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sábado, 24 de octubre de 2015

12 de noviembre, Santa Teresa en Madrid


El jueves 12 de noviembre, a las siete de la tarde, en la Casa de Burgos (Augusto Figueroa 3,3º) ofreceré una charla sobre Santa Teresa de Jesús. Realizaremos un recorrido por su vida y su obra, recordaremos fragmentos de sus escritos y recitaremos algunas de sus poesías:


Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.



Vuestra soy, para Vos nací,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme muerte, dadme vida:
Dad salud o enfermedad,
Honra o deshonra me dad,
Dadme guerra o paz crecida,
Flaqueza o fuerza cumplida,
Que a todo digo que sí.
¿Qué queréis hacer de mí?
Dadme riqueza o pobreza,
Dad consuelo o desconsuelo,
Dadme alegría o tristeza,
Dadme infierno, o dadme cielo,
Vida dulce, sol sin velo,
Pues del todo me rendí.
¿Qué mandáis hacer de mí?
  
 
Si queréis, dadme oración,
Sí no, dadme sequedad,
Si abundancia y devoción,
Y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
Sólo hallo paz aquí,
¿Qué mandáis hacer de mí?
Dadme, pues, sabiduría,
O por amor, ignorancia,
Dadme años de abundancia,
O de hambre y carestía;
Dad tiniebla o claro día
Revolvedme aquí o allí
¿Qué mandáis hacer de mí?
Si queréis que esté holgando,
Quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
Morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid.
¿Qué mandáis hacer de mí?
Vuestra soy, para Vos nací
¿Qué mandáis hacer de mí?


 
 

Vivo sin vivir en mí
Y tan alta vida espero
Que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor;
Porque vivo en el Señor,
Que me quiso para sí:
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero,
Que muero porque no muero.

Esta divina prisión,
Del amor con que yo vivo,
Ha hecho a Dios mi cautivo,
Y libre mi corazón;
Y causa en mí tal pasión
Ver a Dios mi prisionero,
Que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros!
¡Esta cárcel, estos hierros
En que el alma está metida!
Sólo esperar la salida
Me causa dolor tan fiero,
Que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga
Do no se goza el Señor!
Porque si es dulce el amor,
No lo es la esperanza larga:
Quíteme Dios esta carga,
Más pesada que el acero

Que muero porque no muero.

Sólo con la confianza
Vivo de que he de morir,
Porque muriendo el vivir
Me asegura mi esperanza;
Muerte do el vivir se alcanza,
No te tardes, que te espero,
Que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;
Vida no me seas molesta,
Mira que sólo te resta,
Para ganarte, perderte;
Venga ya la dulce muerte,
El morir venga ligero
Que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,
Que es la vida verdadera,
Hasta que esta vida muera,
No se goza estando viva:
Muerte, no me seas esquiva;
Viva muriendo primero,
Que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darte
A mi Dios, que vive en mi,
Si no es el perderte a ti,
Para merecer ganarte?
Quiero muriendo alcanzarte,
Pues tanto a mi amado quiero,
Que muero porque no muero.


miércoles, 3 de junio de 2015

12 de junio, Santa Teresa en Alcobendas


El viernes 12 de junio a las ocho de la tarde ofreceré una charla sobre Santa Teresa de Jesús en el Centro Regional de Castilla y León de Alcobendas (Paseo de la Chopera, 60)

He aquí alguno de los poemas que recitaré en ese acto:

 
Vuestra soy, para Vos nací,

¿qué mandáis hacer de mí?

 

Soberana Majestad,

eterna sabiduría,

bondad buena al alma mía;

Dios alteza, un ser, bondad,

la gran vileza mirad

que hoy os canta amor así:

¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criasteis,

vuestra, pues me redimisteis,

vuestra, pues que me sufristeis,

vuestra pues que me llamasteis,

vuestra porque me esperasteis,

vuestra, pues no me perdí:

¿qué mandáis hacer de mí?

 

 

Dadme muerte, dadme vida:

dad salud o enfermedad,

honra o deshonra me dad,

dadme guerra o paz crecida,

flaqueza o fuerza cumplida,

que a todo digo que sí:

¿qué mandáis hacer de mí?

 

Dadme riqueza o pobreza,

dad consuelo o desconsuelo,

dadme alegría o tristeza,

dadme infierno o dadme cielo,

vida dulce, sol sin velo,

pues del todo me rendí:

¿qué mandáis hacer de mí?

