En esta sociedad hipócrita que proscribe el boxeo como una aberración, todos los plumíferos hablarán estos días del fallecimiento de Clay. Para se hable menos de los boxeadores cuando mueren y más cuando están vivos, y en memoria de uno de los mayores y mejores DEPORTISTAS que ha dado la Historia incluyo este artículo que aparecía en EL Mundo:
Muere Muhammad Ali, mito y
leyenda del boxeo mundial
El legendario ex campeón del mundo de los pesos pesados, el estadounidense
Muhammad Ali,
falleció hoy a los 74 años de edad en un hospital de Phoenix
(Arizona, EEUU) donde había sido ingresado el pasado jueves
por problemas respiratorios. "Después de 32 años de
luchar contra la enfermedad de Parkinson, Muhammad Ali murió a la edad de 74
años", anuncio Bob Gunnell, el portavoz de la familia Ali.
"El triple
campeón de pesos pesados del mundo murió en la noche",
dijo el comunicado. Minutos después, la confirmación llegó a través de su
cuenta oficial de Twitter, en la que apareció una imagen del boxeador con la
leyenda 1942-2016.
Los pesos pesados nunca habían conocido un ejemplar semejante:
un
atleta anatómicamente armonioso, de finos rasgos faciales, que se
desplazaba por el cuadrilátero como si pisara sobre un lecho de plumas o
gravitase sobre un colchón de aire. Una estatua animada de
192
centímetros y 102 kilos de músculos flexibles, animados por una
plasticidad innata.
Poseído por las musas en lugar de las furias, eludía el contacto brutal de
los de su género y reemplazaba los impactos por picaduras. No tenía puños, sino
aguijones.
"Pico como un abeja". No tenía pies, sino
alas.
"Floto como una mariposa". Parecía despreciar
el intercambio de puñetazos como única forma de violenta imposición,
sustituyéndolo por una variedad selectiva de roces letales.
Norman
Mailer aseguraba que le resultaba obsceno recibir golpes. Seguramente
también infligirlos, aunque, en ese caso, el dolor ajeno, contribuía del único
modo posible a cumplir los propósitos de quien los propinaba.
Su ferocidad era poética; y su potencia, sedosa. Era humano. Pero, en su
decisión de distinguirse de los demás, se revestía de un distanciamiento
despectivo hacia la especie. Odiaba. Pero, en la idealizada construcción de sí
mismo, adornaba ese destructor sentimiento con ironía creativa. Se llamaba
Cassius
Marcellus Clay, en honor al abogado antiabolicionista del mismo
nombre, embajador de
Lincoln en Rusia y propietario liberador
del tatarabuelo del púgil, a quien cedió su nombre.
Esa mezcla de apostura física y originalidad mental supuso el primer impacto
de Clay en la cambiante, vitalista y neurótica sociedad estadounidense de su
tiempo y, más tarde, en su extensión a la del mundo entero. Su prestancia y su
inteligencia, o, al menos, su viveza mental, plasmada en un verbo caudaloso y
punzante, atrajeron sin obstáculos hacia su persona la atención de ámbitos
ajenos a la vidriosa aureola del boxeo y su hipnótica tenebrosidad. Un deporte
mestizo de grandeza y miseria, del que emanaba una áspera lírica o una sórdida
épica que atraía, fascinándolos mientras los repelía, a artistas e
intelectuales.
Clay, una estrella amateur dirigida por el legendario
Angelo Dundee,
había sido campeón olímpico de los semipesados en los
Juegos de Roma,
en 1960. Pasó ese mismo año al profesionalismo y, entre esa categoría y la de
los grandes pesos, entre 1960 y 1964, fue desembarazándose, con golpes casi
desdeñosos de prestidigitador, ilustrados con rimas chuscas, de los rivales que
los organizadores le ponían en su locuaz e histriónico camino. Especialmente
del ilustre
Archie Moore, un ídolo envejecido de 48 años.
El público, no sólo el aficionado, divertido, admirado y escandalizado,
perplejo y revitalizado en sus afectos más heterodoxos, lo descubrió entonces.
