre quedó inscrito entre los grandes conquistadores del Nuevo Mundo. Su vida fue una sucesión de riesgos, fracasos y victorias imposibles, guiada por una mezcla de ambición, fe y fatalidad.

En el vasto escenario del siglo XVI, cuando el mundo se ensanchaba bajo las velas de los imperios, Pizarro emprendió la empresa más temeraria de todas: la conquista del Perú. A su paso se cruzaron el esplendor del imperio inca y el sueño imperial de Castilla; se encontraron dos civilizaciones distintas, dos maneras de entender la vida, la muerte y lo sagrado. De ese choque surgió una historia que aún hoy resuena con fuerza: la de un encuentro que fue también una herida.

Este libro no busca la simple exaltación ni la condena. Su propósito es comprender al hombre detrás del mito: al extremeño endurecido por la pobreza, al capitán que desafiaba el mar y la montaña, al fundador que levantó ciudades y destruyó imperios. En Pizarro conviven la audacia y la crueldad, la fe y la codicia, la gloria y la ruina.

Francisco Pizarro, entre la espada y el mito invita al lector a recorrer los claroscuros de una época donde el heroísmo y la violencia marchaban de la mano. Es una mirada hacia los orígenes de la conquista, pero también hacia los dilemas eternos del poder, la ambición y el destino. Porque, al final, Pizarro no pertenece solo al pasado: pertenece a la memoria viva de aquello que fuimos —y de lo que aún somos.


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domingo, 1 de febrero de 2026

Fernando Esteso

 






Ha fallecido Fernando Esteso. He aquí el artículo de Manuel Román que publica Libertad Digital:

Fernando Esteso, el cómico que pasó del éxito a malograr su vida

Su familia tenía compañía propia, modesta, e iban de pueblo en pueblo cantando jotas y representando además de zarzuelas, sainetes cómicos.

 

Faltaban quince días para que cumpliera ochenta y un años. Toda una vida, desde que era un niño, dedicado al escenario y, ya adulto, al cine y la televisión, donde en los 70 y 80 se convirtió en un popularísimo cómico. Fama y dinero ganó a espuertas. Y buena parte de su patrimonio lo echó a perder por sus adicciones. Como también su matrimonio se fue a pique y su mujer acabó muriéndose de tanto sufrimiento. Padre de dos hijos en los que pudo apoyarse en los años en los que iba dejando de ser aquel gracioso actor, cantante, imitador y taquillero humorista por sus películas, muchas de ellas junto a Andrés Pajares. Tardaría en ir recuperando parte de su vis cómica, para subsistir, cuando ya hacía tiempo que había dejado de ser el triunfador que fue y malogró su carrera y su vida.

 Fernando Esteso Allúe nació en Zaragoza el 16 de febrero de 1945, emparentado con un antiguo y prestigioso cómico, Luis Esteso y López de Haro y una hija de éste, Luisita, que antes de la guerra y en la postguerra era muy conocida también en el mismo género. Sin embargo, cuando le recordaba ese parentesco, Fernando cambiaba de conversación. Por algo sería: algún pasado familiar que no deseaba comentar. Él mismo descendía de unos progenitores que tenían compañía propia, modesta, e iban de pueblo en pueblo cantando jotas y representando además de zarzuelas, sainetes cómicos. Con dos años, Fernando salía al escenario para hacer sus gracietas, y lo siguió haciendo conforme iba creciendo. A esa edad primeriza me contaba que interpretaba el pasodoble "¡Ay, mi sombrero!", creación de Pepe Blanco. Cómo sería su vocación que, siendo adolescente, consiguió que le permitieran ser artista sin tener el obligatorio carné el Sindicato Nacional del Espectáculo. Con doce años iba enrolado en uno titulado "Brisas del Ebro", con sus progenitores.

Viajó a Madrid con su madre, donde el maestro Legaza, descubridor de Antonio Molina, le hizo unas pruebas para entrar en la compañía de Los Chavalillos de España. No había emisora de radio que no frecuentara, como "Conozca usted a sus vecinos", de Radio Madrid. Ganó quinientas pesetas como premio, las necesitaba él y sus padres para ir comiendo…, y como en esos días sucedió el desbordamiento
del río Turia y Valencia vivió una tragedia, Fernando donó ese dinero en favor de los damnificados, que había percibido por la canción "El escapulario", en aquel programa-concurso.