 

Si queréis, dadme oración,

si no, dadme sequedad,

si abundancia y devoción,

y si no esterilidad.

Soberana Majestad,

sólo hallo paz aquí:

¿qué mandáis hacer de mi?

 

Dadme, pues, sabiduría,

o por amor, ignorancia;

dadme años de abundancia,

o de hambre y carestía;

dad tiniebla o claro día,

revolvedme aquí o allí:

¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,

quiero por amor holgar.

Si me mandáis trabajar,

morir quiero trabajando.

Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?

Decid, dulce Amor, decid:

¿qué mandáis hacer de mí?

 

Vuestra soy, para vos nací,

¿qué mandáis hacer de mí?
 
 
 

lunes, 9 de marzo de 2015

Santa Teresa de Jesús

 
El 28 de marzo se cumplirán 500 años del nacimiento de Teresa de Cepeda y Ahumada. En este país en la que se disfruta buscando los lados oscuros de la personajes históricos, no he conocido a nadie que diga algo malo de esta gran mujer y gran santa.
 
He preparado una charla sobre ella, con un power point de unas cien diapositivas para hablar sobre su vida y su obra. Ya tengo contratada una para junio. Si alguien desea programar la que tengo preparada, puede ponerse en contacto conmigo
 

A continuación, un texto de Rafel Narbona publicado en El Cultural el 27 de enero de 2015


Edith Stein escribió: “Quien busca la verdad, sea o no consciente de ello, busca a Dios”. No es una simple frase, sino la inspiración que guió los pasos de Santa Benedicta de la Cruz, judía de nacimiento, extraordinaria pensadora y mártir católica asesinada en Auschwitz el 9 de agosto de 1942.

Atea desde su juventud, feminista radical, brillante discípula de Husserl y Max Scheler, Edith Stein decidió ordenarse carmelita en 1921, tras leer en una noche el Libro de la Vida de Santa Teresa de Jesús: “Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad”. ¿Qué hay en las páginas del Libro de la Vida? ¿Dónde reside su fuerza, su capacidad de inspirar actos excepcionales?

Borges definió a los clásicos como libros a los que nos aproximamos “con previo fervor y con una misteriosa lealtad”, pero yo añadiría: clásicos son los libros que transforman nuestras vidas. Su intensidad les permite trascender el tiempo y mantenerse vivos, casi como encarnaciones del espíritu. No son obras perfectas, sino raros milagros que nos exigen un riguroso ejercicio de comprensión e introspección.

 Toda la obra de Santa Teresa de Jesús se ajusta a esas características. Edith Stein, con una rigurosa formación filosófica, científica y literaria, buscó incansablemente la verdad, pero no experimentó la convicción de haberla hallado hasta que el Libro de la Vida le enseñó el camino del amor. Dios no se revela a la razón, sino al corazón y lo hace mediante la Cruz, verdadero principio de sabiduría  y única fuente de dicha inagotable.


Este año se celebra el quinto centenario del nacimiento Teresa de Cepeda y Ahumada (Ávila, 1515-Alba de Tormes, 1582). Algunos consideran que la reformadora del Carmelo es uno de los símbolos más emblemáticos del nacionalcatolicismo, pero Joseph Pérez ha señalado que la izquierda republicana admiraba a Santa Teresa de Jesús por su espiritualidad sincera, su valerosa iniciativa en una época de estricta hegemonía masculina y su calidad como escritora .

Santa Teresa no aceptaba el tratamiento de doña y estableció la igualdad entre  todas las carmelitas descalzas, menospreciando la honra y la hidalguía como criterios de excelencia. En ese sentido,  seguía las enseñanzas de San Juan de Ávila, según el cual la limpieza de sangre no era una concepción cristiana.

 Otros historiadores  consideran que se ha exagerado el peso de la herencia judeoconversa, tal vez por influencia de Américo Castro, que explica la identidad la nación española como el crisol de tres culturas.


Santa Teresa de Jesús no era una alumbrada. Su experiencia mística debe entenderse como un encuentro con Dios basado en la amistad, el diálogo, la palabra y la concentración. Se trata de un encuentro afectivo, que exige un ejercicio de depuración, donde el pensamiento prescinde de todo para quedarse a solas con Dios.

