Hoy ha fallecido el gran boxeador José Legrá.
Este es el artículo que Manuel Román ha escrito en Libertad digital:
José Legrá, el
juguete roto y campeón mundial que dilapidó 400 millones y acabó en una
residencia de ancianos
Un recorrido
por la vertiginosa caída de una de las grandes figuras de nuestro deporte,
atrapado por la ludopatía y las malas compañías.
De la
miseria a la gloria deportiva para, una vez alcanzada, terminar arruinado por
su mala cabeza, sus vicios, el derroche con muchas mujeres y el olvido ya al
final de su vida en una residencia de ancianos. Ha muerto a los ochenta y tres años un campeón que no
supo ser hormiga.
José Legrá Utria me contó su vida como a
tantos otros periodistas que publicaron sus triunfos. Y su miseria. Había
nacido en Baracoa, Cuba, en un hogar muy pobre. Salía a la calle para ganarse
el pan limpiando zapatos o vendiendo periódicos. A los guiris los
encaminaba a casas de prostitución a cambio de unas monedas. Algunos de
aquellos turistas se divertían arrojando al mar unos pesos para que José se
lanzara al agua a ver si podía hacerse con algunas de aquellas monedas.
El boxeo lo practicó como aficionado, pero cuando quiso
hacerse profesional no pudo: Fidel Castro lo prohibió. Y entonces, José
reunió poco a poco lo que le costó un pasaje a España, en barco, y llegó a La
Coruña en 1963. Tenía veintiún años. A partir de entonces fue buscándose la
vida, ya en Madrid, donde un compatriota, antiguo campeón, Kid Tunero, lo fue
preparando para conseguir el campeonato de España de los pesos pluma, luego el
europeo y finalmente el mundial, en 1968.
La
circunstancia de que el doctor Vicente Gil, médico de Franco, presidiera la Federación Española de Boxeo, favoreció a José Legrá, quien se había hecho acreedor como
idolatrado púgil tras sus memorables triunfos. Consiguió en su carrera
deportiva ciento treinta y tres victorias, sólo once derrotas y cuatro combates
nulos. El Jefe
del Estado lo recibió, encantado, en audiencia privada.
"Me regaló un chalé", me reveló José. En realidad, un piso modesto en
la barriada obrera de San Blas, en Madrid.
Lo
cierto es que en esos años, la segunda mitad de los 60, José Legrá se hizo millonario, estimándose que con sus combates llegó
a ganar cuatrocientos millones de pesetas, una cantidad de dinero suficiente
para haber ahorrado, montar algún negocio y vivir sin problemas. Que es lo que
no hizo.
Gozaba de la admiración popular. Era simpático, muy
hablador, repetía aquello de "¡soy el mejor, soy el mejor!",
cantinela que había aprendido del ídolo mundial Cassius Clay. Un buen escritor, cronista de boxeo, el gran articulista
malagueño Manuel Alcántara, lo motejó como el Puma de Baracoa, apodo que hizo fortuna entre los periodistas.
La
época gloriosa de Legrá fue la de la expansión del boxeo a través de TVE.
Ahí se presumía la influencia del doctor Vicente Gil. Pedro Carrasco, Miguel Velázquez o José Manuel Urtain eran los ídolos junto a José
Legrá.
El dinero se le iba escapando entre sus manos al cubano
nacionalizado español en 1966. Juergas compartidas con amiguetes de ocasión,
chupópteros que se arrimaban al campeón para, a costa de José, comer, beber y
cerrar cabarés muchas madrugadas. Y con mujeres. Las tuvo a montones. Corría el
champán mientras él festejaba diarias francachelas cuando no tenía urgencia para
entrenar. Nunca se le conoció ninguna novia formal, ni deseos de casarse. Solamente
pensaba en acostarse con cuantas se acercaban a él, con quienes solía
encerrarse en la habitación de su apartamento, en camas redondas, con las que
reía a placer. "El boxeo me proporcionó grandes satisfacciones...
sexuales", me comentó un día. Creía vivir en Jauja y que aquello le
duraría siempre.
Y eso acabó como era previsible. Aún tenía cuentas en los
bancos con el dinero para emprender un negocio de calzado deportivo con un
socio que lo estafó. Recuerdo un viaje a Marruecos con Legrá, que también estuvo
relacionado con una empresa de importación-exportación. Lo que tampoco le fue
bien.
En resumidas cuentas, en 1973 su estrella declinó. Y sus
ahorros se evaporaron. La soledad pasó a ser su compañera. Una tal Nines fue
una de las pocas mujeres que estuvieron a su lado en esa época, en la que casi
nadie lo reconocía ya por la calle. Lo comprobé la mañana en la que tomé un
autobús y me senté a su lado. No observé miradas de nadie hacia nosotros.
Amigos de verdad tuvo pocos, quizás ninguno. Exceptuamos
la ayuda constante que le proporcionó José María García, el periodista que mejor lo conoció y
trató, autor de un libro biográfico sobre el púgil cubano. Gracias a él fue
atendido en una residencia.
Ya en época cercana, en abril de 2020 fue hospitalizado a
causa del covid-19, del que se recuperó. Siguió viviendo
en una residencia de ancianos. No sabemos si aún la memoria la tenía de
veraneo, como tituló uno de sus libros César González-Ruano. ¿Conservaba
recuerdos de sus años triunfales? Por ejemplo, cuando protagonizó la película Cuadrilátero, de Eloy de la Iglesia, en 1970. O ya retirado, como
atracción de dos programas de variedades en Telecinco, Tutti Frutti y Vip Noche.
Millones de españoles estaban electrizados por el triunfo
de España en la semifinal frente a Francia en los Mundiales. A la misma hora
que el deporte también se vestía de luto por la desaparición de un gran
campeón, José Legrá, faltando unos pocos minutos para que
acabara ese 14 de julio de gloria y de muerte.
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