Vida azarosa de Fernando Esteso, que pasó unos años viviendo en Barcelona, donde con catorce años actuaba en sesiones de cine, en los descansos del Selecto, junto a Escamillo. Y en el cine Versalles, lo mismo, con Manolo Escobar y sus hermanos. Cantaba coplas y contaba chistes. Y así fueron transcurriendo temporadas en espectáculos de variedades encabezados por Estrellita de Palma, Antonio Amaya y El Titi. Me decía:

Yo era el cómico cantante, un caricato que interpretaba canción española, canción ligera y números cómicos. Me contrataron en el Teatro Chino de Manolita Chen a razón de veinte duros diarios. Actuando seis o siete veces al día en ferias por todos los pueblos de España.

Y así, año tras año hasta la mayoría de edad continuó en otras agrupaciones de variedades, que encabezaban, respectivamente, Estrellita Castro, Rafael Farina, La Paquera de Jerez y el gran bailaor Faíco, Gracia Montes… Y en 1967, Rocío Jurado lo contrató, recomendado por Andrés Pajares, para aparecer en "Pasodoble", un espectáculo que había sido estrenado en el madrileño teatro de la Zarzuela. Allí fue cuando conocí a Fernando Esteso y lo traté en muchas ocasiones. Estrenó allí un "sketch", "Coñac la Parra", que repetiría miles de veces entre las risas del respetable.

Su golpe de fortuna fue cuando lo contrataron para cuatro programas de "Tarde para todos", en Televisión Española. Su trampolín para darse a conocer en toda España, donde popularizó sus monólogos de "El Agustinico", "El Bellotero" y el flamenco que repetía aquello de "Azuquiqui". Época en la que el inefable Lauren Postigo le proporcionó la letra de unas "Sevillanas tartamudas" y "Mariquita la yeyé", con música de Felipe Campuzano.

 La carrera a través de su gran comicidad sería imparable, con apariciones constantes en televisión y giras, ya como empresario, que es como se hizo rico. Tres fueron sus espectáculos notorios: "¡Ay, bellotero, bellotero!", "Ramona, te quiero" y "¡Ya tenemos risocrasia!". Tres revistas musicales muy bien presentadas, en una de las cuáles destacaba como "supervedette" quien tras ser elegida Miss Madrid pasó a ser Norma Duval. Fernando fue íntimo amigo suyo y la ayudó mucho. "La Ramona" fue número 1 en las listas de canciones superventas, completada con "El zurriagazo".

Durante mucho tiempo Fernando Esteso no se desentendió de su parcela musical y hasta participó en el Festival de Benidorm con una canción, toda en serio, que le compuso Augusto Algueró. Quedó en un honroso séptimo puesto. Y a sus espectáculos de variedades y revisteriles, añadimos su estreno madrileño de una comedia de Neil Simon, junto a Andrés Pajares, "La extraña pareja", en 1987, durante una larga temporada. Era la misma que habían llevado al cine Jack Lemmon y Walter Matthau.

Citado su colega y gran amigo, como hermanos, Andrés Pajares, es el referente más destacado de su filmografía. Les proporcionó a los dos grandes beneficios, artísticos y económicos. Unas películas al alimón y otras por separado. Entre ellas, muchas de las que siguen programándose en programas televisivos: "Los bingueros", "El soplagaitas", "Yo hice a Roque III", "Los liantes", "Los chulos", "La Lola nos lleva al huerto", "El cura ya tiene hijo"… Nueve fueron las que protagonizaron juntos, la última en 1983. Escritas y dirigidas por Mariano Ozores. Y unas catorce él solo.

Fernando Esteso no supo asimilar su gran éxito llegado a lo más alto de su carrera, cuando fue echando a perder su patrimonio: aparte de sus saneadas cuentas bancarias se había comprado un lujoso chalé, propio de millonarios. Y él lo era. Le gustaba jugar al póker a menudo. Y por ese conducto se le iba yendo a diario buena parte de su dinero. Coincidiendo con sus adicciones a sustancias que fueron diezmando su salud y sus elevados ahorros. Su representante artístico me confió, como amigo, que dejaba de firmarle contratos, puesto que o no los cumplía o salía al escenario en penosa presencia.