La mística teresiana se expresa en el Libro de la Vida con la metáfora del hortelano que riega un huerto. Puede hacerlo sacando agua de un pozo con un cubo, empleando una noria, cavando unos surcos o esperando la lluvia del cielo. El último método equivale al encuentro con Dios, donde la unión se consuma como un don. En Las Moradas o Castillo Interior (1577), se describe un simbólico itinerario por siete estancias. En la última, “queda el alma  hecho una cosa con Dios”.

 Si bien la Inquisición estudió y retuvo el manuscrito del Libro de la Vida, no halló nada herético y consintió su publicación en 1588. Fray Luis de León se encargó de la edición, escogiendo como título Los libros de la madre Teresa, pues la obra incluía Las Moradas y Camino de perfección (1564-1567).

 
Santa Teresa de Jesús practicó la oración mental y la mortificación interior. La penitencia física le parecía mucho menos importante que asfixiar el orgullo y la vanidad. La voz interior que guía su ascesis espiritual se parece al daimon socrático y no a un hipotético cuadro de histeria. La voz que escucha en su interior no es una alucinación auditiva, pues la psicosis afecta seriamente al desarrollo de una vida normal.

Tampoco es una vivencia imaginaria, pues la carmelita se adentra en lo sobrenatural, es decir, en lo que se halla más allá de la experiencia. En realidad, se crea o no, Santa Teresa habla con Dios y percibe su presencia como algo vivo e intensamente real. Se ha dicho que el famoso episodio de la transverberación recreado en el Libro de la Vida es un simple infarto de miocardio, pero en un infarto el dolor es un agudo síntoma de malestar, no algo capaz de inspirar la famosa frase de la santa y doctora de la Iglesia: “Me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”. Las explicaciones científicas son endebles como hipótesis, pues las patologías físicas y mentales son incompatibles con una existencia caracterizada por una actividad frenética y una fértil creatividad, particularmente en una época con una medicina rudimentaria.

Lo histórico y lo teológico no deben oscurecer el mérito de Santa Teresa de Jesús como escritora. Se ha hablado de sencillez, pureza, espontaneidad y elegancia, pero también de rudeza, casticismo y “estilo ermitaño”, humilde y deliberadamente descuidado . Se ha dicho que su prosa refleja el lenguaje familiar de la Castilla de la segunda mitad del siglo XVI. Américo Castro destaca el espíritu de introspección, que ya está presente en las Confesiones de San Agustín y que reaparece como nota dominante en los escritores europeos del XIX. Azorín escribe: “La Vida de santa Teresa es el libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea; a su lado, los más agudos análisis del yo- un Stendhal, un Benjamin Constant- son niños inexpertos”.

Azorín no puede evitar la perspectiva noventayochista: “…todo en esas páginas, sin formas del mundo exterior, sin color, sin exterioridades, todo puro, denso, escueto, es de un dramatismo, de un interés, de una ansiedad trágicos”. Eugenio d’Ors añade un matiz importante: “Como Quevedo, como Fernando de Rojas, como Góngora, da la impresión de estar creando en cada momento el lenguaje en que se expresa”. Blanca de los Ríos considera que la carmelita, lejos de limitarse a reproducir el lenguaje coloquial de las personas instruidas de ciudades como Segovia, Ávila, Córdoba o Salamanca, aportó al castellano la forma y el genio de una verdadera literatura nacional: “Su decir está pegado a las entrañas étnicas, al concepto de nuestra nacionalidad; su fusión de misticismo y realismo fue la causa eficiente de nuestro gran arte nacional (el de Cervantes y el de Tirso de Molina); ella inspiró a los que lo crearon y sigue inspirando a los que lo resucitan; ella es para nosotros devoción y bandera”.


Si alguien quiere acercase a Santa Teresa de Jesús, debe empezar por el Libro de la Vida. Eso no significa que constituya la cima de su obra (de hecho, la madurez estilística no cristaliza hasta Las Moradas o Castillo interior), pero sí el umbral de una experiencia que puede cambiar nuestra existencia o, al menos, alterar nuestro modo de contemplar las cosas.

 Yo heredé de mi padre una edición de 1945, con la efigie de la carmelita repujada en el lomo y su firma grabada en la cubierta con letras de oro. Conservo el libro con profunda gratitud, pues me reveló que Dios no es el refugio de los necios, sino el nombre que adopta la esperanza en nuestra ardiente imaginación. Santa Teresa de Jesús ocupa un lugar destacado entre los clásicos del Siglo de Oro y su experiencia mística no es un vestigio de un pasado irracional, sino una invitación a la vida interior y al amor hacia nuestros semejantes.