miércoles, 15 de julio de 2026

José Legrá, in memoriam


 Hoy ha fallecido el gran boxeador José Legrá.

Este es el artículo que Manuel Román ha escrito en Libertad digital:


José Legrá, el juguete roto y campeón mundial que dilapidó 400 millones y acabó en una residencia de ancianos

Un recorrido por la vertiginosa caída de una de las grandes figuras de nuestro deporte, atrapado por la ludopatía y las malas compañías.

De la miseria a la gloria deportiva para, una vez alcanzada, terminar arruinado por su mala cabeza, sus vicios, el derroche con muchas mujeres y el olvido ya al final de su vida en una residencia de ancianos. Ha muerto a los ochenta y tres años un campeón que no supo ser hormiga.

 

José Legrá Utria me contó su vida como a tantos otros periodistas que publicaron sus triunfos. Y su miseria. Había nacido en Baracoa, Cuba, en un hogar muy pobre. Salía a la calle para ganarse el pan limpiando zapatos o vendiendo periódicos. A los guiris los encaminaba a casas de prostitución a cambio de unas monedas. Algunos de aquellos turistas se divertían arrojando al mar unos pesos para que José se lanzara al agua a ver si podía hacerse con algunas de aquellas monedas.

 

El boxeo lo practicó como aficionado, pero cuando quiso hacerse profesional no pudo: Fidel Castro lo prohibió. Y entonces, José reunió poco a poco lo que le costó un pasaje a España, en barco, y llegó a La Coruña en 1963. Tenía veintiún años. A partir de entonces fue buscándose la vida, ya en Madrid, donde un compatriota, antiguo campeón, Kid Tunero, lo fue preparando para conseguir el campeonato de España de los pesos pluma, luego el europeo y finalmente el mundial, en 1968.

 

La circunstancia de que el doctor Vicente Gil, médico de Franco, presidiera la Federación Española de Boxeo, favoreció a José Legrá, quien se había hecho acreedor como idolatrado púgil tras sus memorables triunfos. Consiguió en su carrera deportiva ciento treinta y tres victorias, sólo once derrotas y cuatro combates nulos. El Jefe del Estado lo recibió, encantado, en audiencia privada. "Me regaló un chalé", me reveló José. En realidad, un piso modesto en la barriada obrera de San Blas, en Madrid.

Lo cierto es que en esos años, la segunda mitad de los 60, José Legrá se hizo millonario, estimándose que con sus combates llegó a ganar cuatrocientos millones de pesetas, una cantidad de dinero suficiente para haber ahorrado, montar algún negocio y vivir sin problemas. Que es lo que no hizo.

 

Gozaba de la admiración popular. Era simpático, muy hablador, repetía aquello de "¡soy el mejor, soy el mejor!", cantinela que había aprendido del ídolo mundial Cassius Clay. Un buen escritor, cronista de boxeo, el gran articulista malagueño Manuel Alcántara, lo motejó como el Puma de Baracoa, apodo que hizo fortuna entre los periodistas.

 

La época gloriosa de Legrá fue la de la expansión del boxeo a través de TVE. Ahí se presumía la influencia del doctor Vicente Gil. Pedro Carrasco, Miguel Velázquez o José Manuel Urtain eran los ídolos junto a José Legrá.

 

El dinero se le iba escapando entre sus manos al cubano nacionalizado español en 1966. Juergas compartidas con amiguetes de ocasión, chupópteros que se arrimaban al campeón para, a costa de José, comer, beber y cerrar cabarés muchas madrugadas. Y con mujeres. Las tuvo a montones. Corría el champán mientras él festejaba diarias francachelas cuando no tenía urgencia para entrenar. Nunca se le conoció ninguna novia formal, ni deseos de casarse. Solamente pensaba en acostarse con cuantas se acercaban a él, con quienes solía encerrarse en la habitación de su apartamento, en camas redondas, con las que reía a placer. "El boxeo me proporcionó grandes satisfacciones... sexuales", me comentó un día. Creía vivir en Jauja y que aquello le duraría siempre.

Y eso acabó como era previsible. Aún tenía cuentas en los bancos con el dinero para emprender un negocio de calzado deportivo con un socio que lo estafó. Recuerdo un viaje a Marruecos con Legrá, que también estuvo relacionado con una empresa de importación-exportación. Lo que tampoco le fue bien.

 

En resumidas cuentas, en 1973 su estrella declinó. Y sus ahorros se evaporaron. La soledad pasó a ser su compañera. Una tal Nines fue una de las pocas mujeres que estuvieron a su lado en esa época, en la que casi nadie lo reconocía ya por la calle. Lo comprobé la mañana en la que tomé un autobús y me senté a su lado. No observé miradas de nadie hacia nosotros.

Amigos de verdad tuvo pocos, quizás ninguno. Exceptuamos la ayuda constante que le proporcionó José María García, el periodista que mejor lo conoció y trató, autor de un libro biográfico sobre el púgil cubano. Gracias a él fue atendido en una residencia.

 

Ya en época cercana, en abril de 2020 fue hospitalizado a causa del covid-19, del que se recuperó. Siguió viviendo en una residencia de ancianos. No sabemos si aún la memoria la tenía de veraneo, como tituló uno de sus libros César González-Ruano. ¿Conservaba recuerdos de sus años triunfales? Por ejemplo, cuando protagonizó la película Cuadrilátero, de Eloy de la Iglesia, en 1970. O ya retirado, como atracción de dos programas de variedades en TelecincoTutti Frutti y Vip Noche.

 

Millones de españoles estaban electrizados por el triunfo de España en la semifinal frente a Francia en los Mundiales. A la misma hora que el deporte también se vestía de luto por la desaparición de un gran campeón, José Legrá, faltando unos pocos minutos para que acabara ese 14 de julio de gloria y de muerte.




Este es el libro que he escrito sobre otro de nuestros grandes púgiles. En librerías, lo distribuye Elkar. También se puede adquirir en Amazon.