Y así, poco a poco, finalizando la década de los 80 y los 90, la caída a los infiernos de la droga llevó a Fernando Esteso a una situación gravísima. Hubo de malvender su casoplón. Se separó de María José, su esposa durante más de veinte años, en 1992, con quien tuvo dos hijos, Arancha y Fernando. Ella falleció víctima de un cáncer, deprimida desde su ruptura matrimonial, en 2003. Ya entonces, Fernando Esteso iba recobrando poco a poco su sentido común, recuperándose del efecto nocivo que le causaron sus adicciones.

La existencia de Fernando desde entonces, después de su caída y de nuevo dispuesto a continuar su vida de cómico, no le fue fácil. Y montó un bar en una localidad levantina, experiencia de la que salió por piernas del local. Y entre Barcelona y Valencia fue transcurriendo el tiempo para él, actuando en pueblos, en sitios de dudosa categoría para quien había disfrutado de tantas audiencias en televisión e incontables escenarios de primera. Santiago Segura lo tuvo en cameos de alguna de sus secuelas de "Torrente". Y así, lentamente, conseguía pequeños papeles en otras películas, series o programas de televisión. Viviendo un poco de las rentas de su pasado. La última aparición en la pantalla fue en 2023, en "Loli Tormenta", un filme de Agustí Villaronga, con Susi Sánchez de protagonista.

Hacía entonces dos años que fue diagnosticado de insuficiencia respiratoria debido a una bronquitis. No hace muchas semanas que decía: "Por las mañanas me tomo diez pastillas y estoy como nuevo". Ingresado en un centro médico en Valencia, donde ya llevaba años radicado, con la ayuda de su hija Arancha, falleció este domingo, 1 de febrero. Su muerte ha conmocionado al mundo artístico y a quienes lo recordaban como un gran cómico.

 


miércoles, 21 de enero de 2026

Prólogo de la alcaldesa de Don Benito


 

PRÓLOGO DE LA SEÑORA ALCALDESA DE DON BENITO


Natural de Don Benito, Florinda Chico es Hija Predilecta de nuestra ciudad y una de las figuras más reconocidas del panorama artístico español. Su trayectoria profesional, que abarcó cine, teatro y televisión, la convirtió en un referente de la interpretación popular gracias a su talento.

Desde muy joven mostró una gran vocación artística que la llevó a abrirse camino en un medio entonces difícil para las mujeres. Debutó en el teatro y pronto se consolidó como actriz cómica, destacando por su habilidad para conectar con el público y dotar de autenticidad y calidez a cada uno de sus personajes. Su trabajo en el cine español de los años sesenta y setenta, así como sus innumerables intervenciones en programas y series de televisión, forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.

Como alcaldesa de Don Benito, es para mí un honor subrayar el orgullo que sentimos al contar entre nuestros hijos ilustres con una artista de su talla. Florinda Chico llevó siempre con ella el nombre de nuestra tierra, y supo transmitir con humor, sencillez y humanidad la esencia de la cultura popular que forma parte de nuestra identidad.

La figura de Florinda Chico nos recuerda la riqueza cultural de Don Benito, una ciudad que ha sabido cultivar el talento y que continúa apostando con firmeza por el arte y la creatividad. Nuestra localidad ha sido tradicionalmente un crisol de expresiones culturales, desde el teatro aficionado y profesional hasta la música, la danza y las artes plásticas. Ese dinamismo cultural forma parte de nuestra ciudad.

En este contexto celebramos la publicación del libro “Florinda Chico, la actriz de la alegría”, obra del escritor y filólogo José Andrés Alvaro Ocáriz, a quien agradecemos su dedicación y su sensibilidad al retratar la vida y el arte de una mujer excepcional.

De manera aún más destacada, esta obra adquiere un valor especial al destinar sus beneficios a un proyecto solidario; un gesto que habla de la generosidad del autor y que convierte este homenaje en un acto doblemente significativo.

Invito a toda la ciudadanía a disfrutar de este merecido reconocimiento, a redescubrir a la Florinda más cercana y auténtica, y a celebrar juntos el legado de una dombenitense que supo emocionar, divertir y unir a un país entero a través de la risa.

