Pues bien, me puse en contacto con la biblioteca del barrio de Madrid donde pasó la mayor parte de su vida:
Apreciado señor:
Soy un profesor que vivo en X.
Como le comentaba, este año se recuerda el centenario de Florinda Chico, actriz que residió durante casi toda su vida en el Paseo de la Chopera.
El 24 de abril presentamos en Don Benito el libro del que le envío información en el archivo adjunto.
Me pongo a su entera disposición por si desearan programar una actividad en la Biblioteca, actividad en la que presentaríamos el libro y, en la que, si ustedes lo desean, podría intervenir también el viudo de Florinda Chico.
No se trata de una presentación comercial ya que los beneficios de la venta del libro se destinan a un proyecto humanitario, colaborar en el tratamiento de una niña de cuatro años que padece una de esas enfermedades raras, la duplicación del cromosoma 22.
Por ello. como tengo que desplazarme desde X y quedarme a dormir en Madrid, les agradecería que colaboraran con, por ejemplo, trescientos euros para los gastos de desplazamiento, alojamiento y manutención.
A lo que me contestó el director de esa biblioteca:
Buenos días.
Le agradecemos mucho su ofrecimiento, pero lamentablemente, como biblioteca pública todas las actividades que realizamos son gratuitas.
Un saludo.
Mi respuesta fue la siguiente:
Hola:
La última vez que presenté un libro en una biblioteca pública, en la María Lejarraga, me pagaron 300 euros. Por eso os había puesto esa cantidad, pero si alguien viene a buscarme a X, me invita a comer y me trae cuando acabe el acto, no os pediría nada.
El mayor problema no es el hecho de que en la bibliotecas públicas, en este caso de Madrid, parezca que no valoren la labor de los trabajadores de la cultura y piensen que escribimos porque, si no, nos aburriríamos en la vida real, que escribir es una manera de matar el tiempo, es nuestro hobby.
Señores y señoras bibliotecarias, ¿ustedes trabajan gratis? Pues nosotros tampoco, o no lo deberíamos hacer si creyéramos en la dignidad del trabajo que llevamos a cabo. ¿Algún abogado atiende gratis? ¿Algún médico lo hace? ¿Hay fontanero o electricista que no te cobre por su trabajo?
Pues bien, el escritor tiene que acudir gratis a donde lo llamen, porque, como se le ocurra pedir dinero, le pondrán las más peregrinas excusas , excusas de mal pagador, para no hacerlo.
Hay quienes dirán que son asociaciones sin ánimo de lucro, que no tienen dinero, que hablar donde ellos redundará en una mejora de tu curriculum, que tienen que pagar a los técnicos pero no a los conferenciantes. Hay quienes, incluso, apelarán a tu militancia. Como hablaba de Blas de Otero, una asociación de Huesca apeló a mi militancia (que, dicho sea de paso, no existe) , para que fuera gratis. Si fuera por militancia, vendrían a buscarme, me invitarían a comer y me traerían a casa, ¿o siempre tenemos que ceder los mismos?
El problema que existe en la base de estos comportamientos mezquinos es que hay escritores que presentan sus libros gratis o los "involuntarios" que dan charlas gratis. No voy a hablar de intrusismo, pero son como esos masajistas que van por playas, ofreciendo su mercancía, su trabajo, y le quitan el pan a los honrados fisioterapeutas.
Hay gente que no se quiere a sí misma y que mendiga el aplauso fácil, gratuito. Luego, cuando acudes tú y haces , simplemente , un planteamiento para cubrir gastos, se echan las manos a la cabeza y casi a tu cuello, por haber tenido la "desfachatez" de pedir dinero por tu trabajo.
Escritores que vais gratis, aprended a quereros, a valorar vuestro trabajo ¿o se pensará que para vosotros escribir es un mero pasatiempo que no merece ni pagarse?

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