Y, tras la conquista del título mundial frente a la turbia y hosca mole llamada
Sonny Liston, "el oso feo y torpe", lo elevó a la
cima de un mundo -el del espectáculo, en el fondo- siempre ávido de
celebridades insólitas pero impactantes y luminarias estrafalarias pero
irresistibles.
En la muerte de Clay no queda nada de su existencia dentro y fuera del
cuadrilátero que no se haya contado, glosado, analizado, interpretado y
contextualizado hasta la saciedad. Hacía tiempo que el hombre,
destruido
por el Parkinson, había dado paso al mito y todo cuanto se había
hablado y escrito acerca de su persona, su universo y su influencia habían
adquirido el tono y la trascendencia de un único, universal y definitivo
obituario.
Aunque resulte superfluo, recordemos que, en 1964, al día siguiente de
vencer a Liston, y subyugado por la personalidad radical de
Malcolm X,
anunció su conversión al islamismo y se autobautizó como
Muhammad Ali.
Repitamos por enésima vez que renunció a vestir el uniforme ("ningún
vietcong me ha llamado negro"), fue condenado como desertor, se le
desposeyó de su titulo mundial y se le retiró la licencia. Con su fama intacta,
incluso acrecida por la polémica, se ganó entonces la vida como orador
incendiario en institutos y universidades.
Detengámonos, ¡cómo no!, en su victorioso regreso al ring en 1970, frente a
Jerry
Quarry, y en sus tres terribles peleas con
Joe Frazier.
La primera, en 1971, denominada "el combate del siglo", terminó con
él en la lona y con Frazier reteniendo el título. La segunda, en 1974, le
permitió reconquistar el cetro. La tercera, en 1975,
"Thrilla in
Manila", pasó a la historia de la crueldad boxística. Ambos
rivales se asomaron a la muerte y, tras ese castigo, Ali empezó a sufrir
problemas circulatorios. Quizás imbuido de una invulnerabilidad falsa,
inherente al supremo concepto que tenía de sí mismo, los ignoró.
Le sobraron, pues, las 10 veces que subió después al cuadrilátero. Entre
ellas, "cuando éramos reyes", frente a
George Foreman,
en aquel octubre del 74. en
Kinshasa. El "Ramble in the
Jungle", el estruendo en la jungla, el salvaje
"Ali, bomaye!,
(¡Alí, mátalo!)", de la muchedumbre sanguinaria. Luego perdería
la corona ante un neófito
Leon Spinks, aunque la recuperaría
en la revancha y en el canto del cisne de un hombre ya erosionado y que, con
casi 40 años, sucumbía ante
Larry Holmes y
Trevor
Berbick, mientras su fatigada memoria se detenía, entre vacilaciones y
lagunas, en los éxitos ante
Bonavena, Cooper, Evangelista...
En sus 61 combates (56 victorias y cinco derrotas), que no le deformaron el
rostro pero le devastaron el cerebro. ¡Qué paradoja! ¡Qué ironía! Apolo
reducido a una existencia vegetativa.
Ali prolongó en su iconoclasta edad adulta una infancia gemela, aunque,
naturalmente, a escala infantil, en
Louisville (Kentucky), en
donde había nacido el 17 de enero de 1942. Hijo de una madre asistenta y un
padre alcohólico y pintor de brocha gorda, estudiante pésimo pero enormemente
popular, a veces hiriente, a veces quijotesco, se diseñó un futuro y se
revistió de la determinación para alcanzarlo. Había escrito en su cazadora:
"Clay,
campeón del mundo". Pero eligió el ring por espíritu de revancha
y no por amor al boxeo.
Gran parte de su grandeza residió en elevarse por encima de sus
imperfecciones, en sobrevivir a sus contradicciones y en proyectarse más allá
de sus defectos. Fue insolente, arrogante y provocador. Humilló de palabra a
sus adversarios, muchos de ellos tan negros y marginados como él. No fue un
modélico cuádruple esposo. No se comportó como un patriota y se arrojó en
brazos de una religión ajena a la tradición y la vocación americanas. Se
comportó como un racista inverso y su realidad estuvo a menudo por debajo de su
calidad de símbolo.
Pero nada empañó su magnetismo ni rebajó su carisma. Fue 'The Greatest'. El
más grande.