 

Elisabeth Medina

 Alcaldesa de Don Benito

sábado, 17 de enero de 2026

Las mejores poesías de la literatura española (en mi opinión, por supuesto) Calderón de la Barca


 

En tal día como hoy, 17 de enero, pero de 1600, nacía Pedro Calderón de la Barca.


 

A un altar de Santa Teresa

La que ves en piedad, en llama, en vuelo,
ara en el suelo, al sol pira, al viento ave,
Argos de estrellas, imitada nave,
nubes vence, aire rompe y toca al cielo.

Esta pues que la cumbre del Carmelo
mira fiel, mansa ocupa y surca grave,
con muda admiración muestra süave
casto amor, justa fe, piadoso celo.

¡Oh militante iglesia, más segura
pisa tierra, aire enciende, mar navega,
y a más pilotos tu gobierno fía!

Triunfa eterna, está firme, vive pura;
que ya en el golfo que te ves se anega
culpa infiel, torpe error, ciega herejía.

 

 

A Lope de Vega Carpio

Aunque la persecución
de la envidia tema el sabio,
no reciba della agravio,
que es de serlo aprobación.
Los que más presumen son,
Lope, a los que envidia das,
y en su presunción verás
lo que tus glorias merecen;
pues los que más te engrandecen
son los que te envidian más.

 

 

(De "La Vida es Sueño")

 

Cuentan de un sabio que un día

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas hierbas que cogía.

¿Habrá otro, entre sí decía,

más pobre y triste que yo?;

y cuando el rostro volvió

halló la respuesta, viendo

que otro sabio iba cogiendo

las hierbas que él arrojó.

 

Quejoso de mi fortuna

yo en este mundo vivía,

y cuando entre mí decía:

¿habrá otra persona alguna

de suerte más importuna?

Piadoso me has respondido.

Pues, volviendo a mi sentido,

hallo que las penas mías,

para hacerlas tú alegrías,

las hubieras recogido.

 

 

 

Apurar, cielos, pretendo,
ya que me tratáis así,
qué delito cometí
contra vosotros naciendo;
aunque si nací, ya entiendo
qué delito he cometido;
bastante causa ha tenido
vuestra justicia y rigor,
pues el delito mayor
del hombre es haber nacido.

Sólo quisiera saber,
para apurar mis desvelos
(dejando a una parte, cielos,
el delito de nacer),
¿qué más os pude ofender
para castigarme más?
¿No nacieron los demás?
Pues si los demás nacieron
¿qué privilegios tuvieron
que yo no gocé jamás?

Nace el ave, y con las galas
que le dan belleza suma,
apenas es flor de pluma
o ramillete con alas,
cuando las etéreas salas
corta con velocidad,
negándose a la piedad
del nido que deja en calma;
y teniendo yo más alma
¿tengo menos libertad?

Nace el bruto, y con la piel
que dibujan manchas bellas,
apenas signo es de estrellas
-gracias al docto pincel-,
cuando atrevido y cruel,
la humana necesidad
le enseña a tener crueldad,
monstruo de su laberinto:
¿y yo, con mejor instinto,
tengo menos libertad?

Nace el pez, que no respira,
aborto de ovas y lamas,
y apenas bajel de escamas
sobre las ondas se mira,
cuando a todas partes gira,
midiendo la inmensidad
de tanta capacidad
como le da el centro frío;
¿y yo, con más albedrío,
tengo menos libertad?

Nace el arroyo, culebra
que entre flores se desata,
y apenas, sierpe de plata,
entre las flores se quiebra,
cuando músico celebra
de las flores la piedad
que le da la majestad
del campo abierto a su huida;
¿y teniendo yo más vida,
tengo menos libertad?

En llegando a esta pasión,
un volcán, un Etna hecho,
quisiera arrancar del pecho
pedazos del corazón:
¿qué ley, justicia o razón
negar a los hombres sabe
privilegio tan suave,
exención tan principal,
que Dios le ha dado a un cristal,
a un pez, a un bruto y a un ave?



Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

 

De El alcalde de Zalamea

 

Al rey la hacienda y la vida

 se ha de dar, pero el honor

 es patrimonio del alma,

 y el alma sólo es de Dios.